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Los punks de Madrid

El Papirri se fue a un congreso de gestores de la cultura, allí hizo buenas migas y terminó involucrado en una ruda celebración punk.

Punks. Foto: Internet

Punks. Foto: Internet

La Razón (Edición Impresa) / El papirri

00:00 / 24 de mayo de 2015

Por fin se acabó un Encuentro de trabajadores de la cultura en Madrid. Ponencias, protocolos, prejuicios, discursos, grupículos, vivas a la Iberoamérica que no sé si existe. Era agosto del año 2000 y estaba feliz. Mi habitación del lujoso hotel Trip Fénix rebalsaba de luz, Sabina me cantaba Yo me bajo en Atocha, la Plaza del Colón devastaba con su fuente en aquel verano afectuoso. El único amigo gestado en esta semana española fue Rafael, un mulato dominicano cin- cuentón encantador, metro y medio de altura, poeta, brujo antillano, asesor de políticos, que en pleno Congreso tarareaba como si nada melodías yorubas. Y me propuso: “Boliviano, ya cumplimos, vamos a despedirnos con unas tablas y mucha sangría en Plaza Mayor que mañana no nos vemos más”.

Previamente, unos chops en el Paseo de la Recoleta recordando a carcajadas que una noche de esas a Rafael se le ocurrió hacerse pis en plena Cibeles. Ya en Plaza Mayor, se volvió actor relatando anécdotas en caribe a un público internacional apostado en las demás mesitas, diciendo a los gritos que en nuestro hotel de seis estrellas prendías la tele y aparecían unas pornos increíbles: “Cómo es posible esto, coño, en la madre patria, semejante agresión”, ironizaba.

A nuestro frente se peleaban a los gritos un tragafuegos punk con un guitarrista chileno por hacer su show callejero. De pronto asoma una de esas tunas donde unos señores vestidos con calzas le cantan con guitarras y mandolinas al renacimiento. Rafael me acarrea, se pone al medio, canta todas las canciones, “parece que a Bolivia no llegó el cancionero”, dice, mientras se va cantando con la tropa de calzonazos.

Me doy cuenta de que ya es de noche, los caballos con policías encima merodean, las gentes se recogen, y yo con ganas de seguirla, pues mañana tempranito dejo Madrid. En ese momento se  acerca aquel punk, —“hola majo”— y lanza una bocanada de fuego… —“me das unas monedas”—, dice en un lamentable español. Le doy unas pesetas… -“¿dónde vas, tío, no quieres tomar un cubeta?”-. -“Yap’s”-, le digo. Tenía el pelo verde puntiagudo, una chamarra de cuero con tajos diversos, flaco como una escoba, tufo a satanaces, botillas de no sacar, cadenas de inodoro le colgaban, una fila de aretes brillaban en labios y lengua, bigotes achicharronados parlaban un idioma arduo de apreciar. Entramos a un Seven Eleven de esos que no duermen, compramos con las pesetas aquellas un ron XX e ingresamos a una especie de sótano de una casa medieval.

Parecía un fiestón de disfraces, mucho humo, baile rap, el cuate me presenta como un amigo colombiano, una doña al estilo Almodóvar me pregunta si no traía algo, le doy el ron XX, me sienta a su lado y con cierta ternura me va haciendo un peinadito con cresta levantada con mus sospechoso. Me dibuja ojeras, -“es que quiero que estés en honda, chico”-; yo mismo me pongo las medias encima del pantalón, en la euforia del baile otro punk se saca su polera, pide la mía cuyo diseño era un Illimani, me pongo la suya llena de manchas y con un olor a condenaciones. Ya en confianza veo que hay una guitarra destartalada, la afino y no sé  por qué le casco el Choros N° 1 de Villalobos. Se quedan estupefactos, -“joder, éste sabe tocar”-, empieza un mini show que incluye la Bamba, el Humahuaqueño, en lo mejor de mi repertorio entra uno sangrando con la cabeza rota, -“¡que lo pillaron, coño!”- y le empiezan a curar la herida con aquel ron XX. Al sentir el grito de dolor veo el reloj, ya eran las 4 a.m. Mientras los punks hacen de enfermeros me escabullo, salgo a la calle, varios taxis se pasan, uno me sube y me mira raro cuando le digo al hotel Trip Fénix, tenía justas las monedas para pagarle.

Ya en el hotel el joven con frac y sombrero largo, en la puerta, no me deja entrar. Le explico que soy parte del Congreso, me dice en catalán que no lo joda, insisto, llama a seguridad. Dos gorilas vienen a echarme, llaman desde su radio a la Policía, en ese preciso instante aparece milagrosamente Rafael tarareando sus canciones del renacimiento. Da un grito al verme, —“coño, boliviano qué te hiciste”—, —“es que fui a una fiesta de disfraces”—, le digo. Negocia bien, logra hacerme pasar, el recepcionista no lo puede creer. Subimos todos a mi habitación, entro al baño y frente al espejo casi me desmayo al reparar el punk madrileño en que me habían transformado. Me limpio rapidito, con Rafael y los gorilas damos fin con el frigobar. Luego, debo decidir: compré 50 CD’s y me regalaron 40 libros, no entran en mi única maleta. Empiezo a regalarles mi ropa, un par de sacos Almanza para el gorila, pantalones para el otro, mientras Rafael se despanza diciendo —“¡qué reguero es esto!”—. A la media hora viene el auto oficial que nos lleva a Barajas, en el camino aprendo las cancioncitas del renacimiento, mientras abrazo por última vez a mi amigo brujo antillano.

Algunas noches, mientras las laderas se apagan, escucho Yo me bajo en Atocha y me pongo aquella polera de los punks de Madrid.

(*) El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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