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Cripta de Chijipata

En el sureste de la hoyada quedan en pie los restos de una torre funeraria de la época de los reinos aymaras que habitaban el lugar.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

00:00 / 28 de marzo de 2016

Antaño, por el verde paraje de Chijipata, fluían los ríos más cristalinos hacia la cuenca de Achumani. El sitio estaba habitado, como otras tantas comunidades que vivían a los pies de la deidad tutelar del Illimani, desde el año 700 a. C. bajo una organización social que garantizaba la sobrevivencia gracias al cultivo de vegetales y la crianza de animales. Chijipata era un punto más de parada entre las diversas aldeas prehispánicas conectadas por sus interminables caminos. Y es que estudios han determinado que el territorio de la actual ciudad de La Paz fue ocupado por tiwanakotas, aymaras e incas, en ese orden, en diversos periodos previos a la conquista española. Los trabajos de uno de los expertos en la materia, el arqueólogo Max Portugal, hablan de ello.

“Este era un nicho ecológico y los tiwanakotas mandaban a su gente para el cultivo de maíz, la crianza de camélidos y la explotación de oro”, explica por su lado la historiadora y catedrática de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), Mary Money. Una vez que cayó el imperio de Tiwanaku, el valle alto de Chijipata fue habitado por los Pacajes, uno de los reinos aymaras que florecieron hacia el periodo intermedio tardío entre los años 1200 y 1438, cuando fueron conquistados por los incas. Asimismo, estudios etnográficos describen constantes disputas entre los reinos aymaras por las tierras de pastoreo, debido a que su mayor actividad económica era la cría de camélidos. Ya en materia arqueológica, la mayoría de estos feudos sepultaba a sus líderes en un mausoleo con forma de torre que recibe el nombre de chullpa, las cuales eran muy variadas, existiendo chullpares de barro con revestimiento de colores y en otros casos chullpas de piedra de base cuadrada. Restos de una de estas aún permanece de pie en la urbanizada zona a la que se accede por el opulento barrio de Achumani, donde se busca proteger, preservar, estudiar y valorizar esta construcción preincaica de invaluable valor cultural.

Chijipata es una de las cuatro mesetas de la cuenca de Achumani, que corresponden geológicamente a la terraza Miraflores. En los últimos años se logró identificar la presencia de yacimientos arqueológicos que abarcan un área de aproximadamente tres hectáreas, según el arqueólogo Miguel Torrico, analista de Patrimonio Arqueológico del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz (GAMLP). La comunidad científica realizó varias investigaciones desde 2001, las mismas que evidenciaron una cantidad muy densa de material arqueológico tanto en superficie como en subsuelo. Pero “los asentamientos modernos han destruido prácticamente todo el sector; aun así hay evidencias de las terrazas que disponían los habitantes del lugar para realizar sus trabajos agrícolas”, señala Torrico.

La estructura de la terraza de Miraflores está compuesta por gravas con clastos de granito, en las que cerca del 40% posee depósitos aluviales y coluviales, aspectos que determinan la precariedad de la zona. Aún así, Chijipata es un barrio urbanizado. Su paisaje rural es fracturado por enormes casas y edificios levantados a base de ladrillo y hormigón. Este crecimiento de la mancha urbana, que puso en evidencia la devastación de arquitectura funeraria y contextos arqueológicos no solo en Chijipata, sino también en la vecina Kellumani, fue denunciado en 2008. “Una vez identificado el daño a las chullpas, la Dirección de Patrimonio Tangible y Natural (DPTN) solicitó apoyo a la Dirección de Administración Territorial y Catastro (DATC) que consideraba la zona como de riesgo”, añade el arqueólogo.

El área fue calificada como forestal, no urbanizable ni edificable y de preservación arqueológica, en este caso de la única chullpa salvada con más de 800 años de antigüedad. Encendida la alarma, el presidente del Concejo Municipal, Pedro Susz, recomendó mediante minuta de comunicación dirigida al alcalde paceño, Luis Revilla, adoptar a la brevedad posible las medidas necesarias para preservar dicho legado cultural colectivo. “Se había pensado en una cobertura y hasta en la construcción de un mirador”, dice Torrico. “Se intentaron hacer labores de rescate arqueológico, pero las mismas tuvieron que suspenderse debido a que el Honorable Concejo Municipal (HCM) observó que se cuestionaba el derecho propietario privado”, añade el funcionario.

Para el historiador Rolando Carvajal, se trata de la única chullpa de la ciudad que aún resiste pese a ser “golpeada por el granizo y las lluvias, el sol inclemente y el viento que la erosionan todos los días, además de soportar el embate de la modernidad y el crecimiento de la mancha urbana. Sobrevive sin ayuda de nada ni de nadie”.

Justo Tusco es el presidente de la Junta de Vecinos de aquel barrio del sureste de la hoyada. Vive allí hace más de dos décadas y cuenta que en la zona habitan al menos 2.000 habitantes, una gran mayoría de ellos dedicados a labores de construcción en la ciudad. “Es una zona muy tranquila y de buen clima; otros trabajan la tierra cultivando choclo, papa y haba, que luego comercializan en mercados como el de Villa Copacabana”. El aniversario barrial se celebra cada 23 de noviembre, fecha de su fundación, en la que participan tres fraternidades de moreno que danzan por la principal vía de acceso a Kellumani y Chijipata desde Alto Achumani.

El adolescente Abraham Camacho habita junto a su familia en una modesta casa campestre. Estudia en la calle 40 de Achumani, pero pide una escuela para su barrio. “Sería mucho mejor, a veces no hay movilidades y tenemos que ir o volver a pie. El radiotaxi es muy caro. También hace falta una posta sanitaria, mi hermano sufrió un accidente hace poco y tardamos mucho hasta que lo atiendan”. Pese a estos bemoles, hoy él disfruta de las bondades que trajo consigo la urbanización. Calles asfaltadas y empedradas, agua y alcantarillado, internet y televisión satelital.

“Ha cambiado mucho, nosotros para llegar teníamos que emprender un viaje”, recuerda por su lado Tusco. Ambos ignoran el valor del suelo que pisan.

“Ponerse de acuerdo con los comunarios es complicado, sabemos que la Alcaldía quiere recuperar el patrimonio arqueológico, pero también somos conscientes de que la gente necesita construir para mejorar su calidad de vida”, dice el presidente de la Junta de Vecinos.

Hace algunos años, un grupo de profesionales de la UMSA formó parte de las nuevas intervenciones sistemáticas. “Estos trabajos nos han permitido ampliar el panorama y el entendimiento del terreno de manera mucho más amplia, comprendiendo a Chijipata como una importante zona arqueológica, con un paisaje agrícola, redes de comunicación vial y aspectos rituales prehispánicos”, dice una de las conclusiones del trabajo realizado por Aranda y Lemuz (2008 y 2010).

El antiquísimo y variado legado se observa al ras del suelo en Chijipata, pues restos de cerámica se mezclan con piedras y tierra removida de las propiedades de la zona. Son siglos de historia que la metrópoli va desdeñando.

Torre funeraria

Una chullpa o chullpar es una antigua torre funeraria aymara, de base angular o redonda, construida originalmente para personas de alto estatus en la cultura aymara e incaica.

La mayoría de las chullpas fueron hechas de barro, pero existe una gran cantidad de chullpares de piedra. Sobre las chullpas de piedra hay algunas hechas de canto pulido y unido sin argamasa (al estilo incaico) que pueden ser de base cuadrada o redonda, así como también existen otras fabricadas con pequeñas piedras unidas con argamasa de barro y paja, formando torres o conos. Algunas de las chullpas de piedra contienen tallados generalmente representando lagartos o felinos.

En el caso de las chullpas de barro, la mayoría son de base cuadrada o rectangular con diversos diseños e incluso con motivos pictóricos donde predomina el rojo, amarillo y blanco, en menor medida el verde y azul. Algunas presentan base de piedra y cuerpo trapezoidal.

Las puertas de ingreso a las chullpas de barro son diversas, existiendo puertas cuadradas, triangulares u ojivales. Las chullpas polícromas eran realizadas con dos técnicas distintas: la primera consistía en hacer adobes de barro coloreado que luego fueron colocados dando forma a motivos geométricos; la otra técnica fue hacer la estructura con barro sin colorear y después revestirla con pedazos geométricos de barro coloreado.

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