Escape

Como reptil por el Umajalanta

‘¿No tienen claustrofobia?’, nos preguntaron en Toro Toro. “No”, mentimos.

Escape 600. Foto: La Razón.

Escape 600. Foto: La Razón.

La Razón (Edición impresa) / Jorge Quispe

00:00 / 11 de noviembre de 2012

Cuando el guardaparque Erick Terán nos preguntó: “No son claustrofóbicos, ¿verdad?”, no me quedó otra que decir “no”. Para ese entonces ya tenía puesto el casco de protección con la linterna frontal y estaba en las puertas de la cueva más grande de Bolivia: el Umajalanta, de 4.600 m de longitud y 164 m de desnivel, en el Parque Nacional de Toro Toro de Potosí.

En enero de 2009 ingresamos a la caverna donde el agua se pierde en la profundidad: Umajalanta, en quechua.

Cuando los desafíos se presentan así, de manera espontánea, el espíritu explorador de los periodistas gana la pulseta a las limitaciones y por eso no dudamos, junto al reportero gráfico Víctor Gutiérrez, en ingresar a la famosa caverna potosina.

Allí, el oxígeno escasea y el silencio sólo se rompe con el bramar del río que atraviesa la cueva en el descenso desde los 2.850 m sobre el nivel del mar hasta los 2.688 m.  En medio de las rocas resbaladizas, entramos a ese mundo de tinieblas donde sobresalen unas agujas de 60 millones de años: estalactitas en el techo y estalagmitas en el piso, en algunos casos con formas caprichosas como las de La Virgen y su hijo, la Sala de conciertos, la Copa de champán, el Sauce llorón y el Árbol de Navidad.  

A medida que se entra, el camino se pierde entre rocas húmedas, hasta que alguien alerta: “¡Silencio, ésta es la sala de los murciélagos!”. En el piso, un montón de guano ratifica lo dicho. Arriba, esos pequeños vampiros revolotean ante la presencia de los turistas, pero no hacen daño. Las cuevas son más angostas cuando el recorrido llega a las dos horas y media. Hay que ingresar como un reptil y cruzar agachado otro hueco. El sonido del río es intenso y un pequeño lago se alimenta de una cascada. En sus aguas viven unos peces milenarios. Su nombre científico es Trichomycterus chaberti, miden unos diez centímetros de largo, color blanco y ciegos.   

Al salir, luego de tres horas de descensos y ascensos, recuperamos el aliento. El guardaparque Terán, en cambio, tranquilo, iba a volver a entrar.

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