Escape

Un recorrido con El Choco, el guía del Pico Austria

El cerro de 5.390 msnm es un reto para quienes gustan de las caminatas, y es más agradable cuando un perro alegra la incursión.

Cinco jóvenes que llegaron a la cima inmortalizan su hazaña con una imagen. Foto: Gloria Patty, Roger Paxi, Marco Fernández R.

Cinco jóvenes que llegaron a la cima inmortalizan su hazaña con una imagen. Foto: Gloria Patty, Roger Paxi, Marco Fernández R.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández R. / La Paz

00:00 / 02 de julio de 2017

Es un desafío llegar a la cima de cualquier nevado y más aún cuando no se llevan los implementos necesarios para caminar por entre piedras filosas y hielo. Pero ello tiene sin cuidado al perro mestizo negro que prácticamente se ha dedicado a ser un guía en el ascenso al Pico Austria, ubicado en un rincón del municipio paceño de Batallas.

El Club de Ski y Andinismo K-Oz es una agrupación de jóvenes paceños y alteños que dedica los fines de semana y feriados a subir nevados, escalar y hacer caminatas. Hace poco ascendieron a lo más alto del nevado Charquini, a 5.390 metros sobre el nivel del mar (msnm) y ahora toca el Pico Austria (5.340 msnm), desde donde se puede observar la Cordillera Real.

Choco posa en la ribera de Ch’iar Qhuta, antes de emprender el sendero de subida a lo más alto del Pico Austria.

El punto de encuentro es la parada de la Línea Roja del teleférico en la urbe alteña, donde a las 07.30 existen otros grupos que también se alistan para ir a Chacaltaya, Huayna Potosí o a algún nevado cercano. Hay dos accesos para ascender al cerro: uno es a través de Patamanta, a 40 kilómetros de La Paz, por la carretera asfaltada hacia Copacabana.

La otra opción es seguir 6 kilómetros hasta Palcoco, desde donde existen 25 kilómetros de camino de tierra hasta el campo base, un descampado con un poco de pasto seco, mucha paja y pequeñas construcciones de adobe a lo lejos. De ahí sale corriendo Juanito, un niño de menos de siete años, con un buzo polvoriento, chompa gruesa y con los codos gastados. Timorato con la gente que ha llegado a sus tierras, se sienta en un montón de piedras, en espera de que lo saluden y le inviten comida.

Durante la subida es obligatorio quedarse quieto para tener una buena imagen del Tuni Condoriri.

Al igual que el menor, de uno de esos recovecos sale corriendo un perro mestizo completamente negro, que con la lengua salida pareciera sonreír. Se deja acariciar con cada uno de los que compone la delegación, aunque siempre olfateando para saber qué hay en las mochilas, meneando la cola como señal de recibimiento.

Antes de subir al pico es menester sacarse una foto del recuerdo, en la que, obviamente, no puede faltar el can, al que los visitantes bautizan Choco. El animal se queda con ese nombre o con cualquier otro, al final de cuentas, igual va a conseguir alimentos.

La comitiva de K-Oz, junto con Choco, antes de comenzar la excursión.

La caminata es hacia el norte, donde aparece el Tuni Condoriri, una formación rocosa cubierta de hielo con forma de un cóndor enorme con las alas extendidas, adonde se llega cruzando bofedales y riachuelos que dan vida a la altiplanicie. Para quienes se inician en estas caminatas, a más de 4.000 msnm, se trata de una actividad agobiante por la falta de oxígeno y el cansancio en las piernas. Son sensaciones que Choco no las entiende ni las siente, pues, como si fuera el coordinador, va por delante y detrás de la comitiva. La senda llega hasta Ch’iar Qhuta (del aymara, Laguna Negra), que sirve para descansar  y contemplar por última vez el Condoriri, antes de desviar el camino a la izquierda, donde espera el Pico Austria.

El camino es complicado por la pendiente del sendero. A veces es mejor no mirar arriba para no desanimarse, mientras que Choco corre como si estuviera empezando el día. A veces está con los que lideran el trekking, mientras que en unos minutos acompaña a los últimos. El momento más esperado para el can es cuando el grupo descansa para almorzar. Un pedazo de pollo, un asado o pan... todo sirve para que el guía de cuatro patas esté contento. Pero su trabajo no termina ahí, pues continúa subiendo el terreno agreste que todavía no tiene nieve.

Bofedales y riachuelos acompañan el paseo por la Cordillera Real.

El sendero parece no tener conclusión, hasta que aparece algo como si fuera la cúspide. No obstante, al llegar a ese lugar, los viajeros descubren que es el 70% del cerro, que falta un trecho aún más empinado, media hora interminable. La caminata zigzagueante hace penosa la aventura, lo que genera la pregunta del porqué encontrarse allí si se puede estar cómodo en una habitación. Al alzar la vista, Choco mira con la lengua afuera y mirada vivaz, como si diera ánimos para llegar a lo más alto del Pico Austria, donde hay un panorama solemne de la cordillera y donde el perro negro es el guía más querido.

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