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El primer muro de occidente, construIdo en el año 112 por los romanos

El novelista y periodista de origen sirio Robin Yassin-Kassab, que reside cerca del muro, escribió recientemente un artículo en la revista The National en el que contaba la historia de la tumba de Regina, una esclava liberada que se casó con un mercader llamado Barathes que provenía de la ciudad siria de Hama.

La Razón (Edición Impresa) / Guillermo Altares, El País

00:00 / 20 de julio de 2014

Marguerite Yourcenar escribió Memorias de Adriano inspirada por una enigmática frase de Flaubert: “Los viejos dioses habían muerto y los nuevos no habían llegado todavía. Hubo un momento en que el hombre estuvo solo”. Durante ese periodo único en que la humanidad respondió solamente ante sí misma, el emperador Adriano (76-138 de nuestra era) tomó una decisión extraordinaria que iba a dejar una profunda huella en Occidente: ordenó la construcción de un muro para “separar a los bárbaros de los romanos”, como señala la Historia Augusta en la única referencia clásica a la primera frontera fortificada de Europa. Veinte siglos después, el Muro de Adriano sigue ahí y no ha hecho más que ganar fuerza en la imaginación. Esta edificación, que recorre de costa a costa el norte de Inglaterra a lo largo de 75 millas romanas (117,5 km) en medio de un paisaje muchas veces impactante, fue la inspiración de George Martin para la Muralla de Hielo que separa los Siete Reinos de las tierras salvajes en la serie  Juego de tronos y de uno de los grandes poemas de W. H. Auden, Roman wall blues: “El día en que sea un veterano tuerto / No haré otra cosa que mirar al cielo”. En la realidad (si es que Juego de tronos no es real) ha cobrado una nueva transcendencia con el referéndum de independencia de Escocia, previsto para el 18 de septiembre, pero también por el debate de la idea de un Occidente cada vez más acorazado frente a los que llegan de fuera. Es a la vez un monumento único, patrimonio de la humanidad de la Unesco, y un recordatorio del papel de la historia en el presente. “El muro sigue ocupando un lugar muy importante, en nuestra imaginación, en el arte, en la historia, pero también en la política”, explica la periodista de The Guardian Charlotte Higgins, autora del evocador ensayo Under another sky (Bajo otro cielo. Viajes por el Reino Unido romano; Jonathan Cape, 2013). “Siempre ha sido una metáfora muy poderosa para la identidad nacional, para los ingleses y para los escoceses”, afirma John Scott, uno de los responsables del organismo oficial que se ocupa de esta construcción, Hadrian’s Wall World Heritage Site. El parlamentario conservador por Cumbria —la región fronteriza con Escocia del norte de Inglaterra—, Rory Stewart —un político más bien peculiar, que recorrió caminando una parte importante de Afganistán tras la caída de los talibanes y que fue gobernador de una provincia de Irak tras la invasión de 2003— ha convocado una manifestación, el 19 de julio, en el muro para reivindicar la unión entre Inglaterra y Escocia. “Espero que 100.000 personas se acerquen ante este viejo símbolo: ingleses, galeses, irlandeses, juntando sus manos, uniendo sus brazos a través de la frontera”, dijo Stewart en febrero ante la Cámara de los Comunes.

Lo curioso es que el símbolo es mucho más poderoso que la realidad porque, como destaca el arqueólogo Tony Wilmott, “todo el muro transcurre en Inglaterra, no es la frontera en ningún momento”. “Este ruido político es irrelevante”, agrega este investigador que ha pasado toda su carrera trabajando en él. El profesor Ian Haynes, experto en fronteras romanas de la Universidad de Newcastle, agrega: “Los escoceses entonces estaban todavía en Irlanda.

No llegaron a Escocia hasta el siglo IV. Se utiliza el muro para hablar de identidades nacionales que entonces ni existían”. Wilmott y Haynes trabajan juntos estos días en la excavación de un templo romano en la costa oeste de Inglaterra, en Alauna (Maryport), no lejos de donde acaba la construcción. Los dos destacan una idea que comparten todos los investigadores que han estudiado la herencia romana en torno al muro: su multiculturalidad. Sin ir más lejos, en su yacimiento estaba destacada la I Cohorte Hispanorum, movilizada desde Hispania para la conquista de Britania.

En un recorrido a lo largo de esta muralla, John Scott resume su complejidad en el lugar más imprevisto y, en principio, menos atractivo de toda la visita: los alrededores de Newcastle. En medio de un paisaje urbano clásico de cualquier gran ciudad británica, con sus carnicerías halal, supermercados rumanos o paquistaníes, un templo hindú y una escuela pública en apenas unas manzanas, de repente emerge un trozo de esta barrera. Para este investigador es el símbolo máximo de lo que fue: un espacio que reunió a personas de todo el Imperio, arqueros de Hama, caballería de Batavia, gentes que venían de lo que hoy es Alemania, Argelia, Bélgica, Bulgaria, España, Rumania, Holanda, Marruecos, Siria, la antigua Yugoslavia… “Este es el mejor lugar para imaginar cómo era hace 2.000 años: aquí podían escucharse decenas de lenguas y olerse decenas de comidas diferentes, justo como ahora”, explica Scott.

El novelista y periodista de origen sirio Robin Yassin-Kassab, que reside cerca del muro, escribió recientemente un artículo en la revista The National en el que contaba la historia de la tumba de Regina, una esclava liberada que se casó con un mercader llamado Barathes que provenía de la ciudad siria de Hama. Llegó a Britania junto a un destacamento de 500 arqueros. La inscripción, escrita en latín y en arameo, reza: “Regina, la liberta de Barathes”. “Era un romance multicultural que precedía en 1.800 años al de mis padres”, escribe Yassin-Kassab. “El multiculturalismo británico no es tan reciente como algunos mantienen. En Newcastle y South Shields, las mezquitas coexisten con las iglesias, el inglés con el bengalí y el urdú, al igual que el celta compartía el mismo espacio que el latín, el alemán o el arameo”. Sin embargo, esa imagen de cruce de culturas, incompatible en teoría con la propia idea de barrera, no es la que ha dejado esta construcción romana detrás. “Es utilizado constantemente por nacionalistas escoceses e ingleses, muchas veces para reflejar los problemas que provocaría la ruptura”, explica Richard Hingley, profesor de Arqueología en la Universidad de Durham y experto en la huella romana en el norte de Inglaterra. “Esto se remonta a una vieja tradición histórica de reconstruir el muro en términos conceptuales cuando las relaciones entre Sur y Norte no son buenas”.

Tras cuatrocientos años de investigación arqueológica, después de un largo periodo en el que las piedras romanas fueron utilizadas a lo largo de los siglos para construir castillos, iglesias o granjas, existe una pregunta fundamental sobre él que todavía no tiene una respuesta única: ¿Por qué se construyó? ¿Para que servía esa inmensa muralla? Charlotte Higgins lo compara con la puerta en mitad de la nada que pintó Magritte: es una frontera claramente artificial, que no se apoya en las barreras físicas que marcaban otros límites del imperio, como el Rin en el caso de Germania o el Sáhara en el norte de África. El investigador Anthony Everitt explica en su biografía del emperador, Hadrian and the triumph of Rome (Random House, 2009), que Adriano tomó dos decisiones cruciales para el futuro del Imperio: en el terreno cultural se volcó en su herencia helenística, y en lo político estableció por primera vez sus fronteras. Frente al concepto de que Roma podía seguir avanzando eternamente, recuperó la vieja idea de Augusto, el primer emperador, de que había que mantener las conquistas, no ampliarlas hasta el infinito, porque entonces el Imperio sería imposible de gestionar.

Esa inmensa construcción en medio de la nada forma parte de aquellos nuevos límites que estableció este hombre, culto y viajero, que fue proclamado emperador a los 41 años, tras la muerte de Trajano. La tarea que se impuso Adriano era impresionante porque las fronteras romanas están presentes en la actualidad en 16 países desde el norte y el este de Europa hasta Oriente Próximo y el Magreb, desde el Sáhara hasta Alemania. Como ocurre en el cuento Los siete mensajeros, de Dino Buzzati —el escritor europeo que mejor ha evocado lo que significan las fronteras—, Adriano se dio cuenta de que llegaría un momento en que el Imperio iba a ser tan grande que no tendría sentido gobernarlo.

El Muro de Adriano fue construido desde el año 112 por tres legiones (la II Augusta, la VI Victrix y la XX Valeria Victrix, unos 7.000 hombres en total) y era una estructura mucho más imponente que una simple muralla. El trabajo principal se terminó en solo seis años, aunque hasta el 136 o el 137 no estuvo totalmente completado (a diferencia de la Gran Muralla china, que tardó siglos en ser acabada). A cada milla romana se erigió un pequeño fuerte —en total hay 79— y entre cada fuerte había dos torres de vigilancia (158 en total), que servían sobre todo como forma de comunicación. Un foso discurría por delante, pero, curiosamente, otro foso más profundo defendía el muro por detrás. La altura estaba en torno a los cuatro metros, aunque en algunos casos aprovechaba el relieve. En el norte, el territorio de los bárbaros, había 76 puntos de acceso. En el sur, el territorio en teoría controlado por Roma, había 15 puertas que permitían cruzar el foso. En medio, un espacio militar que John Scott, del Hadrian Wall Trust, compara con la Zona Verde de Bagdad durante la ocupación: en vez de McDonald’s, disfrutaban de termas y otras comodidades porque era una recreación de Roma a pequeña escala. Actualmente se conservan grandes partes del muro y los dos fosos, que han marcado el paisaje para siempre.

Símbolo  más que barrera

“Fue construido para mostrarse imponente, pero no para mantener a los bárbaros fuera. De hecho solo una parte estaba construida de piedra. Había muchos tramos hechos con turba”, explica la latinista Mary Beard, directora del departamento de estudios clásicos de la Universidad de Cambridge y una de las más conocidas divulgadoras del mundo romano –La herencia viva de los clásicos (Crítica, 2013) es su último libro publicado en España–. “Creo que era sobre todo un símbolo del poder romano, no creo que sea el tipo de barrera que vemos en el mundo moderno”, prosigue. Philip Parker, autor de una exhaustiva y apasionante mezcla de ensayo y libro de viajes sobre las fronteras de Roma, The Empire stops here (El Imperio termina aquí; Pimlico, 2010), se pronuncia en el mismo sentido: “Nunca fue una barrera que pudiese ser defendida ante un ataque concreto: no era lo suficientemente ancho y muchas guarniciones estaban bastante lejos del muro. Seguramente, fue una barrera comercial, una forma de controlar el acceso y de marcar el área bajo el control de Roma”.

Andrew Birley es director de excavaciones de Vindolanda, uno de los campamentos más famosos tras el muro.

“Representa una lección para el mundo, es un monumento espectacular, pero a la vez la historia de un fracaso. El Muro de Adriano nos dice que la ocupación militar nunca es una solución, que no se puede imponer una ideología solo con la fuerza”. En la frase más famosa de Memorias de Adriano, el anciano emperador afirma:

“El muro fue una barrera comercial en la que aquellos que querían viajar al norte o al sur debían pagar impuestos y peajes”, explica por su parte Alistair Moffat, autor de The Wall. Rome’s greatest frontier (Birlinn, 2009). “Fue construido para marcar el límite de las conquistas y nos dice que Roma se estaba convirtiendo en un Estado maduro, consciente de hasta dónde podía abarcar”.

El medio era el mensaje: construir en pocos años una estructura tan imponente sin importar los obstáculos que se presentasen por el camino era un claro mensaje para los pueblos que vivían allí. Su utilidad militar es dudosa porque, entre otras cosas, los romanos no esperaban en una muralla a ser atacados, sino que salían a campo abierto para enfrentarse a sus enemigos. Lo que explicaría también que hubiese tantas puertas hacia el norte y tan pocas para entrar desde el sur: lo importante era poder desplegar las legiones fuera rápidamente. Pero todos estos hechos arqueológicos son mucho menos poderosos que la propia imagen de un muro cortando el paisaje, que la idea de una barrera que deja fuera a unos pueblos e incluye en sus límites a otros.

La galería dedicada al muro en el Museo Tullie House de Carlisle, una tranquila ciudad situada en el extremo occidental de la barrera que durante muchos años padeció los enfrentamientos entre ingleses y escoceses ya que está situada a pocos kilómetros de la frontera, muestra una pared que recrea todas las vallas del mundo contemporáneo, desde Belfast hasta la frontera entre México y Estados Unidos o Melilla. Con sus fosos, sus torres de vigilancia, sus fortines, incluso con una carretera que recorría el muro para permitir el aprovisionamiento rápido de las tropas —como ocurre, por ejemplo, con muchas barreras israelíes en Cisjordania—, a veces uno tiene la sensación de que solo faltan las alarmas, las cámaras de seguridad y las concertinas. Pero es una visión contemporánea porque, una vez que se pagaba, el muro podía cruzarse sin problemas. Cada año recibe un total de un millón de visitantes, 11.000 de los cuales lo recorren andando de costa a costa en una ruta inaugurada en 2003 y perfectamente señalizada, que se ha convertido en una especie de peregrinación a la historia.  

“He llegado a la edad en que la vida para todo hombre es una derrota aceptada”, dijo Adriano. Las ruinas del muro, en medio del arisco paisaje del norte de Inglaterra, son quizá la crónica de esa derrota, pero también de la fuerza de una idea que todavía marca nuestro mundo: hasta aquí llegamos nosotros, a partir de aquí empiezan ellos.

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