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Potosí de plata

Una ciudad donde   se respira historia y se siente la gastronomía con sabor a Bolivia.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández

00:00 / 28 de diciembre de 2014

Las calles adoquinadas y angostas del centro de la ciudad, las incontables iglesias católicas, la casa que resguarda joyas de la época colonial y republicana, la colina que pareciera que nunca acabará de entregar minerales. Así es Potosí, una urbe donde se respira historia y se siente el aroma de la Casa Nacional de Moneda, sin olvidar la inconfundible gastronomía que sabe a Bolivia.

El Viceministerio de Turismo organizó en noviembre de este año un recorrido por Potosí, destinado a trabajadores de medios de comunicación del país, con el fin de mostrar las bellezas y atractivos de la Villa Imperial, para lo cual es inevitable visitar la Casa Nacional de Moneda y algunos restaurantes con la gastronomía local.

Repasando la historia

Según crónicas, el inca Wayna Qhapaq envió a sus vasallos para que trabajasen minas en el Sumaj Orcko (el nombre original del Cerro Rico, que significa montaña bella). En una de esas travesías se escuchó un estruendo y una voz que decía: “No saquen plata de este cerro porque será para otra gente”. Sin salir de su asombro, los súbditos informaron de lo sucedido al inca y emplearon la palabra “pptojsi”, que proviene del quechua y significa reventar, que explica el origen del nombre de la ciudad.

Otra versión indica que su nombre tiene origen del aymara-quechua “pptoj” (brotar), lo que se explica por los manantiales que surgen de las faldas del cerro. Pero cuando los españoles llegaron a esta región de Sudamérica no sabían pronunciar los idiomas originarios, por lo que denominaron a esta ciudad Potosí.

Se cuenta que ocho décadas más tarde, en 1545, el indígena Diego Huallpa perdió una de sus llamas en el cerro. En el intento de buscarla cayó la noche y tuvo que dormir a la intemperie, para lo cual encendió una fogata, cuyo calor fundió el mineral y aparecieron hilos de plata.

Aquel descubrimiento fue suficiente para que 25 años después Potosí tuviera una población de 50.000 habitantes, como consecuencia de la explotación del mineral. Para 1630, la ciudad llegó a acoger a 160.000 personas, más que urbes como París y Londres de aquella época.

Potosí no nació como otras ciudades del Alto Perú, con la redacción de un acta y con trazos definidos, sino que ocurrió a través de la desordenada instalación de viviendas de mineros que buscaban sacar plata del cerro potosino. “Cuando se descubrió el Cerro Rico, por españoles que trabajaban en el mineral de Porco, no se fundó la ciudad ni se suscribió acta alguna, como afirmaron escritores del siglo pasado, sin exhibir para ello documentos fidedignos. La ciudad nació al azar y creció al ritmo del desarrollo e incremento adquirido por los trabajos de minas del Cerro Rico”, afirma en una nota el historiador José Antonio Fuertes.

Potosí no tenía autoridades que pudieran decidir de inmediato los conflictos que se presentaban por la afluencia de gente que llegaba a explotar el mineral. Los pleitos originados se debían dilucidar en La Plata (hoy Sucre), lo que generaba retrasos y trabas en las actividades.

Los vecinos, al ver que la producción de plata iba a continuar por mucho tiempo y en grandes cantidades, solicitaron la autonomía potosina de La Plata y convertir a Potosí en Villa, que significaba que tenía una población considerable por su extensión o numeroso de su vecindario, “que disfrutaba de determinados privilegios y exenciones, de carácter político y administrativo, principalmente”, explica Fuertes.

En 1561, el vecindario dio poderes y envió a Francisco de la Serna a Lima con el objetivo de dialogar con el Virrey Diego López de Zúñiga y Velasco y lograr la exención de Potosí, para lo que entregó 12.000 marcos de plata piña a las arcas.

Gracias al auge de la minería, durante la Colonia se construyeron templos y edificios de estilo barroco, conventos y seminarios, así como casas señoriales para los nobles, por lo que la Unesco (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) declaró en 1987 que Potosí es Patrimonio Natural y Cultural de la Humanidad.

Uno de los tantos ejemplos del esplendor potosino lo representa la Santa Basílica Catedral, en la plaza 10 de Noviembre. Esta infraestructura tiene un estilo de influencia neoclásica, trabajada en piedra y ladrillo a mediados del siglo XIX.

Afuera, en la remozada plaza 10 de Noviembre hay una estatua de la Libertad, los pilones The J.L. Mott y Del Niño, además de cuatro fuentes de agua.

Este espacio del centro potosino se puede preciar de tener cinco nombres: Plaza Mayor; Plaza del Ajusticiamiento; Plaza del Regocijo, Plaza de Armas y, finalmente, plaza 10 de Noviembre, según la revista Pilones coloniales y republicanos de la Villa Imperial, auspiciado por el Gobierno Autónomo Municipal de Potosí.

Casa de Moneda

A unas cuadras de la plaza principal, en la calle Ayacucho, una estructura colonial se diferencia de las demás por su patio amplio con un pilón y un mascarón sonriente. Al lado derecho, un carruaje jalado por caballos de fibra de vidrio simula la época gloriosa.

Durante su historia, la Villa Imperial tuvo dos casas de moneda. La primera fue construida entre 1572 y 1574 y se encuentra en la plaza 10 de Noviembre. En el siglo XVII, la Corona decidió mejorar la tecnología de la acuñación, para lo cual mandó construir otro edificio, que es la que en la actualidad funciona como museo.

En el ingreso de la Casa de Moneda lo primero que se distingue, aparte del mascarón, es el pilón republicano hecho de piedra labrada, de estilo barroco mestizo, construido  en 1897 por Nicolás Archena.

Con relación al rostro que se encuentra al frente de la entrada, se dice que en su lugar estaba el escudo de armas de la Corona española, pero después de la independencia de Bolivia, un tallador francés colocó ese rostro encima del emblema real. No hay un documento que indique qué significa ese rostro; sin embargo, hay varias versiones al respecto.

Una de ellas indica que la figura representa al indígena Diego Huallpa, quien fue el que descubrió plata en el Cerro Rico de Potosí; otros dicen que es el Dios griego del vino. “Ese rostro, si ustedes lo dividen en dos, a partir de la nariz hacia un extremo tiene el rostro sonriente y picaresco, con una ceja levantada de un lado, que trataría de explicar la grandeza y riqueza de Potosí. La otra mitad de la faceta es más seria, que quiere representar la decadencia de la ciudad”, explica Rubén Ruiz, director de la Casa Nacional de Moneda.

Otras versiones señalan que es un presidente de Bolivia, mientras que algunos sostienen que se trata de un director de la Casa de Moneda. “Se han tejido varias historias con respecto a esta cara, pero se ha convertido en un símbolo de la Casa de Moneda y también de la ciudad de Potosí”, sostiene Ruiz. La construcción tiene cinco patios y unos 200 ambientes. Existen varias salas museográficas que muestran el trabajo de acuñación de monedas desde la época colonial hasta la republicana, cuadros de pintores potosinos y platería, entre otras joyas.

Historia en joyas

En las salas de cuadros resalta La Virgen del Cerro, de autor anónimo, pintado en el siglo XVIII, que muestra el Cerro Rico con un rostro de Virgen. En los detalles se aprecia la fusión del catolicismo con lo indígena, al estar el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo con el dios Inti (Sol), Killa (Luna) y la Pachamama (la Madre Tierra).

En este cuadro hay dos alegorías que cuentan la historia potosina. La primera se refiere la incursión de súbditos ordenada por el inca Wayna Qhapaq, lo que dio origen al nombre de Potosí. La segunda alegoría muestra la historia de Diego Huallpa y el descubrimiento de plata.

En estos ambientes hay cuadros del pintor Melchor Pérez de Holguín, que muestran su evolución artística, además de sus obras de sus seguidores, como Manuel de Córdova y Nicolás de Ecos.

Lo más importante de este recorrido es, sin duda, la visita a los espacios donde se acuñaron monedas. En cada ambiente hay monedas de plata de la Colonia española, además de máquinas de madera que servían para acuñar el mineral.

La Casa Nacional de Moneda dispuso también la creación de muñecos de cera para representar el trabajo que se llevaba a cabo durante las diferentes etapas de esta fábrica. En este lugar se acuñaron monedas que circularon no solo por España, sino en toda Europa, además de India y China. “Eran como el dólar en la actualidad, podían servir para cualquier transacción comercial”, asevera Ruiz.

Durante la visita se transcurre desde la época en que las máquinas eran como relojes de moneda que funcionaban con caballos; otras que trabajaban con vapor, traídas por el presidente Mariano Melgarejo; hasta las eléctricas, durante la presidencia de Ismael Montes.

“Si yo te hubiera de pagar, Sancho —respondió don Quijote—, conforme lo que merece la grandeza y calidad deste remedio, el tesoro de Venecia, las minas del Potosí fueran poco para pagarte; toma tú el tiento a lo que llevas mío, y pon el precio a cada azote”, señala una parte del Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, lo cual refleja la valía que tenía esta ciudad, esta Potosí de plata.

El atractivo k’alapurka

La gastronomía potosina forma parte de los principales atractivos del país. En sus calles llenas de historia también se encuentran aromas de platillos que encantan a los turistas por su incomparable sabor.

En la Villa Imperial, las avenidas Santa Cruz y Chayanta, cerca del Cementerio General, muestran lo mejor de la culinaria.

Vecinos del lugar cuentan que los domingos, después de visitar a sus familiares o amigos en el camposanto, lo infaltable es visitar alguno de estos restaurantes.

Uno de los más conocidos es el restaurante Doña Eugenia. De acuerdo con el guía de turismo Wilson Gutiérrez, Eugenia Rodríguez fue quien resaltó e hizo nuevamente conocida la K’alapurka.

En el restaurante Wayna Potosí, de Alcira Rodríguez, también se prepara una de las mejores k’alapurkas, acompañadas por su chicharrón, perejil, mote y llajua.

Según la tradición oral, desde los tiempos del incario, los originarios viajaban hacia los valles para intercambiar sal por otros alimentos. Para este emprendimiento, los caminantes llevaban comida precocida. Cuando llegaba la noche y se disponían a descansar, sacaban los ingredientes de su alimento, que generalmente eran charque de llama y harina de jank’akipa. En eso, hacían hervir una piedra en la fogata y la ponían en el plato para calentar la lawa.

Otras especialidades de estos restaurantes son el chicharrón, el fricasé y el chajchu potosino.

“El chajchu se hace con la espalda baja del chancho, con sus papas, sus chuñitos, su ajicito rociado encima y su cebolla picada blanca”, explica doña Alcira, una de las representantes de la culinaria potosina.

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