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La música rota de un lamento: Sentimiento portugués

El fado, Patrimonio de la Humanidad, es el canto que mejor define al genuino carácter portugués y la saudade que envuelve a esa música.

La Razón (Edición Impresa) / María Ángeles Fernández y Jairo Marcos

00:00 / 06 de abril de 2014

Despojados del fado los portugueses quedan huérfanos y miserables, como ese pobre viejo ahogado en el silencio de una noche de luna. El fado es la forma perfecta de un pueblo que se enroca. Un canto quedo y profundo de solista que permanece canto más allá de sus acordes, los de una guitarra portuguesa y otra española que siempre lo acompañan. Adquiere sentido desde la melancolía. Si pudiera decirse de otro modo, el fado sobraría. Ser no siendo. Ser desesperadamente. Fado.

La enredada maraña de rúas que tejen Alfama, barrio castizo donde los haya en el corazón de Lisboa, saben a fado. Desde su calles adoquinadas, que viran a izquierda y derecha a su caprichoso antojo, que suben cuando deberían bajar y que bajan cuando deberían subir, hierben los sentimientos que dan alma a esta expresión musical: la tristeza, el dolor, los celos, la espesura de un amor entre la niebla, una despedida, y otra vez la tristeza ahora convertida en la más feliz de todas las tristezas, porque esto es fado.

Fue precisamente en Alfama donde cuentan las crónicas que, allá por el siglo XIX, las calles y tabernas parieron una expresión musical para lamentar sufrimientos. Empezando por la falta de tantos marineros que dejaban atrás su tierra, su gente, su barrio y su seguridad en busca de nuevos rumbos.

Quienes esperaban su regreso llenaron el vacío de acordes y versos sueltos, de alcohol y voces rotas como autopsia de unas vidas tragadas por la mar. La ausencia. La lejanía. El fado.

De hecho, la palabra proviene del latín fatum (destino), aunque pronto sirvió para definir a personas y lugares marginales, la prostitución y las vidas disolutas. Y de ahí no tuvo límites en su definición. “Como cualquier práctica musical de matriz urbana es compleja definirla en pocas palabras. Las ­­definiciones sobre su significado se hacen normalmente desde una perspectiva inductiva y afectiva. Y dentro de los diferentes discursos hay quien se refiere desde un punto de vista poético-literario pero también emocional, como una canción popular identificativa de la ciudad de Lisboa y usando palabras como saudade y destino. Pero su definición es siempre reductora”, concreta Soraia Simões, investigadora y etnógrafa responsable del proyecto Mural Sonoro-Fado.

Es en los albores del siglo XX cuando rebosa el anonimato en el que crecía, para meterse entre las butacas y palcos del teatro, asociado ya a poetas populares como Henrique Rego, João da Mata, Francisco Radamanto, Gabriel de Oliveira, Federico de Brito y Carlos Conde. “Es una manera de decir las cosas. Ahora está de moda pero en realidad no hay un viejo o un nuevo fado. O es fado o no lo es”, explica la letrista Manuela de Freitas, quien despeja la distancia que lo separa de un poema y de una representación escénica: “Es otra cosa, tiene una manera propia de decir, una acentuación, un ritmo. No es solo letra, tampoco solo música ni solo espectáculo, sino la capacidad de todos estos elementos juntos para transformar al fadista. Vive de la inspiración.

Es un todo, un conjunto con sentido, con principio y fin. Es fado”.

No conoce mejor escenario que el de la propia causalidad quejumbrosa. Un rincón de poca luz y menos distracciones (hasta parar de comer obligan en las casas de fado, como se conocen hoy las cantinas que lo incluyen en su menú, en versión turística o familiar según la pericia y querencia del visitante).

¡Silencio! La música gemebunda lo exige todo para sí. Envuelve la atmósfera y evade lejos del lujo y lo postizo. Nostalgia. Melancolía. Pasión. Entre la penumbra se deslizan los primeros acordes de un fado.

Soledad, nostalgia, añoranza. Así define la Real Academia Española el vocablo ‘saudade’, el sentimiento alrededor del cual se enmaraña el fado como si de una enredadera musical se tratara. De imposible traducción al castellano, los lingüistas han optado por incluir en el diccionario la versión original de esta manifestación cultural. El fatalismo corre por las venas de la saudade como un sentimiento sin fecha. Es una conmoción afectiva primaria, a caballo entre la melancolía y la distancia de lo que sólo quizá pueda recuperarse. “Un bien que se padece y un mal que se disfruta”, resumió el escritor portugués Manuel de Melo.

Y es que, en el fondo y a pesar de todo, la saudade brasileña y portuguesa conserva ese poso optimista tan propio del fado. Saudade es básicamente un no saber, ese estado en el que todavía resiste un pequeño halo para la esperanza. Por lo menos hasta que se despeje la incógnita. El gran don que tiene el fado vive en el alambre de una melancolía abierta al resquicio del mañana. “Hay fados más melancólicos, otros más alegres, otros jocosos, y los hay hasta reivindicativos”, según la investigadora Simões. Quizá por eso, o principalmente por todo ello, al fado no lo abarcan los libros ni los museos ni las investigaciones de doctorado. Tampoco un reportaje como éste. El fado se siente en el corazón, en el que ata el ayer al mañana con eslabones de nostalgia, comprimiendo el presente en ese lamento profundo y quedo del fadista.

Fado. Lamento que puede tener mil formas y versiones, porque refleja las infinitas vivencias y emociones personales. Innovación y fusión aportan un nuevo calado a un ritmo que suena también con un violonchelo o con un acordeón, también a capela, como se pudo comprobar durante el concierto ‘Fadistas do povo’. Allí donde nace Alfama, donde turistas y puristas callejean en busca de un mismo sonido desde diferentes matices, este recital puso un final broche de oro a unas residencias artísticas donde seis jóvenes “tomaron un conocimiento más profundo del universo fadista y donde fueron incentivados a descubrir su propia individualidad artística”, en palabras del programador cultural de la iniciativa, Alexandre Cortês. Canción de un pueblo que cada quien hace suya, el fado nació mirando al río, que muere en la mar. El horizonte de su eco siempre está más allá, en las aguas que siempre vuelven porque nunca se han ido del todo.

“Que estranha forma de vida / Tem este meu coraçao: / Vive de forma perdida; / Quem lhe daría o condão? / Que estranha forma de vida”. El mesero, el ama de casa, un grupo de amigas, el pescador, el hombre de la esquina o el amigo que sencillamente se atreve; el fado está por encima de los nombres propios y de hecho es cantado por cualquier persona. Entre todas ellas destaca Amália Rodrigues. Portuguesa hasta la médula, la ‘dama de la saudade’ raspó con su voz las 12 cuerdas de la guitarra lusa, hasta sacar de los arrabales un estilo musical que espolvoreó allende las fronteras, con el continente africano y Brasil como destinos predilectos. Amália apartó al país de ese “fuerte complejo de inferioridad que llevaba a considerar que todo lo nuestro era inferior. Fue ella quien levantó la autoestima del nacional para valorar su música popular en vez de la canción anglosajona que se imponía por la fuerza”, contaba hace años el compositor Jorge Fernando, uno de los guitarristas que la acompañó en su carrera musical.

“Coração independente, / Coração que não comando: / Vive perdido entre a gente, / Teimosamente sangrando, / Coracão independente”. Nacida y crecida en un hogar humilde, comenzó como vendedora de fruta, pero enseguida desarrolló las poses de diva que pasearía durante más de medio siglo por los escenarios, hasta su muerte el 6 de octubre de 1999, cuando el Gobierno decretó tres días de duelo nacional. El país entero la despidió como la ‘reina del fado’. Hoy, sus restos descansan en el Panteón Nacional, un lugar hasta entonces reservado para expresidentes y grandes literatos. Según presumen los lugareños, su tumba es la única que tiene flores todo el año.

“Eu não te acompanho mais: / Pára, deixa de bater. / Se não sabes onde vais, / Porque teimas em correr, / Eu não te acompanho mais”. Amália Rodrigues vivió convencida de que “el fado se siente, no se comprende ni se explica. No sé cuál ha sido mi aportación. Nunca pensé en nada, todo lo hice naturalmente. Jamás he cantado un fado de la misma manera”. Quienes visitan Lisboa tienen hoy una parada obligada tanto en la que fuera su casa como en el propio Museo del Fado, ambos con múltiples testimonios de la artista, como la letra ‘Estranha forma de vida’ que acompaña estos párrafos.

A la estela del flamenco y el tango, el fado conquistó a finales de 2011 el distintivo de Patrimonio Inmaterial de la Humanidad que concede la Unesco. “Es una síntesis multicultural de bailes cantados afrobrasileños, de géneros tradicionales locales de canción y danza, de tradiciones musicales de las zonas rurales de Portugal aportadas por las olas sucesivas de inmigrantes a la ciudad, y de corrientes de la canción urbana cosmopolita del siglo XIX”, deja constancia en su portal electrónico la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.

No es que el fado cante a Portugal sino que, de algún modo, Portugal entero es fado. No hay mejor modo de comprender la forma de ser portugués en el mundo actual. “Puede ser triste o alegre, pero necesita ser auténtico. Escribo lo que siento. El fado es lo que es”, puntualiza el poeta y letrista José Luis Gordo en un encuentro organizado por la tasca A Muralha, uno de esos rincones de Alfama donde el fado todavía es entre amigos.

Ahora que todo parece inventado también surgen nuevas propuestas que dialogan con el fado de tú a tú. Fadistas que habría que conjugar en femenino plural porque gran parte de las nuevas voces son de mujeres: Gisela João, Teresa Salgueiro, Cuca Roseta, Mafalda Arnauth, Dulce Pontes, Kátia Guerreiro, Carminho o Ana Moura ponen su alma toda en la experimentación con un estilo que no olvida su idiosincrasia ni sus orígenes.

Si Gisela João es una de las revelaciones que más atención mediática suscitan, la voz trémula de Ana Moura aporta un soplo de aire especialmente desafiante. Moura ha compartido escenario con los Rolling Stones y juega desde hace tiempo al escondite con el fado, a través de apuestas tan poco ortodoxas como ‘Desfado’, porque este cante, según Simões, también es “alegre, conmovido, displicente, elocuente, telúrico, jocoso”: “Ai que tristeza, esta minha alegría. / Ai que alegría, esta tão grande tristeza. […] / Ai que saudade / Que eu tenho de ter saudade […] / Sentir-me triste / Só por me sentir tão bem / E alegre sentir-me bem / Só por eu andar tão triste”. Fado.­

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