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En el nombre del padre

Una granjera británica víctima de una inundación a principios de año ve llover en la Amazonía boliviana. ¿Cómo subsistir cuando sobra el agua?

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala

00:00 / 30 de noviembre de 2014

Por qué será que llueve tanto? ¿Será por Dios?”, se pregunta Olga Semo, arrugas como mapa viejo, 66 años, siete hijos (dos muertos), varios nietos que pululan a su alrededor con las sandalias rajadas, shorts delgaditos y el gesto pícaro de Bart Simpson.

Se lo pregunta sentada plácidamente en Mangalito, en el departamento del Beni, a unos 16 kilómetros de la ciudad de Trinidad, con las piernas encogidas, el pelo suelto y la espalda inclinada hacia delante. Se lo pregunta así como uno conjetura sobre la muerte al enterarse de que alguien cercano estiró la pata tras una enfermedad fulminante. Y después mira hacia ninguna parte, que aquí a veces es sinónimo de mirar a lo lejos, que aquí a veces es sinónimo de mirar hacia arriba, al infinito. Y arriba hay un cielo azul casi perfecto. Y en el cielo: ni una sola gota de agua, ni un solo chubasco.

A principios de este año, cuando arremetió la inundación —el golpe de agua imprevisto que arrasó con una infinidad de cultivos y buena parte del hato ganadero—, los vecinos de Mangalito no tuvieron la necesidad de abandonar su comunidad: se transportaban de una casa a otra en canoa.

Sus viviendas están “sobregiradas”, es decir, suspendidas sobre el suelo casi dos metros, y se han convertido en un refugio efectivo. Las hicieron de madera, con techo de calamina, y las asentaron sobre columnas macizas de concreto. Fueron construidas en su mayor parte con aportes del Gobierno Autónomo Municipal de Trinidad y la Fundación para el Desarrollo Participativo Comunitario, y cada una costó alrededor de 3.000 dólares, una minifortuna para las 22 familias que siempre han dependido aquí de la pesca diaria.

Liz Crew, de 57 años, una granjera británica que también fue víctima de una inundación en fechas muy similares, examina ahora las estructuras con interés. Pregunta hasta qué altura subió el agua y el corregidor, Luciano Rocha, un tipo chato que se peina con raya al costado, le enseña una marca por encima de su cabeza, sobre un pilar.

Mientras Luciano sigue con su explicación, Liz lo contempla toda asombrada. Ella ha llegado a Mangalito como invitada de la organización Oxfam para protagonizar un documental que mostrará cómo sobreviven en Bolivia a los efectos de dos fenómenos —El Niño y La Niña— que no hemos acabado todavía de comprender del todo. Ha tardado en pisar la comunidad casi tres días (su trayecto: Londres, Miami, Santa Cruz de la Sierra, Trinidad). Luce una media melena de color terroso. Viste una camisa crema de manga larga y botones chiquitos. Cubre sus ojos celestes bajo unos lentes de sol que cambia por unos normales y corrientes cada vez que le exigen prepararse para rodar una nueva toma. Y mientras toma un sorbo detrás de otro de una bebida hidratante con una tonalidad muy rara tiene la pinta de una extraterrestre perdida en la Amazonía boliviana.

Es casi mediodía, jueves. Algunas de las mujeres jóvenes de Mangalito se dan bríos para preparar el almuerzo, varios muchachitos juegan dentro de una carretilla, Liz toma un respiro y Olga Semo, bajo la escuela, también “sobregirada”, dice que, cuando esto era agua —un mar imposible—, cocinaban en la balconada de las casas a leña; y el riesgo entonces (y también el contrasentido) era que, aunque rodeados de agua por todo lado, la ropa, el piso, las bolsas de hule podían comenzar a arder en cualquier momento.

A 37 grados

En su último libro, Martín Caparrós asegura que “hambruna” es la versión más brutal de la palabra “hambre”; y por asociación cualquiera pensaría lo propio de la palabra “inundación” con relación a la palabra “agua”. El poeta japonés Masaoka Shiki hacía énfasis en la soledad que lo invade todo en una planicie inundada. Y la periodista Josefina Licitra equipara las inundaciones (en este caso, argentinas) con el agua “mala”.

En Gran Bretaña, tras uno de los inviernos más húmedos de los últimos tiempos, el agua “mala” arrasó el área en la que vive Liz actualmente, y 80 de las 93 viviendas de su pueblo —muchas de ellas, bungalows— quedaron deshabitadas. En aquel pañuelo de tierra que hasta horas antes de la inundación era fecundo, el inventario del desastre no fue tan dramático como suele serlo en otras latitudes del planeta, pero hay gente que hizo las maletas para no regresar nunca, automóviles que fueron abandonados en las carreteras como si se tratara de los restos de un naufragio y el agua alcanzó varios metros de profundidad en algunos puntos. Liz se vio obligada a vender sus ovejas, sus chanchos y sus aves de corral. Y tenía un plan para resistir cualquier contingencia que consistía en separar a toda la familia —ella y sus dos perros se irían con su madre, su marido se quedaría con su hermana y su hijo menor, con la suya—. Pero no hizo falta que lo pusiera en marcha. Bastó con trasladar los muebles, los documentos y las cosas valiosas a la segunda planta de su hogar, habilitarla como guarida y esperar a que las bombas de drenaje hicieran lo suyo y el agua bajara: tardó en hacerlo más de dos meses.

En las selvas y las pampas del Beni, a principios de este año el agua “mala” fue un diluvio de grandes proporciones. Así es casi siempre aquí cuando ataca un aguacero. Pero esta vez se superaron todas las previsiones. En Trinidad —la principal ciudad— y sus alrededores llovió casi el doble que el año pasado. En algunos parajes, solo se veían las copas de los árboles. Muchos caminos desaparecieron bajo el enorme espejo de agua. Algunos poblados se convirtieron en islotes repentinamente. Y más del 80% de la superficie de esta franja amazónica —es decir, una extensión equivalente a un país del tamaño de Uruguay— experimentó las secuelas de los desbordamientos.

“Nosotros permanecimos varios meses con el agua alrededor. Faltaron como cuatro dedos para que se entrara —le cuenta a Liz en Mangalito Graciela Moye, polera escarlata, 36 años—. Pero antes era peor, antes a nuestros niños se les pudrían las patas”.

Traducción: les salían sabañones, escaras y otros estigmas que nadie descifraba.

La charla con Liz se ha improvisado en uno de los dormitorios de Graciela. A su alrededor, hay un mueble lleno de pantalones y poleras y una cama con una colcha infantil muy llamativa. Y en la sala contigua, más de lo mismo, equipamiento mínimo: otra cama, un cubo con trozos de fierro, un libro sin tapas, un paquete vacío de cigarros.

Aquí, a 37 grados de temperatura y con una sensación térmica de 40 o 41, hablar acerca de lo que pasó —hacerse una idea de lo que fue la inundación— es complicado.

“Siempre ha sido duro. Pero antes era peor —repite Graciela—. Antes, nuestras casas no estaban elevadas, eran de tabique (palos y barro prensado) y las destruía el río”.   

Ahora el lujo es no perderlo todo cada vez que se desborda el río Viejo (así llaman por acá al río más cercano): ni el catre, ni la camisa limpia, ni el libro sin lomos.

Castigo divino

En uno de los sectores periféricos de Trinidad, Elsa Melgar Paredes, de 65 años, dice que el clima está loco, que ya no plantan semilla con las mismas ganas porque albergan el temor de que el agua estropee su maicito, como sucedió con la inundación reciente.  

“¿Será un castigo divino lo que nos pasó? —se pregunta, me pregunta—. Mire usted tantas cosas malas que están ocurriendo en otros países.

Mire, por ejemplo, esa enfermedad extraña, el ébola. Así se llama, ¿no es cierto? Yo ando con bastante miedo. ¿Y si eso acaba acá? Dicen que ya no está lejos, que ya se entró a España, ¿será verdad?”.  

Elsa está sentada en un pequeño taburete mientras mira cómo su esposo y uno de sus yernos preparan un terreno haciendo surcos. Su cabello es una brillante lámina blanca. Viste una camisa holgada sobre un vestido floreado. Calza unas zapatillas que parecen de andar por casa sobre sus pies hinchados y tiene a su nieto enfermo en brazos.

“Le agarró la tos”, suspira. Y después frota con delicadeza el pecho del niño.

Elsa forma parte de los beneficiarios del proyecto Pedro Ignacio Muiba, que se halla en el barrio con el mismo nombre y pretende facilitar un ingreso extra a familias de bajos recursos con el apoyo de la fundación Kenneth Lee, creada en homenaje a un arqueólogo estadounidense apodado El Gringo que estudió la cultura hidráulica de los llanos de la zona y que dio pie a la recuperación de los llamados camellones de cultivo.

Supuestamente, los camellones eran el sistema con el que los antepasados de Elsa domesticaban el agua en la era precolombina. Se basan en canales conectados entre sí que remojan el suelo y en promontorios artificiales con diferentes capas elaboradas a partir de la tierra extraída. Bien armados —es decir, cuando se elevan hasta una altura considerable—, multiplican el rendimiento del terreno y minimizan las consecuencias de las crecidas. Quizá por eso algunos piensan que serían la solución perfecta para países como Bangladesh, donde el 66% del territorio se inunda cada vez que el monzón —un viento estacional que empuja nubarrones negros— embiste y mata.

En su parcela, Elsa, que no tiene idea de lo que es el monzón, está a punto de iniciar la siembra. Se la ve risueña, a pesar de que el sol hace rato ya que sacó su látigo.     

“Venir aquí me divierte mucho. En casa me enfermo”, asegura.     

“Aquí, yo soy la que pienso y ellos los que ejecutan”, se ríe.

Ella aquí es una especie de mamá grande. Y ellos: su esposo, sus hijos, su yerno.

Liz, la granjera británica, a pocos metros de Elsa, observa cómo un tractor, a lo lejos, alisa el terreno. Debe ser lo único que le recuerda en este instante a Inglaterra.   

Tromba fatídica

Los gallegos, en España, tienen 70 vocablos para identificar la lluvia. Según la revista Yorokobu, para ellos el froallo es una lluvia fina; la batega, una persistente y breve; la babuña, una débil que imita el sonido que hacen los bebés cuando son recién nacidos; y el ballón, una muy abundante pero de corta duración y que se repite durante varios días.

En el Beni, en la temporada crítica, la lluvia es casi siempre una tromba fatídica, como cuando alguien abre un grifo y se olvida de cerrarlo durante horas. En las inundaciones de 2008 —que fueron más benévolas que las de este año, pero igual de inesperadas—, Trinidad se convirtió en un enorme campo de refugiados que algunos se atrevieron a comparar con los africanos en periodos de guerra. Para salir adelante, no faltaba quien vendía tarjetas de celular, refrescos o empanadas, y algunos alquilaban sus balsas a 15 ó 20 bolivianos la hora. Por aquel entonces, el agua —el agua buena—, cuando llovía, es decir, cuando seguía lloviendo, se recogía en tachos. Y la otra, la que lo rodeaba todo —contaminada por culpa de los animales muertos y las cloacas—, se transformó en un foco de enfermedades. Por aquel entonces, se apilaban diez, once, doce personas bajo los toldos de las organizaciones internacionales de ayuda. Por aquel entonces, Nilson Jiménez, uno de los afectados, acampó junto a sus pertenencias —ollas, alacenas, herramientas— a pocos metros de su vivienda semiinundada, y se mecía indolente en una hamaca mientras explicaba que se quedaría allí para que no le robaran.

Este año, la inundación fue aún más severa, y algunas imágenes se repitieron.

“Yo tuve que huir con toda mi familia y refugiarme en una escuelita que acondicionaron las autoridades locales —explica Juan Choque, presidente de los piscicultores de los camellones del barrio Pedro Ignacio Muiba, un tipo fornido de 53 años—. Nos quedamos ahí como cuatro meses. No teníamos intimidad siquiera. Ojalá este año los diques del anillo protector no cedan. Parece que los han reforzado de nuevo”.

Los diques son muy parecidos a los que les permitieron cosechar hasta hace poco cientos de peces que luego vendían en los mercados y los restaurantes trinitarios. Una defensa artificial, un paliativo, como otros tantos, como los utensilios para purificar el agua, como los techos precarios de plástico para los damnificados que posibilitaron un relajo cuando todo escaseaba: la carne, el azúcar, la leche en polvo, hasta el pescado.

Choque, de dedos gruesos, además de piscicultor, es artesano: trabaja con cuero. Habla con adoración de sus ocho hijos. Piensa que la culpa de lo que soportaron hasta hace unas cuantas semanas es de las represas que levantó Brasil en las proximidades del río Madera. Y teme quedarse sin nada si vuelve a llover con intensidad el año que viene.

Quedarse sin nada, es decir, que sus hijos le digan que ya no soportan más los caprichos del agua, que se marchan. Quedarse sin nada, es decir, que nunca regresen.

Inquietud y desconfianza

Desde la avioneta, desde el aerotaxi en el que viaja ahora Liz a Santa Ana del Yacuma, la tierra firme es una gran alfombra salpicada de vegetación y ríos en zigzag constante. A principios de este año, sin embargo, parecía el océano Pacífico; y Santa Ana, una próspera localidad con alrededor de 12.000 habitantes, era una isla donde se volvieron imposibles los despegues y los aterrizajes.

En el Beni, se calcula que hay alrededor de 3.000 arroyos, 2.000 lagos y 26 ríos navegables. Es decir, una peligrosa munición cada vez que llueve un poquito más de la cuenta. Las inundaciones suelen reptar silenciosamente de las zonas más altas a las más bajas. Y su hoja de ruta suele ser la siguiente: Loreto, San Andrés, Trinidad, San Javier, Santa Ana del Yacuma, Exaltación, Puerto Siles, Guayaramerín, Riberalta.

En Gran Bretaña —cuenta Liz desde su hotel, un balneario de Santa Ana— drenaron las propiedades inundadas con la ayuda de unas potentes máquinas que trajeron desde Holanda. Contaban, además, con centros de apoyo estratégicos para atender a los más desprotegidos. Y estaban insertos en un entorno más convencional, menos salvaje.  

Aunque todo fue muy diferente en su país, hay una inquietud que sí comparten la granjera y sus pares amazónicos. Ella también afrontará con desconfianza el próximo invierno:

“No sabemos cuánto lloverá. Y se hace bastante difícil adivinar. En estos años han cambiado mucho los patrones climatológicos”, alerta.

“Lo que ocurrió aquí, en Bolivia, fue demasiado devastador. Particularmente, me siento muy afortunada de estar como ahora estoy, y de vivir donde estoy viviendo”, dice después como si recitara un trabalenguas.

Safari accidental

Al día siguiente, un sábado, el viaje en barca a motor desde Santa Ana —la mayor parte, a través del río Mamoré— se convierte en un safari accidental: delfines rosados, lagartos, playones de arena, peces que saltan. La embarcación tarda alrededor de tres horas y media en abordar el puertito de Soberanía. Y una vez allá, los pies mojados se encienden casi al instante, en cuanto uno desciende y toma contacto con el suelo seco.

La comunidad de Soberanía —al menos, a primera vista— es Pitufilandia, un cliché, un paraíso: casitas “sobregiradas” que se reparten por uno y otro lado como si fueran hongos, gallinas que cacarean, indígenas mobimas que acuestan a sus wawas a la hora de la siesta, cocinas que humean, amaneceres de película, atardeceres de cuento.

Y tras, el decorado: la realidad. Una realidad con muchos contrastes: baños ecológicos que producen abono natural, linternas que se alimentan de la luz solar —pero que no siempre funcionan correctamente—, un tanque elevado que pronto intentará garantizar agua potable permanentemente y unos chacos de cultivo que no siempre dan lo que prometen (y lo que prometen es: sandía, plátano, yuca, pepino, otras hortalizas).

“La cosecha que se viene no será muy buena —predice Delicia Guasinave, 41 años, hombros robustos, polera del rally Dakar—. Hace dos meses que no llueve”.

Delicia hace honor a su nombre. Es una de las cocineras más habilidosas de la comunidad: el pacumutu (carne de res) sazonado con limón y vinagre que le acaba de ofrecer a Liz es sencillamente espectacular; y su masaco (guineo con charque) es dinamita, pura energía. Delicia asegura que tiene decenas de recetas más que le enseñó su madre con las que se luce cada vez que puede. Y luego mira arriba como si de lo que viera ahí dependiera toda su estabilidad (o lo que es lo mismo: la estabilidad de todos).

“Cuando llueve mucho, los cultivos a veces también se pierden”, dice después.

Como ocurrió a principios de este año, cuando un pedazo de la tierra cercana al río Mamoré se disolvió como terrón de azúcar y terminó arrastrado por el torrente.

“¿Y por qué ahora llueve más que antes?”, me intereso.

Mi pregunta es una repetición necesaria, una suerte de expiación, un mantra.

“A qué se deberá”, responde tímida en un primer intento.

“Anda, cuéntale”, le pide Robin Cujuy, de 40 años, su marido.

Y Delicia me cuenta:

“En la Biblia todo está dicho. Lo que nos está pasando es culpa del extravío de la Humanidad. El principio del dolor que nos espera. El tiempo final que está llegando”.

Meses atrás, un rayo impactó en uno de los pilares de su vivienda y Delicia y Robin se salvaron porque habían partido unas horas antes con varios de los miembros de su congregación cristiana —“de su culto”, precisa Delicia— con rumbo a Santa Ana. Dios —el Dios de Delicia, el Dios de Robin, el Dios de su congregación—, al parecer, también protege. Aquel caprichoso rayo, sin embargo, inutilizó el único radio transmisor que tiene Soberanía. Y aunque lograron recomponerlo, ahora se estropea a cada rato. Y no siempre hay cómo lanzar un llamado de auxilio cuando pasa algo malo.

Supervivencia

El tiempo final del que habla Delicia, supongo, es también que el barco hospital que les colabora a veces pase por aquí únicamente una vez cada tres meses.

“Una se puede morir mientras lo espera sentada”, bromea Zulema Rivero, 59  años, líder comunal con varios nietos a su cargo, ceño fruncido cuando el sol machaca.

Ayer, el equipo de Liz filmó aquí algunas imágenes. Zulema les mostró una y otra vez cómo fue la inundación: 10 centímetros, 20 centímetros, 30 centímetros, el agua hasta las rodillas, el agua hasta la cintura, el agua casi a la altura de su vivienda.   

Después de la inusual crecida —la última gran inundación, según los más longevos de Soberanía, ocurrió en 1982—, las novedades llegaban a través de las radios a pilas, que aquí son tan comunes como el cepillo de dientes, el único divertimento y el cordón umbilical con el exterior.

Radios que por aquel entonces únicamente daban malas noticias.   

“El camellón fue el único rincón que no se inundó”, aclara Zulema. Y luego pestañea sin control, como si le produjera cierta ansiedad acordarse de todo lo sucedido.

Algunos dicen que el camellón —que pronto será un almacén vivo de semillas (un reservorio) que beneficiará a todos los vecinos— se convirtió en una especie de Arca de Noé y dio cobijo a los animales del monte. Según Zulema, había hasta un oso bandera. Según Zulema, en vez de matar a las bestias que se acercaron las alimentaron.

La supervivencia es cruel. Y acá en Soberanía, aunque la inundación no llegó a invadir las casas, muchos prefirieron agarrar a sus hijos y escapar a Santa Ana del Yacuma porque no tenían ni los suficientes víveres ni la suficiente fuerza para quedarse.

Escapar: ocho horas o más en peque-peque (embarcación de motor pequeño) hasta Santa Ana, más de diez litros de gasolina, troncos descendiendo junto a la corriente.   

Zulema fue una de las pocas personas que decidieron subsistir en la comunidad.

“Tampoco sabíamos dónde ir —admite—. Nos preocupábamos sobre todo de que los más chiquitos no se accidentaran, y de no olvidar preparar el agua con los filtros que nos habían entregado. Nuestra prioridad era que mis nietecitos no se enfermaran”.

La paradoja: en aquel momento en el que todo hacía falta, y a pesar de estar rodeados por una gran mancha acuosa, hasta saciar la sed era una aventura enrevesada.  

Medicamentos

Feliciano Amutari, que vive a pocos metros de Zulema, de 50 años, soltero, con un bigotito minúsculo, también permaneció aquí toda la inundación. Por aquel entonces, él era la botica de Soberanía, el responsable de salud, el encargado de los medicamentos.

“Todavía ejerzo esa función”, dice ahora acomodado en una de las graditas de su vivienda, con la pose tranquila de los que nunca parecen tener prisa. Después, me muestra una plantita de tabaco bien cuidada que crece en mitad de un hueco, entre tabla y tabla. Y luego me comenta que fuma tres puchos diarios gracias a lo que ésta produce.  

En una caja de cartón, Feliciano guarda antibacterianos, suspensiones, jarabes, antibióticos. Y también, píldoras para los dolores de cabeza, los vómitos y las diarreas.  

“Pero ante los casos graves…”

Feliciano calla antes de terminar la frase, y luego agacha la cabeza impotente.

El último caso dramático fue el de la mujer de Santos Franco (le dio embolia de repente). El cruce de vías más cercano —es decir, el punto donde se juntan carretera y río— está a más de dos horas en peque-peque y no se pudo hacer nada para salvarla.

Santos, de 63 años, luce una gorra con el rostro del Che Guevara y convive ahora con seis de los 12 hijos que tuvo. “A los otros seis ya los he soltado”, me contaba ayer mientras afilaba su machete sobre una roca plana. A su alrededor, había un par de gallinas que corrían. Y sobre un puñado de alambres, algunas prendas mojadas.  

Un día común comienza para él a las siete de la mañana en su terrenito. Trabaja allí tres, cuatro, cinco horas y el resto de la jornada la suele ocupar entre charla y charla en su patio. Cada dos, tres, cuatro semanas, sin embargo, la rutina se interrumpe: cuando sale con alguno de sus familiares en una barca hasta los topes para vender sus productos en Santa Ana (o a veces para intercambiarlos por fideo, arroz o aceite).  

Epílogo

Soberanía, a media mañana.

La sequía que azota el lugar desde hace unas semanas es, por momentos, una sucesión de escenas kafkianas: ramas que se deshacen entre los dedos cuando uno osa tocarlas, grietas multiformes y profundas en el piso, sopor casi instantáneo, como cuando te inyectan un tranquilizante tras una crisis nerviosa. La carpa en la que se celebran las reuniones de la comunidad es el único rincón semicubierto lo suficientemente amplio como para resistir el calor empalagoso de esta época, que se adhiere al cuerpo como las sanguijuelas en el campo a una piel herida. Y Liz ataviada con un pantalón de exploradora y un gorro a juego, trata de descansar sobre una banca.

A las 12.40 —y de repente— un puñado de nubes con ganas de fiesta aparece sobre nuestras cabezas. Liz mira hacia arriba ensimismada, casi ausente, como si acabara de despertar de un largo letargo. Segundos después, las lonas del techo suenan como si algo se rompiera, como si cayeran encima decenas de piedras chicas. Afuera, gotea. La tierra se empapa. El olor es el del pasto húmedo. Y la lluvia no se siente esta vez como una maldición excesiva que viene de lejos, sino como maná caído del cielo.

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