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La poeta perdida

Los restos de María Josefa Mujía ¿descansan en paz?

La Razón / Javier Badani

00:00 / 12 de agosto de 2012

Una continua sumatoria de desgracias marcó la vida de la chuquisaqueña María Josefa Mujía. La primera le llegó a temprana edad, cuando la muerte le arrebató a su padre, el coronel español Miguel Mujía. Tal fue el impacto de aquella pérdida, que la niña terminó ciega debido “al exceso de llanto”, como lo reflejan distintas reseñas de la época. María Josefa tenía 14 años y Bolivia festejaba el primer año de su independencia y creación.

Fue, paradójicamente, la pérdida de la visión la que llevó a la adolescente a refugiarse en los dominios de la poesía. Primero, a partir de las cotidianas lecturas con que sus hermanos menores la acompañaban y, después, lanzando sus versos al aire para que sean atrapados y plasmados en el papel. Reconocida como la primera voz femenina de Bolivia en explorar las vetas del lirismo, su vena poética, sin embargo, surgió de forma tardía: tenía 39 años cuando se publicó su primer y más representativo poema, La ciega.

Todo es noche, noche oscura…

Ya no veo la hermosura

De la luna refulgente,

Del Astro resplandeciente

Sólo siento su calor. (...)

Y mi corazón enjuto,

Cubierto de negro luto

Es el trono del dolor.

Los desgarradores versos hilvanados por Mujía conmovieron a su hermano menor, Augusto, quien desde la pérdida de la visión de María Josefa se había convertido en su confidente. El joven dedicaba tardes enteras a leer a su hermana obras literarias y religiosas y a redactar las cartas y versos sueltos que ella le dictaba. María Josefa le había hecho prometer que jamás divulgaría sus pensamientos, pero éste no cumplió su palabra. Augusto enseñó La ciega a uno de sus amigos y pocos días después el poema fue publicado en el Eco de la Opinión, impreso chuquisaqueño que dedicó a la autora un sentido editorial.

María Josefa Mujía recibió con disgusto la impertinencia de Augusto, pero nada ya podía hacer: su destino en las letras bolivianas estaba sellado. Poetas renombrados de la época, como Cortés, Ramallo, Tovar y Calvo, saludaron con sentidas estrofas a la que pronto fue llamada “la Alondra del dolor”. Ella respondió a cada uno de ellos con versos que vieron la luz en los periódicos de la época, inaugurando de este modo su presencia en la esfera literaria nacional.

El historiador y bibliógrafo Gabriel René Moreno —que años después mantuvo una fluida relación epistolar con Mujía— recuperó en su obra Estudios de Literatura Boliviana este episodio. Los versos del poema La ciega, “leídos y releídos en todos los círculos de la capital, produjeron más efecto del que podría esperarse. Muy pocos conocían personalmente a la ciega, y los que sabían de su existencia, ya la habían puesto en el olvido. (…) La generalidad se apresuraba a preguntar quién era este cisne misterioso que desde su lóbrego nido daba al aire tan sentidos acentos. Y todos la compadecieron”.

La molestia inicial de Mujía no residía tanto en la divulgación pública de sus versos como en su convencimiento de que sus poesías no cumplían los requisitos mínimos de una obra literaria. Muestra de ello es la carta de respuesta que Mujía remitió en 1868 a René Moreno, quien le había solicitado el envío de sus poemas. “Mis pobres composiciones en verdad no son más que una miserable arcilla para ser mezcladas entre las bellas flores del genio y no merecen salir a la luz pública. (…) Me parece que como autora, propietaria de ellas, tengo derecho para impedir el que salgan impresas, porque no son dignas ni de ser leídas (…) es así que suplico encarecidamente que (las que están en su poder) las eche al fuego”.

María Josefa Mujía nació en Sucre, la capital de Bolivia, en 1812. Primogénita entre seis hermanos —Ricardo, Juan Mariano, Augusto, Juana y Micaela—, su educación inicial se basó en la lectura de obras de Pedro Calderón de la Barca y otros clásicos de la literatura española.

Testigo de los avatares de la guerra independentista americana del siglo XIX, tuvo que imponerse a un periodo en el que, además, la mujer se encontraba confinada a las labores hogareñas. La actividad intelectual era reducida, incluso entre los varones, por las adversas condiciones del medio y el momento. “Una personalidad tan rica en fuerza espiritual como Mujía tiene que haber sido un magnífico ejemplo para las escritoras bolivianas que llegaron después:

Lindaura Anzoátegui, Mercedes Belzu y, sobre todo, Adela Zamudio”, escribió el abogado y autor chuquisaqueño Carlos Castañón Barrientos en 1972.

Como Castañón, a lo largo de los siglos XIX y XX, estudiosos, críticos e historiadores de la literatura dedicaron su pluma a la valoración de los versos de Mujía.

Esto a pesar de la ausencia de un volumen que reuniera la obra completa de la chuquisaqueña. Sus poemas, traducciones y trabajos en prosa habían sido publicados a lo largo de su vida de forma dispersa en periódicos y revistas literarias de la región y de Europa.

Una poesía sincera

De la crítica escrita se puede inferir que, si bien la obra de Mujía está impregnada de la escuela romántica del siglo XIX, sus versos se alejan del lirismo romántico.

La autora se refugió en la denominada poesía elegíaca y, especialmente, en la religiosa.  La crítica coincide en apuntar las carencias literarias en la construcción de los versos de Mujía. Sin embargo, destaca la “honda sinceridad con la que están impregnadas y la encantadora sencillez de su forma”, como estampó Enrique Finot, en su Historia de la Literatura Boliviana.

“No creemos incurrir en exageración al afirmar que Mujía y Ricardo José Bustamante salvan el honor de la poesía boliviana del primer periodo romántico, aunque es preciso confesar que en ninguno de ellos surge todavía el gran poeta de que puedan ufanarse las letras nacionales”, concluyó el historiador, pedagogo y diplomático cruceño.

La obra de Mujía despertó la admiración de uno de los máximos estudiosos de la historiografía literaria del siglo XIX, el español Marcelino Menéndez y Pelayo. En Historia de la poesía Hispanoamericana se lee: “De esta infeliz señora (…) a quien su inmenso infortunio presta de todos modos la majestad solemne de la muerte, hay unos sencillos e inspirados versos que quiero poner aquí, porque su forma casi infantil tiene más intimidad de sentimiento lírico que todo lo que he visto del Parnaso boliviano”. Menéndez y Pelayo se refería al poema El árbol de la esperanza.

Sin hojas y sin ramaje

Marchito y seco ropaje

De tu frescura y verdor,

¡Cuán corta tu vida ha sido!

Contigo todo he perdido

De la fortuna rigor.

(…) Contigo se ha derribado

Todo el bien imaginado

Que el pensamiento creó,

Cual oscilación ligera

Toda ilusión hechicera

Contigo ya se extinguió.

No se puede leer la obra de Mujía sin considerar su condición física. Las circunstancias de su vida impregnaron su poética de un aire melancólico, muy a tono con su existencia. “El estado actual de su salud es de una completa oscuridad en la vista. Padece de ataques frecuentes a los oídos tocando ambos extremos, el de una sordera absoluta por un espacio y el de una delicadeza tal en el tímpano que el más ligero ruido le causa una fuerte explosión”, se narraba en el último periodo de su vida.

Al tormento físico se sumó el del alma, debido a la muerte de sus seres más próximos. El primero en fallecer fue su hermano Augusto, luego les tocaría el turno a Micaela, Juan Mariano y a su madre, Andrea. Terriblemente acongojada por estas pérdidas, ella escribió:

Silencio y soledad es mi existencia,

Árido yermo sin verdor ni fruto;

Lenta agonía en mísera impotencia,

Por do camina el alma envuelta en luto.

La mujer se hundió en una depresión profunda que la llevó a acallar su vena poética por un largo periodo. Fue su sobrino, Ricardo Mujía, quien asumió la tarea de redactar y difundir los versos de la poeta. De esta experiencia, rememoró: “Las estrofas eran rápidamente concebidas, jamás revisadas ni corregidas. Cada verso es una improvisación más o menos animada, según el sentimiento predominante en este espíritu soñador”. Sin embargo, su estado físico y anímico melló su talento, como se dijo en La Página Literaria tras la muerte de Mujía. “En sus últimos años decayó su vena artística y sus últimas poesías tenían algo de los cantos postreros del cisne moribundo”.

María Josefa Mujía falleció el 30 de julio de 1888, a los 76 años. Inevitable casar ese final con la última estrofa de La ciega, un grito desesperado en busca de la liberación de las sombras:

Y en medio de esta desdicha

Sólo me queda una dicha

¡Y es la dicha de morir!

Pero Mujía se equivocó, pues ni la muerte logró atenuar su desdicha, como deduce Carlos Castañón. “El sobrino, para simbolizar el bien más querido de su tía, hizo enterrar a la poetisa con una lira en los brazos, en el Cementerio de Sucre. Varios años más tarde, cuando retornó a la capital e indagó por los restos de la distinguida mujer, se topó con la noticia de que la lira y despojos habían desaparecido para siempre”. Sus restos habían sido trasladados a una tumba común, sin identificarlos. Tal el triste sino de la “Alondra del dolor”, aun en la muerte.

A pesar de su importancia en la historia de las letras nacionales, fue recién en 2009 que se pudo reunir en un volumen la obra completa de Mujía, gracias al esfuerzo de Gustavo Jordán Ríos. Este abogado potosino se dedicó durante siete años a recopilar más de 300 obras de la poeta, tanto de bibliotecas como de archivos particulares. El titánico trabajo fue por demás complicado, dada la dispersión de los escritos, que habían aparecido en periódicos y revistas de varios países de la región y de Europa; pero finalmente vio la luz en el citado año de 2009, en La Paz.

El trabajo investigativo de Jordán Ríos —base del presente artículo— se halla traducido en el libro que titula María Josefa Mujía. Obra completa.

La bestial cirugía

“A los doce años se le pasó el primer sedal (incisión en la piel en la que se dejaba algodón que se movía para introducir un ungüento) que lo conservó 20 meses y después, consecutivamente, le pasaron seis sedales conservando el que menos por un año, de manera que la parte posterior de la cabeza tiene marcada por doce cicatrices profundas que revelan el constante martirio de su juventud”./ “La enfermedad fue clasificada de diferente manera, por unos de debilidad en el nervio óptico, por otros simplemente de nubes y, últimamente por el Dr. Garvizo, de catarata y de contracción de la pupila. Este médico —que llegó a Bolivia entre los años 45 y 46 (del siglo XIX)— le hizo la operación más cruel que uno puede imaginarse, respondiendo con su cabeza del buen éxito de la operación. Después de tener fijo uno de los ojos por medio de una máquina que impedía los movimientos del ojo seguidamente rasgó en extensión de cuatro líneas de arriba para abajo todas las telas que constituyen el órgano de la vista; después con una pieza sacó del interior del ojo, por medio de la abertura que hizo, el humor cristalino y mostró a los circunstantes diciendo que ése era el cuerpo que constituía la catarata. No se redujo sólo a esto la operación de Garvizo, sino a introducir en el ojo operado diferentes instrumentos diciendo que iba a ponerle una pupila artificial. Mientras duraba esta cruelísima operación, la pobre, apoyada en el hombro de sus hermanos, no se ocupa de otra cosa que de rezar diferentes salmos, ofreciendo a Dios sus padecimientos. El resultado de la operación fue la pérdida completa del ojo operado, el que durante el espacio de seis meses tenía un color casi negro causando a la paciente dolores tales que a veces perdía el sentido, siendo de notar que durante 40 días anteriores a la operación fue puesta en un estado tal que no tenía acción ni para mover un dedo, pues fue casi completamente privada del alimento y preparada con polvos de belladona. Informado el Dr. Olivieri de este procedimiento, dijo que el médico que tal hubiese hecho en Europa merecía estar en un presidio”. Manuscrito de la época publicado por Porfirio Díaz Machicao en 1965, en El Siglo

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