Escape

El panzazo de Irpavi

En 1983, Juan Griffiths tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia en aquel barrio paceño.

La Razón (Edición Impresa) / Daniela Mendoza

00:00 / 18 de abril de 2016

El excoronel de la Fuerza Aérea Boliviana (FAB), Juan Jhonny Griffiths, jamás imaginó que su actual residencia quedaría tan próxima al playón donde en 1983 protagonizó lo que los periódicos de la época denominaron “un panzazo histórico”. Fue el 29 de octubre de ese año, cuando los vecinos de Irpavi y Bolognia presenciaron cómo el hábil piloto realizó un aterrizaje exitoso con dos motores en llamas y tres tripulantes más a bordo. Como extractado de un guion al estilo de Hollywood.

Las crónicas de la época señalan a las 07.30 como el inicio de una agitada jornada en la hacienda El Salvador, del departamento del Beni. Griffiths había bebido el café que habitualmente lo relajaba antes de un despegue y, después de fumar un cigarrillo y elevar una oración a Dios, todo estaba listo para levantar vuelo.

No era la primera vez que realizaba el recorrido ni tampoco su debut en el bimotor Curtiss C 46, con matrícula Charlie Papa 916, (avión que originalmente fue utilizado para transporte civil durante la Segunda Guerra Mundial). A este hombre se le había hecho un hábito el transporte de carne recién faenada hacia La Paz.

Y aunque en esta oportunidad llevaba consigo más de cinco toneladas, todo parecía caber dentro de lo normal. A bordo lo acompañaban el copiloto, el dueño de la encomienda y un tripulante más. Tras algo más de media hora de vuelo, la aeronave surcó la Cordillera de los Andes y se aprestaba a sobrevolar El Alto para su aterrizaje. Pero de repente se escuchó una fuerte explosión en el motor derecho del bimotor Curtiss.

“Tenemos fuego”, informó el copiloto, mientras el capitán chequeaba los instrumentos. “Embanderá el motor”, ordenó Griffiths. Dicha maniobra consiste en detener las aspas y cortar la transmisión de aceite y gasolina, evitando así que el fuego se propague. No cabía duda. Uno de los motores se estaba incendiando.

Entonces la cabina se llenó rápidamente de humo, obstruyendo la visibilidad y dificultando la respiración. Así, aterrizar en la pista del entonces llamado aeropuerto John F. Kennedy ya no era una opción. “Hasta eso ya nos habíamos metido al hueco”, recuerda Griffiths.

El reloj marcaba las 09.15 y el coronel tenía poco tiempo para pensar en un nuevo lugar donde intentar el descenso. Los pasajeros perdían la calma, pero el piloto no. Él intuía que aquél no sería el último día de sus vidas. “Sabía que estaba en manos de Dios, que no podía morir”, recuerda hoy.

En pocos minutos, el avión ingresó a la urbe paceña sobrevolando el bosque de Pura Pura. Entonces Griffiths pensó que necesitaba liberar la carga antes de decidir dónde aterrizar, aunque también imaginaba, en cuestión de segundos, que deshacerse de 5.500 kilos de carne a más de 10.000 pies de altura implicaba un riesgo para los habitantes de la ciudad.

Fue así que decidió sobrevolar el río Choqueyapu y pedirles a los tripulantes que lanzaran la carga intentando que ésta cayera próxima a sus orillas. Los tripulantes se apresuraron a cumplir la orden del piloto. Fue así que centenares de piezas de carne beniana de exportación empezaron a “llover” sobre la ciudad de La Paz ante la sorpresa de los transeúntes.

Alivianado, el Curtiss C 46 sobrevoló el centro, las zonas de Obrajes, Següencoma y Calacoto, perdiendo altura y con el piloto maniobrando para no chocar con los cables de tendido eléctrico que cruzan sus calles y avenidas. “Sobrepasamos el Colegio Militar del Ejército a muy poca altura, casi rozándolo”, cuenta Griffiths, sin dejar de calificar a la táctica como “normal”. Finalmente el avión llegó al río de Irpavi y aterrizó sobre un cúmulo de piedras. Pese al gran susto, los tripulantes llegaron a tocar tierra. “Abandonen la aeronave”, fue lo primero que el excoronel atinó a decir. Uno de los tanques de combustible explotó, pero el auxilio ya había llegado. Oficiales del Ejército transportaron a los tripulantes al Colegio Militar para brindarles atención prehospitalaria.

Los rostros de las personas que iban a bordo del accidentado avión estaban totalmente negros por el humo, tenían dificultades para respirar y, sin embargo, no dejaban de agradecer el haber aterrizado vivos. Lo paradójico fue que Griffiths, su esposa Mary y sus tres pequeños se habían mudado a ese barrio hacía algunos meses. Al momento del “panzazo”, sus hijos se hallaban en la escuela y su esposa aún se encontraba en pijama. Ella presenció el aterrizaje forzoso, pero jamás imaginó que se trataba de su marido. “Estaba volando nuevamente a la semana y media”, rememora Mary. “Jamás se atrevieron a pedirme que deje de volar”, complementa el esposo. Este excoronel revive lo ocurrido cuando habla de aviación. Aún conserva sus viejas bitácoras de vuelo, esas en las que con puño y letra se escribían tiempos de vuelo, rutas y tripulantes. No había sido casualidad que Griffiths se convirtiera en piloto. Desde muy pequeño, las ansias por “tocar” el cielo y “sentirse más cerca de Dios” lo acompañaron. Nunca pensó en dedicarse a otra cosa e incluso cambió la carrera de piloto militar por la de piloto civil, para continuar con su sueño. “Cuando llegué a coronel me tocaba trabajo de escritorio, no era para mí”, cuenta.

¿Aún conserva algún traje? Enseguida la señora Mary enseña su overol militar, aquel que el Gobierno estadounidense solía otorgar a los pilotos bolivianos. Y también aparece una reliquia: un viejo gorro de aviador, hecho en cuero y en perfecto estado. Entonces la mirada de Griffiths se desvía y su rostro hasta ahora inmutable cambia. Hace mucho que no se coloca el uniforme y esta vez lo vuelve a hacer. Aún le queda bien, pero falta un detalle: los lentes de piloto que fueron popularizados por la marca Ray Ban. Una vez puestos, los vidrios arredondeados y oscuros parecen ser el accesorio perfecto para disimular la emoción en los ojos del militar. No es para menos, si se toma en cuenta que pasó más de 20.000 horas de sus 80 años de vida en vuelo.

Suman decenas los reconocimientos que le dio la profesión, tanto de la aeronáutica militar como de la civil. Pero ninguno se iguala a la alegría que le provocó obtener la licencia para volar. Griffiths continuó piloteando mucho más tiempo del que normalmente lo hace un aviador en Bolivia, y decidió retirarse cuando nuevamente una falla en el motor de un avión que tripulaba ocasionó un accidente. La nave se partió en tres cobrándose la vida de una persona en 1995.

Hoy el excoronel continúa en la casa cercana al playón de Irpavi. Ya no fuma, reemplazó los cigarrillos regulares por los electrónicos. Ya han pasado 30 años de aquel infortunio con suerte. Griffiths, desde su ventana, aún sitúa el lugar del legendario panzazo.

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