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Las rutas del Víctor Hugo: La Paz desde su periferia

El narrador del lumpen paceño que hizo del alcohol un universo literario solía recorrer las laderas recogiendo historias de la marginalidad.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Basualdo

00:00 / 25 de octubre de 2015

En sus últimos días de vida, Víctor Hugo Viscarra deseaba con ahínco volver a caminar por los recovecos de la ciudad que tanto amaba pese a los reveses recibidos. Pero ya no podía hacerlo. El abuso al que fue sometido su organismo empezó a cobrarle con intereses hasta que ese diminuto cuerpo le dijo hasta aquí nomás. Fue un escritor criticado al punto que muchos de sus detractores ponían en duda sus dotes literarias y más bien se referían al declarado hincha de Unión Maestranza como un narrador más cercano a la etnografía, por eso de escribir desde la vivencia real y propia antes que concebir la ficción. Lo cierto es que Viscarra fue capaz de retratar el lumpen paceño como ninguno.

Gracias a sus desdichados relatos se puso en evidencia, a manera de denuncia, esa otra cara de la hoyada muy alejada de aquellos cafés donde los eruditos de las letras ventilan sus celebrados conocimientos. Viscarra escribía desde la cochinada. Y ése es su maldito legado. Su biografía dice que nació el 2 de enero de 1958 en el seno de un hogar rengo donde una madre violenta lo marcó por siempre en cuerpo y alma. Está retratado en su libro más reconocido, escrito en 2002, Borracho estaba pero me acuerdo: “Acos- tumbraba a pegarnos con palo de escoba. Rompió varias escobas en mis espaldas y en las de mi hermana; si no quedamos inválidos, fue porque, dicen, los niños son muy resistentes a los golpes”.

En esa atmósfera, el pequeño creció en su casa de la calle Constitución de la zona de Achachicala, un barrio de arraigo mestizo, donde fue testigo de hechos históricos como el golpe de Estado del 4 de noviembre de 1964, cuando el general Alfredo Ovando Candia se levantó en armas, junto al general René Barrientos Ortuño, contra el presidente Víctor Paz Estenssoro. “De la fábrica Soligno bajaban camiones y camionetas llenas de trabajadores fabriles armados de fusiles y ametralladoras. Desde mi casa escuchábamos el tiroteo y el rugido de los aviones. Después vimos cómo los mismos vehículos retornaban cargando muertos y heridos, dejando huellas de sangre en las calles”.

Parte de aquella niñez la vivió en la escuela Ismael Montes de la zona de Churubamba, donde los alumnos no tenían ni dónde sentarse, según cuenta en sus libros. Luego pasó al colegio Kennedy de la calle Ingavi esquina Pichincha, donde —relata— vivió mejores y más gratos momentos al volver a ver a su padre, quien iba a recogerlo por lo menos dos veces a la semana para hacerle compañía hasta su casa y comer algo en el camino.

En ese tren de vida, el muchachito vagaba por la Pérez Velasco y la zona de la Terminal de Buses, construcción que por aquel entonces hacía de Aduana Nacional. Hasta que empezó a frecuentar a un grupo de amigos que comenzaban a experimentar con los tragos que quemaban el pecho. Fue en el parque Riosinho, barrio al que se había mudado a vivir con su padre, donde agarró una de sus primeras borracheras que le trajo, como casi siempre, graves consecuencias. “A la mañana siguiente me despertó el dolor de cabeza (…). Me enteré que la causante de mi dolor de cabeza no era otra que mi madrastra, la cual, emulando a mi madre, me había golpeado con un palo de escoba (…). Demás está decir que el único que perdió fui yo (…). Mi madrastra se quedó y yo salí con la intención de no volver nunca más”.

Después de aquella infortunada experiencia vivió su primera noche en la calle, donde, angustiado, trató de dormir acurrucado en el portal de una casa vecina. La segunda noche se animó a ir más allá y apareció en la avenida Buenos Aires. Lo que iba conociendo a medida que caminaba por la zona lo impresionó de sobremanera. Tenía tan solo 12 años y la noche paceña lo esperaba con toda su ferocidad.

Frío en el alma

“El andar por esas calles con el frío adentro, hace que uno se sienta deprimido, un pobre miserable. (…) Hay noches en que uno llega a la Ceja de El Alto y mira, casi sin inmutarse, el espectáculo que ofrece la ciudad tachonada de millares de focos encendidos. Parece que el cielo estrellado hubiese descendido a nuestras plantas y nos hace sentir dueños de la creación. Pero eso solo es una mentira piadosa. La realidad es distinta (…) cuesta aceptar que esa ciudad nos trate con la peor indiferencia (…)”, cuenta Viscarra en Borracho estaba… El escritor marginal también supo retratar a algunos de los personajes paceños a quienes conocía como a sí mismo. Se refiere a los aparapitas como a esos sufridos migrantes indígenas que, sentados en las puertas de calle con sus manteles a manera de poncho, se la pasaban pijchando coca, “sin mirar ni hablar con nadie”.

Fue un habitué de los basurales que genera la urbe. Aseguraba que son muy importantes para los trasnochadores que acuden allí, tanto para hacer fogata como para aprovisionarse de cosas que puedan servirles. Entre los principales anotó al de la avenida Tumusla esquina pasaje Ortega, avenida Buenos Aires esquina Alcoreza, en las inmediaciones del mercado Rodríguez y frente al Cementerio General. “Siendo los depositarios de lo que desechan aquellos que usan la noche para descansar, son fuente de sustento para quienes esperan la noche para buscar, tanto su alimento como la materia prima para sus fuentes de trabajo”, expresaba Viscarra.

El Barrio Chino fue otro de sus lugares frecuentados. Ubicado en la zona Gran Poder, en la calle Sebastián Segurola, aquél es un territorio de nadie donde, tanto necesitados como delincuentes acuden desde muy temprano a vender sus pertenencias o trofeos logrados en la noche anterior. Ropa, electrodomésticos, libros, todo es bienvenido en ese laberinto de compra y venta. “Los principales compradores y vendedores de objetos usados y robados son los llamados ‘albertos’ y ‘vizcachas’. Son gente que, llevada por sus necesidades económicas, le hallaron el gusto a la tarea de vivir con plata de otros”.

La avenida Buenos Aires cruza la periferia desde la zona Garita de Lima hasta Llojeta. Parece detenida en el tiempo y era recorrida hasta la transpiración etílica por Viscarra y sus camaradas. A medio camino se halla Tembladerani, quizá la zona más frecuentada, al igual que Llojeta, por los borrachos de la marginalidad.

Allí, aseguraba Viscarra, se encuentran o se encontraban los llamados Cementerios de los Elefantes, bares de mala muerte donde se supone que los alcohólicos se despedían del mundo bebiendo. “Me contaron que hubo tipos que duraron hasta dos semanas chupando como descosidos (…). El padre Daniel Strecht, un curita extranjero que trabajaba en La Paz con los ‘artilleros’ (alcohólicos), me contaba que en cierta oportunidad habló sobre el tema con oficiales de la Policía, preguntándoles por qué no clausuraban esa cantina. Le respondieron que ese tipo de negocios era algo así como una ayuda porque, a su manera, reducía el número de alcohólicos que deambulaba por la ciudad”.

La vista de la ciudad que ofrece el trayecto de una punta a la otra es turbadora. Viscarra aseguraba que había algo mágico en la hoyada “que a veces te trata como a un hijo, a veces como a un extraño”. Y de tanta ingesta alcohólica, finalmente el escritor murió el 24 de mayo de 2006 tras fracasados intentos por deshacerse del trago. Su cuadro clínico apuntaba reumatismo, neumonía crónica, alteraciones digestivas y cirrosis galopante. Pero ni muerto encontró la paz que tanto buscaba. El servicio de su nicho temporal en el Cementerio General venció el 25 de mayo de 2014 y su familia fue notificada para desocupar la fosa. Y aunque el asunto se solucionó gracias a gestiones municipales, de alguna manera, Viscarra era muy consciente de su destartalado destino: “El diablo fue mi padrino de bautizo. La cosa es que el cielo es frío, en el infierno hay calefacción, prefiero estar abajo. Sé que moriré en la calle. Solo como un perro, alcoholizado”, le comentó al diario chileno La Nación, que descubrió al escritor bautizándolo como el “Bukowski boliviano”. Un viento frío parte la calma de Llojeta. Por sus calles aparecen varios “Víctor Hugos” que caminan tambaleantes. Son los espectros de una ciudad que escupe a los débiles y frustrados.

Su ‘etílica’ obra

• “Coba: Lenguaje secreto del hampa boliviano” (1991).

• “Relatos de Víctor Hugo” (1996).

• “Alcoholatum y otros drinks. Crónicas para gatos y pelagatos” (2001).

• “Borracho estaba pero me acuerdo - Memorias de Víctor Hugo” (2002).

• “Avisos necrológicos” (2005).

El autor fue reconocido por el ambiente bohemio en los 90. Manuel Vargas, de la editorial Correveydile, fue quien rescató sus escritos.

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