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Las olas: El sueño de un escultor

Con un estilo claramente gaudiano y basado en el concepto tan de moda “ecolodge”, ocho cabañas diseñadas escrupulosamente y con todo lujo de detalles se alzan en la falda del famoso Montículo desde el que se contempla el lago.  “Mi intención era armar una cosa muy diferente a lo que había, con otros colores, más orgánico, con un estilo nuevo y más individual”.

La Razón (Edición Impresa) / Isabel Gracia

00:00 / 24 de agosto de 2014

En un trozo de madera desgastado por el tiempo se alcanzan a leer todavía las palabras Centro Cultural. Así empezó en Copacabana lo que hoy son Las Olas, un alojamiento alternativo que constituye un oasis artístico en plena jungla de asfalto, ladrillo y hostales que cada vez se erigen más altos. “Cuando yo llegué hace 20 años el pueblo era totalmente distinto, tenía mucho más encanto: las calles eran angostas y las casitas de un piso o dos de adobe”, explica Martín Stratker, dueño del hostal.

Martín, natural de Bochum, una ciudad industrial de medio millón de habitantes al norte de Colonia, en Alemania, llegó a Bolivia por azar hace dos décadas.

“Después de estudiar carpintería, escultura y arte terapéutico, tenía claro que no quería vivir en Alemania”. Hizo la mochila y se marchó a Chile, donde trabajó dos años con personas con problemas psicológicos y  terapia a través del arte. “Desde allí visité varias veces Bolivia y quedé enamorado”. Su primera estancia como turista en Copacabana resultó cuanto menos premonitoria. “Estaba en el hostal Bolívar, y los militares no nos dejaban salir del edificio porque estaban realizando el censo poblacional. Yo les dije que era turista y que no me censaran, pero no sirvió de nada. Desde ese día, inesperadamente, formé parte de este país”.

Un año después volvió al lugar con la intención de buscar un terreno y comenzar su proyecto: un centro en el que enseñar arte, pintura, teatro e inglés a turistas y nacionales. Tras impulsar el centro cultural junto a varias habitaciones para huéspedes, la primera opción no resultó tan atractiva como la segunda y se dio cuenta de que el éxito residía en hacer crecer el alojamiento ecológico. Así nació el hostal La Cúpula, que todavía se mantiene con mucha afluencia junto a Las Olas, aunque sin la nota artística que caracteriza a este último. “Los talleres funcionaron durante cuatro años y las clases de inglés gratuitas para niños y adolescentes del pueblo mucho más tiempo. Ahora estoy buscando un profesor o profesora estable para retomarlas”.

Veinte años después de su primera visita al lago, y ya con nacionalidad boliviana, Martín puede congratularse de regentar el alojamiento más especial de la bahía.

Con un estilo claramente gaudiano y basado en el concepto tan de moda “ecolodge”, ocho cabañas diseñadas escrupulosamente y con todo lujo de detalles se alzan en la falda del famoso Montículo desde el que se contempla el lago.  “Mi intención era armar una cosa muy diferente a lo que había, con otros colores, más orgánico, con un estilo nuevo y más individual”.

Marcelino y Mario: sus manos

Es martes por la mañana y dos obreros se afanan en la construcción de la próxima cabaña. “Tendrá forma de pirámide”, explica Martín. Marcelino y Mario llevan 12 años acompañándolo en su proceso creativo. “Son dos maestros bolivianos y además muy buenos tipos. Hemos ido aprendiendo juntos, yo de ellos y ellos de mí”. La tortuga, El Sol, El cielo, Las Olas, Torre Mar o su última creación y obra fetiche, el caracol, han sido ideadas por él, pero ejecutadas por Marcelino y Mario, que nunca imaginaron que llegarían a considerarse artistas.

“Jamás había hecho nada parecido, es lo mejor que hay en Copacabana”, comenta Marcelino Arias, que a sus 63 años no piensa retirarse de un oficio que lleva dándole trabajo desde los 15. “Los tres aprendemos todo el tiempo. Marcelino es mi maestro en la obra, y Martín es el que diseña las ideas. Su cabeza funciona como una computadora. Todo lo tiene ahí, no le hacen falta planos”, añade su compañero Mario Mendoza.

Para Martín, la construcción es experimentación y dejarse llevar. “Es como un desarrollo personal, la casa se busca a sí misma, yo no decido. No está muy claro lo que pasa. Yo voy ejecutando, pero ella me pide más. Con el caracol dibujamos algo en el cimiento y teníamos la idea base, pero fue durante el proceso cuando se fue definiendo”. Que el caracol es su obra predilecta salta a la vista al llegar al hostal. En todas las habitaciones predominan los azules y blancos, y pequeñas caracolas naturales de todas las formas se encuentran repartidas en cada rincón. “Mis hijas han vivido en Ecuador cinco años. Cuando iba a visitarlas las recogíamos en la playa”.

Martín ahora vive a caballo entre La Paz y Copacabana, una semana en cada lugar. “En La Paz tengo a mi familia”. Katterina López, su pareja, es su mano derecha y su cómplice en todo el proceso del emprendimiento. “A ella le consulto para tomar cualquier decisión”.

Desde que se creó, Las Olas ha sido un rotundo éxito en Copacabana. Prácticamente durante todo el año tiene colgado el cartel de completo gracias a la llegada de huéspedes de todas partes del mundo. Su página web (hostallasolas.com) con los contenidos en inglés y los precios en dólares sin duda invitan más al turista extranjero que al nacional.

A pesar del nivel económico que le ha permitido alcanzar la gestión de Las Olas, Martín no se conforma con no revertir de alguna manera todo lo que este negocio le ha dado. Desde hace algunos años, y en cooperación con la Embajada de Alemania, ha logrado ejecutar diferentes proyectos de desarrollo, especialmente vinculados al acceso a agua potable y tratamiento de residuos.

Desde el primer proyecto ya han llovido ocho años. “Invertimos 70.000 bolivianos en traer agua potable desde la comunidad de Kusijata a Copacabana para abastecer a 200 familias”. Luego vinieron otros que también dotaron a las comunidades de Sahuiña y Loka, y un tercero de reciclaje en Copacabana. “El problema del tratamiento de residuos es el más grave que tiene el pueblo”. Su objetivo es continuar haciendo proyectos en pro del desarrollo de la población local de Copacabana y sus alrededores para contribuir a la mejora de sus condiciones de vida. “Es muy gratificante trabajar con comunidades y ver los resultados que se alcanzan”.

Como cada tarde, el sol se pone en Copacabana. Una pareja adulta se abraza contemplando la fastuosa puesta que tiñe el lago de distintos colores ocres mientras grupos de turistas no tan ensimismados disfrutan de cócteles en las terrazas de los bares frente a la bahía. Un día más que el sol vuelve a despedirse de Las Olas, el sueño de un escultor que un día se hizo realidad a miles de kilómetros de su casa.

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