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Aguas de Vida: Tour familiar para La tercera edad

El Mosoj Huayna (del quechua Musux Wayna, que significa joven nuevo) es el atractivo principal de la travesía por el Lago Sagrado, denominada Crucero Navtur-Boltur, que ofrece un día completo de esparcimiento en la embarcación más grande del país, una visita al complejo de museos en Guaqui, competencias de lanchas y botes a vela.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández

06:20 / 20 de marzo de 2016

Como si se tratara de aguas que otorgan vitalidad, Isabel Cusicanqui parece recobrar energías durante la travesía lacustre. Es un sábado de sol pleno, así es que ella sale del salón principal del buque multipropósito Mosoj Huayna para contemplar el lago Titicaca, apoyada en una de las barandas.

El Mosoj Huayna (del quechua Musux Wayna, que significa joven nuevo) es el atractivo principal de la travesía por el Lago Sagrado, denominada Crucero Navtur-Boltur, que ofrece un día completo de esparcimiento en la embarcación más grande del país, una visita al complejo de museos en Guaqui, competencias de lanchas y botes a vela, además de un espectáculo de danzas folklóricas y exóticas. Este paquete —que el domingo 6 de marzo fue inaugurado por la empresa estatal Boliviana de Turismo (Boltur) y Navtur, perteneciente a la Armada Boliviana— tiene como fin que las personas de la tercera edad conozcan estos atractivos a través de ofertas económicas (el costo del paquete completo es de Bs 198, mientras que para el resto cuesta Bs 220). Es por esta razón que el viaje se convierte en la excusa perfecta para que familias completas formen parte de esta incursión turística. Como preámbulo para gozar de los atractivos naturales de esta región del país, los buses hacen una parada previa en el cantón Lloco Lloco, provincia Aroma, para observar desde un mirador parte de la Cordillera Real y del lago.

Isabel prefiere no subir a la pequeña loma, sino que se sienta en el pasto junto con su consuegra Lourdes viuda de Jaimes. “Queremos estirar las rodillas y calentarnos”, dice y le asegura a su compañera que la experiencia que les espera será única. Después de un viaje de 92 kilómetros desde la sede de gobierno, que dura casi dos horas, los buses se detienen en el Puerto Internacional de Guaqui, que fue inaugurado hace 102 años con el objetivo de que viajeros y carga llegaran a este lugar para trasladarse en embarcaciones hasta Puno (Perú), de donde volvían a ser transportados en vagones para continuar el viaje hacia Arequipa y Mollendo, con destino a las costas del océano Pacífico. Era el muelle por donde salían y entraban las exportaciones e importaciones, principalmente en el ámbito de la minería.

Desde esa etapa gloriosa —que muchos lugareños recuerdan con nostalgia—, Guaqui atravesó por una crisis como consecuencia de la apertura de caminos durante la Revolución del 52, una inundación que afectó gran parte de la ciudad a mediados de los años 80 y la capitalización de la Empresa Nacional de Ferrocarriles (Enfe) en la década de los 90. El silbato de los barcos y de los trenes dejaron de ser escuchados durante varias décadas, hasta que autoridades municipales y nacionales materializaron múltiples proyectos para recobrar parte de la riqueza histórica, económica y cultural de Guaqui. El lugar ideal para rememorar aquellos años gloriosos se encuentra en el Complejo Turístico Museos del Lago Titicaca, a unos metros del desembarcadero donde aguarda el buque multipropósito.

Los galpones de metal que en su tiempo de esplendor eran depósitos de producción boliviana se convirtieron desde el año pasado en cuatro salones de exposición: de la historia del Lago Sagrado y de las culturas que se desarrollaron en torno de sus aguas; de las características de la producción agrícola y piscícola de Guaqui; de máscaras y trajes de morenada, kullawada y diablada de principios de siglo pasado, además de caracterizaciones de la vida cotidiana del poblador de esta región lacustre. Durante el recorrido por las salas, Tomás Gutiérrez y su esposa Sara escuchan atentos las explicaciones de los guías. “Ha sido una idea de mi hija, quien nos ha invitado a mi esposa y a mí a hacer este viaje, por esa razón hemos venido aquí para hacer esta visita”, cuenta Tomás, quien a cada momento expresa a su esposa sus sensaciones sobre este itinerario. “Hace bien hacer una caminata, también se disfruta del aire libre en el campo, por lo que una se siente más tranquila, después de que a esta edad una se encuentra estresada”, comenta Sara.Al salir del complejo, los rieles que antaño permitían el transporte de decenas de máquinas a vapor se han transformado en indicadores que llevan al galpón de trenes, donde don Lucio Vargas, un mecánico que trabajó en ese lugar desde muy joven, continúa siendo el guardián de las locomotoras. Como la Walaycha, que está en las afueras del galpón y que de su chimenea expulsa humo, como una manera de demostrar que aún puede brindar un servicio al municipio que la acoge.

“Me emociona ver que estén así. Es bueno que los vagones y las locomotoras se encuentren en buenas condiciones”, afirma una entusiasmada María Luisa Arce, de 70 años, quien desde la escalinata de uno de los vagones contempla una gigantografía de la maquinaria que recorría parte del territorio nacional.

Antes de continuar hablando respira hondo y deja escapar un suspiro. Cuenta que sus viajes en estas máquinas eran constantes entre La Paz y Potosí.

Entonces la risa se confunde con la emotividad cuando rememora que con su hermano se subían al techo de los vagones con el fin de arrojarse en la arena, como si fuese un colchón para seguir jugando.

Elsa viuda de Ballón (72) también retiene los recuerdos de los trenes, cuando se quedaba a dormir en la población de Río Mulato para continuar su viaje hacia la Villa Imperial. “Hacía un frío terrible”, relata a sus familiares antes de expresar que le “hubiera gustado que sigan los trenes”. Después de una competencia de lanchas y de botes a vela, el sonido de la bocina informa que es momento de zarpar con el Mosoj Huayna. Los oficiales y marineros están preparados y atentos al ingreso de los pasajeros, quienes observan los 40 metros de largo y nueve de ancho de la embarcación construida en su totalidad por técnicos bolivianos. “Estoy orgullosa de este barco porque va a ser el primero en navegar por nuestro mar boliviano”, asegura la profesora jubilada Maruja Fernández (74), quien vio hace 10 años cómo construían la embarcación que ahora puede transportar hasta 270 personas. “Ha quedado una maravilla”. Como hace cinco años, el buque multipropósito zarpa casi sin ningún ruido para bordear la península de Taraco, con una velocidad de 12 nudos, informa Javier Noriega, agente regional de Navtur. Un día antes a la travesía fue el cumpleaños de Eusebia Vásquez (65), una extrabajadora de la Caja Nacional de Salud (CNS), por lo que su hija Jimena la trajo desde Oruro para compartir esta experiencia por el lago. “Es muy hermoso, lindo, inolvidable…”.

Ella deja de hablar por un momento ante el enternecimiento que le provoca pasar ese día viajando en las aguas.

Isabel luce contenta al ver el espectáculo de danzas. Pero lo que le alegra más es compartir con su bisnieta Ania Jaimes, a quien su familia le organizó una pequeña fiesta dentro de la celebración mayor del crucero, donde la mayoría termina bailando morenada y caporal. El Titicaca parece haber cargado de energías no solo a Isabel, sino también a familias enteras que se llenaron de aguas de vida.

El más grande del territorio boliviano

La Armada Boliviana se puso como objetivo dedicarse a la construcción naviera en el lago Titicaca, que comenzó el 3 de agosto de 2000 con el buque multipropósito Mosoj Huayna, que surca el agua dulce desde hace seis años.

“El camino recorrido, desde aquel año 2000 en el que se inició la construcción, no ha sido llano; sin embargo, la gestión institucional y el desafío personal-profesional de quienes tuvieron la oportunidad de estar en dicho emprendimiento estuvieron a la altura de las dificultades, limitaciones técnicas y tecnológicas; escasa información inicial, económicas y de medios; en esas situaciones, pues una alta dosis de espíritu de superación, perseverancia, desprendimiento y cumplimiento de la misión se impusieron e hicieron posible el ansiado proyecto”, señala la reseña Navegando por la estela del imperio del sol, escrita por el capitán de navío Antenor Agramont.

Tras la construcción del casco tipo catamarán (embarcación de dos cascos unidos por una cubierta), que abarcó hasta la cubierta principal, se realizó el pintado, montaje de los dos motores principales y del sistema de propulsión y gobierno mecánico.

Después de la conclusión de este trabajo se procedió con la botadura, que se efectuó el 21 de abril de 2005, luego de lo cual la embarcación fue trasladada con su propia propulsión hasta el puerto de Guaqui, para probar “la flotabilidad, estabilidad, estanqueidad y otras particularidades propias de la marina”.

Debido a que este desembarcadero cuenta con mejores condiciones de seguridad, profundidad, protección de vientos y de corrientes, desde entonces es su atracadero y base de operaciones.

Si de algo se precian en la Armada Boliviana es que esta embarcación fue construida en su totalidad por personal boliviano. De acuerdo con Javier Noriega, agente regional de la Unidad de Servicios de Operación (USO), los trabajos duraron casi una década, principalmente por causa de falta de recursos económicos, pero en 2000 se hizo realidad uno de los anhelos más importantes, al ser la embarcación más grande del país.

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