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Confidencias del ‘Pato Lucas’: Doctor locutor, querido y reilón

Además de ejercer en el rubro de la medicina, ‘Pato Lucas’ producía radionovelas. Su último proyecto es un video de sátira política.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández

00:00 / 01 de febrero de 2016

Y  a todo esto, ¿de qué se trata este espacio? Quién sabe es algo digno de ser escuchado, o tal vez solo se trate de… Confidencias de Panamericana”. Con voz elocuente, seria y al mismo tiempo agradable, con una ironía incomparable, Luis Palacios —más conocido como Pato Lucas— presentaba el programa radial que se emite todos los sábados a las 14.00, con su repetición los domingos a las 10.00. Junto con el director René Rosquellas (Roque), Agustín Mendieta (Cacho), Luis Sempértegui (Luigi) y Denisse Mendieta (Denisse) formó parte del exitoso espacio de humor político, hasta aquel fatídico sábado 16 de enero, cuando se informó sobre la suspensión de la emisión debido a que había fallecido una jornada antes.

“Era el tipo más dicharachero y reilón. Su carcajada se escuchaba en toda la radio”. “Le dio un estilo muy especial al programa, inimitable, con una calidad incuestionable. Ha sido un hombre incomparable, una bendición como amigo”. “Creo que nunca voy a conocer a alguien tan feliz como mi papá”. Éstos son algunos comentarios de quienes lo conocieron de cerca, que en esta ocasión ayudaron a armar el perfil del conocido Pato Lucas de Confidencias.

Juan Luis Antonio Palacios Sarabia nació el 12 de junio de 1948 en Potosí. Huérfano de padre desde muy pequeño, vivió toda su infancia junto con su madre Luisa, su tío Augusto y su hermana Rosa. En esos tiempos era conocido como el más “educadito”, pues cuando sus primos no se hacían problema en ensuciarse al jugar a las canicas, él remangaba su pantalón antes de participar en el pasatiempo. Pero esta característica no amilanaba su espíritu travieso, como cuando se metió a una fuente con agua con sus útiles escolares para no tener que entregar su carpeta.

En aquella época, una de las abuelas de Luis reconoció una peculiaridad que se iba a mantener toda su vida, cuando le dijo que era una sunch’u luminaria (del quechua, estrella fugaz), debido a que cuando le interesaba algo se apasionaba, pero después de un tiempo se le pasaba y buscaba otra afición. “Así era mi papá, hacía mil cosas”, recuerda Pablo, el hijo menor del Pato Lucas. Barcos en miniatura y una máquina artesanal para empastar libros son algunos recuerdos de sus cariños efímeros.

Luego de haber estudiado primaria en la Villa Imperial, su familia lo llevó a Sucre, donde pasó su adolescencia en un internado, lo que influyó para que quisiera ser sacerdote. Pero la idea se esfumó, como tantas veces, igual que una estrella fugaz.

“Creo que por escaparse de las Matemáticas”, responde Pablo ante la consulta del porqué Luis se inscribió a la carrera de Medicina de la Universidad Mayor de San Francisco Xavier, aunque aclara que no es que fuese malo, sino que las odiaba.

Cuando culminó sus estudios universitarios, Luis —como shunch’u luminaria que era— decidió hacer su año de provincia en una región alejada de su natal Potosí o de la Sucre inolvidable, por lo que tomó sus pocas pertenencias, se transportó por camión y luego a caballo para arribar a la región del Isoso, al sur del departamento de Santa Cruz. “Creo que fue una de las etapas que más disfrutó, porque dos de cada tres historias que nos contaba eran de ahí”, rememora Pablo, quien en cada momento se queda por un rato mirando al vacío y hace una pausa en cada pasaje de su relato, como para evocar los momentos que pasó junto a su progenitor.

Después de dos años de residencia, Luis decidió emprender nuevos retos, así es que a finales de los años 70 viajó a La Paz, donde trabajó como médico en el entonces Servicio Nacional de Caminos (SNC) y en el Sindicato de Trabajadores de la Prensa de La Paz.

Otra tendencia que no cambió en su intensa vida fue su cariño por la música, que lo llevó a formar parte de varias agrupaciones, como la Sociedad Coral Boliviana. Fue en estos escenarios donde conoció a Ximena Medinacelli, con quien enamoró y se casó después de un tiempo.

Para mejorar las condiciones de vida de su familia, Luis trabajó en Palos Blancos, Yungas, y pasó un curso de especialización en Alemania, pero al final se estableció en La Paz, donde maduró su afición por la locución radial, que había empezado en radio Loyola de Sucre y que continuó en Fides, para luego recalar en Confidencias de Panamericana, en 1990, recuerda Rosquellas, creador y director de este espacio. “Era el contraste, el hombre serio, el parsimonioso, quien marcaba la diferencia con el resto del equipo en cuanto a la expresión”, detalla el radiofonista. “Era muy diestro en la interpretación locucional, era muy versado al respecto, con muy buena labia, muy buena expresión, tenía buenos conceptos porque leía mucho, eso le ayudaba a modular su graciosa, interesante y profesional voz de locutor”, complementa Cacho Mendieta, otro de los emblemas del espacio de sátira. Para ese tiempo, Luis era más conocido como Pato Lucas, por su manera peculiar de caminar. Pablo dice que le endosaron ese sobrenombre cuando fue a un nevado y se veían sus pasos de palmípedo. Pero, además de su singularidad en la locución, que los oyentes podían disfrutar los fines de semana, sus amigos y familiares lo rememoran como un gran amigo y, sobre todo, una excelente persona.

“Era muy interesante, bueno, siempre estaba riendo y haciendo reír a todos. Le gustaba reírse de él, lo que denota su calidad y madurez. Como amigo estaba siempre dispuesto a ayudar en cualquier momento”, evoca Roque, con quien el Pato Lucas compartía la afición por el ráquetbol los fines de semana y el ajedrez. “Nos conjuncionamos en un grupo muy familiar, creo que ni los hermanos se tratan como nosotros. Había una amistad sincera, que será algo imperecedero”, resume Cacho sobre su colega y amigo.

Pato Lucas era severo en la puntualidad. “Le teníamos que decir que llegara un poco más tarde, porque era muy puntual”, revela Pablo. Esa peculiaridad activó la preocupación cuando no llamó por teléfono ni llegó a las grabaciones de Confidencias del viernes 15 de enero. Tal vez se iría de viaje, tal vez estaba con una de sus aficiones, intentaban explicar sobre su ausencia. “A nuestros oyentes en el país y el mundo. Hoy, el programa Confidencias no será emitido. La razón, el duelo y pesar que aqueja a toda la familia de Panamericana por el lamentable fallecimiento de nuestro compañero y amigo, actor del programa, Luis Palacios Sarabia”, se informó a las 14.00 del sábado 16.

Pero en contraposición con su alma de sunch’u luminaria, su vida y su voz no son efímeros, sino que se mantienen en los recuerdos de los amigos y familiares, y en la presentación del programa, que retornó el sábado 23, con su habitual: “Confidencias de Panamericana”.

Humor político desde 1982

Cuando a René Rosquellas le ofrecieron dirigir un programa de una hora, de lunes a viernes, en radio Panamericana —a mediados de 1982—, se le ocurrió brindar a los oyentes un espacio de “glosas y reflexiones intercaladas con música”. No obstante, con el transcurso de los meses salieron anécdotas, tomaduras de pelo y algunas bromas, que de a poco se hicieron habituales y ganaron la aceptación del público, con un resumen que se emitía los domingos, para después hacerse una agradable costumbre de los fines de semana. “De esa manera salió un programa que se llamó Lo mejor de Confidencias, porque el programa de lunes a viernes era Confidencias”, rememora Roque, creador, director y guionista del espacio radial.

De la primera etapa recuerda a Wálter Vásquez, Jaime Rivero, Cristina Corrales, Gabriel Barrios, Juan José Espada y Raúl Gil Valdez (Rulo Vali), entre muchos otros radialistas que fortalecieron Confidencias, hasta la actualidad.

Con Pochocha y Floripondio, Salustio y Cleómedes, Pilarica y Tecla, y el Informativo del 2050, Confidencias se ha convertido en una tradición para quienes quieren reír del quehacer político.

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