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En el ombligo del mundo

Cusco para ver, recorrer y saborear.

La Razón (Edición impresa) / Gemma Candela

00:00 / 07 de octubre de 2012

Uno de los destinos turísticos más importantes de Perú y de Sudamérica es la ciudad fundada, según la leyenda, por Manco Cápac y Mama Ocllo, a los que Viracocha (el dios Sol) envió a buscar el lugar donde establecerse tras el gran diluvio. Para ello, les dio una vara de oro con la que debían golpear el suelo en cada lugar al que llegasen. Allí donde se hundiera, sería el sitio correcto. Y eso sucedió en Cusco, nombre que en quechua significa “ombligo del mundo”.

Esa villa de estilo colonial, situada a 3.400 metros sobre el nivel del mar— por lo que, para los que viven o conocen La Paz, el clima y la sensación de falta de oxígeno les resultarán familiares—, es paso de viajeros hacia Machu Picchu. Sin embargo, Cusco merece también la visita y, aunque sea por poco tiempo, no es difícil aprovechar para ver mucho de sus restos arqueológicos, pasear por su calles de piedra con balcones y, por supuesto, disfrutar de la gastronomía peruana.

Mama Ocllo y Manco Cápac fundaron Cusco entre los siglos XI y XII d C. Por ser la capital, la ciudad se fue llenando de palacios y templos que luego, tras la llegada de los españoles a mediados del siglo XVI, fueron destruidos y reconvertidos en iglesias, conventos y viviendas que le dieron el aspecto colonial a su casco antiguo.

Para levantar la urbe hispana, los colonizadores utilizaron piedras de las construcciones incaicas, como las de Sacsayhuamán, una imponente estructura megalítica del siglo XV situada al norte de la ciudad, a 2 km de la Plaza de Armas. Tanto su función como su construcción siguen siendo un misterio. No está claro si se trataba de un centro religioso, defensivo o si era un aposento real, pero hay elementos que dan pistas de que el Inca, si no vivía en él, al menos lo visitaba: los dinteles son exageradamente altos y no porque los habitantes del Tawantinsuyo fuesen gigantes: el soberano era llevado en andas, por lo que necesitaba puertas más altas de lo normal.

Algunos cronistas han escrito que Sacsayhuamán era la Casa del Sol, como Garcilaso de la Vega: “Salía de la fortaleza un Inca de sangre real como mensajero del Sol. Salía de la fortaleza y no del Templo del Sol, porque decían que era un mensajero de guerra y no de paz, que la fortaleza era la Casa del Sol”. Ésta se encuentra sobre un cerro llamado Yunkaypata, que se formó hace 80 millones de años. Los restos fosilizados de erizos y otros organismos muestran que su origen es marino. Desde ahí arriba hay una excelente vista panorámica de la ciudad, bajo un sol abrasador y un viento que, si hace acto de presencia, hace tiritar a los visitantes.

La fortaleza está compuesta por la explanada, los torreones y  la impresionante fortificación de tres plataformas de piedras gigantes (la más grande mide 9 metros de alto, 5 de ancho y pesa alrededor de 70 toneladas), unidas entre sí sin argamasa alguna. Podrían representar, según algunas teorías, los tres mundos de la cosmovisión andina: el de arriba, o janaq pacha en quechua; el mundo que conocemos los humanos, el kay pac; y el manqha pacha o mundo de abajo. Tiene la forma de la cabeza del animal sagrado, el puma. Pachakuteq Inca Yupanqui, el noveno Inca, rediseñó la urbe con la forma de este felino acostado.

No está claro cómo se pudo levantar este lugar, cuya construcción duró casi 80 años: la cantera se encontraba lejos y los incas no conocían la rueda. Se calcula que unos 20 mil hombres contribuyeron a edificar el complejo. En su explanada se celebra actualmente, cada 24 de junio, la fiesta del Inti Raymi (aunque no se festejaba allí durante el periodo imperial).

Otro de los lugares clave para los incas antes de la invasión de Francisco Pizarro y sus acompañantes era el Koricancha (hoy ubicado entre la avenida El Sol y la calle Santo Domingo), el templo dedicado a la deidad solar que Pachakuteq mandó construir en 1438. “Todo lo dicho por los cronistas no alcanzaría a dar idea de la magnificencia de este templo”, dejó escrito Garcilaso de la Vega. El edificio, según cuentan las crónicas, estaba recubierto con láminas de oro.

Otros museos y sitios

Poco más de un siglo después de su construcción, sobre el Koricancha fue erigido el Convento de Santo Domingo, el más antiguo de América Meridional, que es el edificio que hoy se puede visitar, mientras también se aprecian algunos restos de la edificación precolonial. En su sótano está el museo que exhibe fragmentos de cerámica, textiles, pinturas y otros objetos anteriores a la llegada de los españoles, así como una maqueta del templo.

Depende del tiempo del que disponga el viajero para que aproveche de otros centros de arte y lugares arqueológicos que se encuentran en la ciudad y alrededores. Ahí están el Museo de Arte Contemporáneo (plaza Kusipata), el Museo Histórico Regional (en la misma dirección), el Centro Qosqo de Arte Nativo (avenida El Sol, 604) y el Monumento a Pachakuteq (Ovalo Pachakuteq), bajo cuya escultura de bronce de 11,50 metros hay un museo que resume la historia de este mandatario, el mayor urbanista del imperio. Además, en la cima del monumento, hay un mirador.

A 3 km del núcleo urbano se encuentra, asimismo, el Q’enqo, lugar de rituales para la fertilidad; la Puka Pukara, a 7 km, era un puesto de control de tránsito que, también, funcionaba como tambo y cuartel. Significa Fortín Colorado y era la entrada a los baños de Tambomachay, a una distancia de 1 km del puesto de control, donde se dice que el Inca se alojaba con toda su comitiva cuando iba a descansar al lugar. Lo más llamativo del Tambomachay son sus fuentes y el sistema hidráulico con el que funcionan.

Y, aunque la visita a Cusco sea breve, es imprescindible reservar un espacio de tiempo para almorzar o cenar en la ciudad.

La gastronomía peruana es mundialmente conocida por su buen sabor y variedad, fruto del mestizaje de varias tradiciones culinarias que se han ido amalgamando con el transcurrir de los siglos y la llegada de otros pueblos. Las comidas del antiguo Perú se mezclaron con las de los españoles (influenciados a su vez por la cocina árabe), franceses, chinos, japoneses e italianos.

Tras la catedral cusqueña, en el número 135 de la calle Santa Catalina Angosta, está el restaurante Incanto. Es un espacio de ambiente contemporáneo en pleno centro que abre todos los días de la semana, de 12.00 a 23.00 (entre las 16.00 y las 18.00 sólo hay bebidas y pizzas). La carta, de alto precio, ofrece alrededor de 80 opciones: los raviolis con salsa de ají de gallina es el plato estrella. También es recomendable la trucha sobre puré de garbanzos. Entre bocado y bocado, se puede refrescar la garganta con un frío y mareante pisco sour o uno de los vinos de su selección.

Mientras llega la comida a la mesa, se puede pedir un cesto de panes variados, con un platillo de aceite de oliva con especias, para mojar.

No hay que olvidar dejar un espacio en el estómago para el postre. Muy recomendable la tarta de queso o el semifrío de fruta de la pasión. Y, después, un mate de coca y un paseo pueden ayudar al estómago a la difícil digestión en las alturas.

Y más todavía

Recorrer las calles estrechas, empedradas y rebosantes de historia a paso lento es una buena opción para la sobremesa. La Cuesta del Almirante es una de esas vías. En ella estaba, durante la Colonia, la Inquisición.

Si no apetece caminar, se puede hacer una visita en el tranvía, que parte de la Plaza de Armas y recorre 40 sitios turísticos.

Entre La Paz y Cusco hay 673 km de por medio. Copacabana, Desaguadero y Puno son los principales lugares en el camino, de bellos paisajes, que demora 12 horas en recorrer. Por aire se llega en menos de una hora. La elección depende del tiempo y del presupuesto.

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