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El perro prehispánico boliviano

Compañeros, parte de rituales y enterramientos y hasta alimento eran los canes en el país antes de la Colonia.

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:00 / 22 de diciembre de 2013

‘De los perros que los indios tenían, decían que no tuvieron las diferencias de perros castizos que hay en Europa, solamente tuvieron de los que acá llaman gozques. Había los grandes y chicos. En común les llaman alco, que quiero decir ‘perro’”. Así describió el Inca Garcilaso de la Vega los canes que los españoles vieron al llegar a América en el capítulo XVI de sus Comentarios Reales de los Incas (1609). A pesar de que cronistas como él hablaron de estos animales y de que se han hallado evidencias de su existencia en forma de restos arqueológicos, aún está expandido el mito de que los perros llegaron a América acompañando a los españoles. Si bien es cierto que Cristóbal Colón trajo 20 mastines y galgos de pura raza en su segundo viaje al continente en 1493, en Abya Yala ya existían estos animales, aunque de tamaño y corpulencia distintas a los del Viejo Mundo. Eran los de las tierras árticas, los de las praderas del sudoeste de Estados Unidos y los gozques de México, Bolivia, Perú y las Antillas, según la publicación de la Universidad de Granada Los perros en la conquista de América: Historia e Iconografía, investigación realizada por Alfredo Bueno Jiménez. Las diferencias no eran sólo morfológicas: mientras que los pueblos indígenas los tenían como animales de compañía tanto en vida, pero también como guía para los muertos y como parte de rituales, los españoles los consideraban, además de como compañeros, como arma de guerra.

No se conoce exactamente el momento en el que los perros dejaron su condición de salvaje, característica de los lobos, de los que descienden, para acercarse a los humanos de forma amigable y convivir con ellos. Se aventura que pudo suceder hace  40.000 años atrás. Tampoco se sabe quién dio el paso: si las personas los domesticaron o si fue cosa de los canes, ni si este proceso se dio en un solo lugar o en varios. Supuestamente llegaron a América desde Asia a través del estrecho de Bering, hace unos 15.000 años, fecha estimada también para la ocupación del continente por parte del hombre, según la teoría más aceptada que defiende que el Homo sapiens  aprovechó un período de glaciación para acceder a esta nueva tierra a través del Puente de Beringia.

“La característica de los nuestros (perros) es que se aislaron”, cuenta la docente de la carrera de Arqueología y encargada del Laboratorio de Zooarqueología de la Universidad Mayor de San Andrés, Velia Verónica Mendoza. Durante diez años ha investigado la historia del perro prehispánico boliviano a través de restos hallados en lugares arqueológicos de La Paz y Oruro (ver infografía de la izquierda).

Arthur Posnansky fue uno de los “descubridores”: en 1896 halló la momia de un perro en una chullpa ubicada en la región de Carangas pero, según Mendoza, esa pieza está en paradero desconocido. En la década de 1940, el arqueólogo Max Portugal Zamora encontró el esqueleto de un perro junto a restos óseos humanos de la época incaica en excavaciones en la zona urbana de Santa Bárbara en La Paz.

A diferencia del tipo de perro prehispánico mexicano, el xoloitzcuintle o azteca, cuya peculiaridad es la falta de pelaje, en Bolivia sólo se ha encontrado hasta el momento un cánido k’ala o pelado: el que halló y fotografió Posnansky en algún punto de la provincia Carangas, dice la arqueóloga.

En su investigación, Mendoza indica que la falta de pelo se debe a una mutación genética que se da en crías de canes peludos —llamada “tricodontodisplasia autosómica dominante”— que, con la transmisión de generación en generación, ha dado lugar a una raza. Lo curioso es que el animal puede tener descendencia tanto k’ala como peluda.

Además del pelado hay otros tipos de perros bolivianos prehispánicos (con pelo) que son, según la investigadora, el jinchuliwi, de tamaño entre mediano y grande, con orejas colgantes y cola larga; el pastu, de orejas tiesas y cuerpo pequeño, mediano o grande; el ñañu, semirrobusto, paticorto y con rabo largo; y el c’husi anuqara, del que sólo se sabe que era muy peludo.

Los ejércitos de los imperios asirio, griego y romano ya emplearon canes como mensajeros, vigías e, incluso, como combatientes. según Alfredo Bueno. Durante la conquista de América causaron pavor entre la población indígena, a veces, más que los propios colonizadores.

En la obra Los conquistadores españoles, de F. A. Kirkpatrick, se cuenta la mítica historia de Becerrillo, uno de los perros famosos de la historia de la Colonia que fue criado en la isla La Española. Su dueño era Diego de Salazar, quien encomendó a una anciana indígena que llevara una carta a unos cristianos que estaban a una legua del lugar. Cuando la mujer  recorrió unos metros, los españoles soltaron al perro para que fuera tras ella. Atemorizada, se lanzó al piso diciéndole al animal que ella llevaría la carta y que no le hiciera daño. Para sorpresa de su amo, el can se detuvo y no la atacó, según el relato del cronista Gonzalo Fernández de Oviedo.

“Verdaderos perros no los había en Indias, sino unos semejantes a perrillos que los indios llamaban alco, y son tan amigos de estos perrillos, que se quitarán el comer por dárselo”, escribió en el capítulo XXXIII del cuarto libro de Historia Natural y Moral de las Indias el sacerdote jesuita José de Acosta.

Pero no eran sólo animales de compañía. Se han encontrado esqueletos de perros jóvenes en tumbas de niños (como en Mollo Kontu, en Tiwanaku) usados como ofrenda para acompañar al muerto, práctica que también reflejan piezas cerámicas tiwanakotas.

Su uso en los ritos

Eran también parte de ceremonias, como muestra una estela también tiwanakota asociada a los rituales para pedir lluvia en los que hay representados cuatro perros. Y los incas, que pensaban que, cuando había eclipses lunares el satélite podía “morir”, por lo que “...ataban los perros grandes y chicos, dábanles muchos palos para que aullasen y llamasen la Luna...”, según Garcilaso. Incluso, relata el cronista Bernabé Cobo, en los ritos incas  para debilitar a los enemigos antes de una batalla, si no funcionaba el sacrificio de carneros negros, “traían ciertos perros negros, los cuales mataban y echaban en un llano, cuya carne hacían que comiese cierto género de gente con particulares ceremonias y supersticiones”.

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