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Sergio Arévalo. De creer que el talento era innato pasó a estar convencido de que es algo que se aprende. Eso inculca a sus casi 80 jóvenes alumnos. Violinista, ingeniero y director de orquesta infantil.

La Razón (Edición impresa) / Gemma Candela

00:00 / 18 de noviembre de 2012

No le gustaba trabajar con niños, revela. Cuesta creerlo porque dirige a casi 80, de entre 7 y 12 años,  y dos de ellos son sus hijas. Sergio Arévalo Gálvez es, a sus 40 años, el director de la Orquesta Sinfónica Infantil del Conservatorio Plurinacional de Música. Es violinista, también ha tocado instrumentos de viento, de percusión y, además, es cantante lírico. Fue gracias a que entonaba bien el himno de su ciudad natal, Cochabamba, que logró entrar al Instituto Laredo. Él tenía la certeza, siendo sólo un niño, de que lo lograría sin dificultad y así se dio.

El primer recuerdo que tiene de la música es de cuando fue con su tío a la casa de la novia de éste. Los hermanos eran músicos y él escuchó el ensayo del grupo.

Comenzó con el violín a eso de los cuatro o cinco años, con el apoyo de su familia, aunque, con los años,  su padre le dijo: : “¡Tienes que tener una profesión!” Y no le servía como respuesta su “soy músico”.

Había continuado su carrera en el Conservatorio Nacional, en La Paz, a donde se trasladó la familia cuando Sergio tenía 11 años. Durante un tiempo dejó el violín,  por la falta de profesor. Hasta que, cuando ya estaba en la universidad estudiando “una profesión” (e hizo dos: ingeniería  aeronáutica y electrónica) conoció al maestro que necesitaba y con el que pactó dejar las aulas académicas para dedicarse de lleno a la música. A cambio, él le haría entrar a la Orquesta Sinfónica Nacional. Pero, a hurtadillas, Sergio siguió yendo a sus clases.

Cuando viajaban, estaban siempre en la misma pieza. Mientras su profesor dormía, él practicaba con el violín. “Entre ronquidos me decía: ‘¡Está desafinado! ¡Afina y trabaja esto!”, cuenta Sergio. Y la promesa del maestro se cumplió.

En la Orquesta Sinfónica de El Alto tenía una alumna de violín que él estaba a punto de echar del grupo por falta de talento. Pero entonces, Sergio partió dos meses a Lima con una beca: iba a aprender sobre la estimulación temprana, un método en el cual no creía. “Me modificó todo el esquema”, dice, como si aún le maravillara. “El talento es producto del trabajo”. Regresó a Bolivia cambiado. Tanto, que siguió enseñando a aquella alumna que hoy, dice, es una buena violinista.

Las ingenierías son casi su afición. “Me siguen jalando. A veces, me pican las manos”, y entonces tiene que hacer algo con ellas. De cualquier modo, como dirigir a su “familia”, la orquesta infantil, no hay nada.

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