Escape

La santa de Bolivia Nazaria Ignacia

Nazaria Ignacia tuvo varios llamados de Dios para convertirse en una sierva suya.

La Razón (Edición Impresa) / Juan Mejía Cisneros / Oruro

00:00 / 04 de octubre de 2018

Lo supo al cumplir los nueve años de edad, justo un día antes de consagrarse en el sacramento de la comunión. “Tú, Nazaria, sígueme” —le habló el Señor—, “te seguiré, Jesús, lo más cerca que pueda una humana criatura”, respondió la niña a ese primer llamado de Dios. Así, Nazaria Ignacia narra en sus escritos la forma en que su vida dio un giro para servir a los demás en nombre de Jesucristo.

Y de ese modo transcurrió su vida, casi medio siglo de ayudar a los más necesitados, sintiendo en carne propia sus carencias y extendiendo la mano con paciencia. Su fama de servicial y amorosa cundió rápido entre los creyentes estando aún con vida y con mayor fuerza tras su deceso; por eso, muchos recurrían a ella en oración para pedir por las causas perdidas. Luego de que dos milagros le fueran atribuidos, en dos semanas, Nazaria Ignacia será reconocida por el Papa como santa, la primera de Bolivia; aunque su verdadero origen fuese España y jamás renunciara a esta pertenencia, Nazaria supo hasta el día de su muerte que Oruro era la tierra que eligió como su hogar.

“La madre Nazaria Ignacia vino a servir a los bolivianos y desde acá irradió su titánica obra al mundo, gracias a su liderazgo, su emprendimiento, su carácter jovial y su facilidad para gestionar las cosas, eso se sabe por la gente que la conoció. Pronto, el 14 de octubre, se convertirá en la primera santa de Bolivia, ya que en enero de este año fue aprobada su canonización”, recuerda la hermana Jaqueline Romero Martínez, encargada Superiora de la Comunidad de las Hermanas Cruzadas.

La vida de la religiosa estuvo marcada por varios hechos que ella consideró decretos de la voluntad divina. A sus 16 años, en una cena de Jueves Santo ofrecida para los pobres por la condesa de La Casa Galindo de Madrid, adonde ella acudió en representación de su madre enferma, el jesuita padre Tarín le profetizó: “Hija mía, Dios te ama mucho, ánimo y adelante. Dentro de tres años el Señor empezará a colmar tus deseos, te los colmará todos”.

De inicio no comprendió el significado de estas palabras, pero al cumplir los 18 años tuvo que mudarse a México junto a su familia por decisión de su padre, en vista de que su empresa había quebrado; en la travesía conoció a dos monjas que iban a tierra mexicana a fundar una casa religiosa: las hermanitas de los ancianos desamparados; la conexión con ambas fue especial, conversaron y la motivaron a la vida consagrada, aunque ella se inclinaba más bien por ser misionera y evangelizar, anunciar la palabra de Dios a los pueblos.

Nazaria Ignacia y su melliza Amparo nacieron en una familia acomodada de Madrid (España) el 10 de enero de 1889; llegaron a ser 17 hermanos, de los cuales 10 sobrevivieron. Era hija del masón José March, un comerciante naviero que forjó en la futura devota su carácter de líder y emprendedora, y de Nazaria Mesa, quien junto a su madre —la abuela Ignacia— cultivaron en ella la sencillez y humildad.

Tuvo una niñez alegre y llena de travesuras, pero siempre destacó por su vivacidad; solía agrupar a sus hermanos para catequizarlos en la casa y en el colegio, pese a la negativa de su padre, un ateo que no fomentaba la devoción por ninguna deidad, a diferencia de la abuela materna, quien sí se ocupó de ello. De hecho, Nazaria y su gemela vivieron buena parte de su infancia en Sevilla al cuidado de sus abuelos, quienes las enviaron al colegio Espíritu Santo, donde recibieron intensa formación cristiana. Fue entonces, con solo nueve años de edad, que en la víspera de su primera comunión tuvo su primera aproximación con Dios, según relata en sus memorias. A los 11 años, dejó el colegio, pero mantuvo la lectura de las escrituras y su formación cristiana y en valores.

Las niñas tuvieron que retornar a Madrid para ayudar a su familia que atravesaba una grave crisis económica, se dedicaron a los bordados y hasta tuvieron que pedir limosna para subsistir. Fueron años de carencias y a los 18 años, ya en México, sus padres deseaban que Nazaria contraiga nupcias, pero el llamado de Jesús pesó más y tras una prueba de vocación impuesta por su propio padre, en 1909 ingresó a La Casa de los Ancianos Desamparados. La religiosa hizo sus votos en 1912 en España y el 15 de octubre de ese año —se lee en sus memorias— llegó a un Oruro frío, inhóspito y de mucha pobreza, junto a nueve novicias voluntarias, tras un viaje de 30 días en barco hacia Buenos Aires (Argentina) y vía tren hasta suelo orureño. Una vez instalada, fundó el asilo de ancianos en la calle 6 de Octubre y empezó a catequizar en los mercados, como una fiel misionera. Por su fe y su perseverancia, era conocida por todos. Nazaria empezaba a encontrar el verdadero sentido de los llamados que recibió de Dios.

En 1920, una severa enfermedad puso en riesgo su vida y fue desahuciada por los médicos; entonces Nazaria hizo una nueva confesión: “El Señor aún me pide que sea misionera, que evangelice a la gente”. “Yo no te voy a absolver hasta que tú misma se lo digas a un obispo”, respondió el sacerdote que recibió la revelación, pero para entonces en Bolivia solo había un nuncio en La Paz, Felipe Cortesi, venido de Venezuela. Con mucho esfuerzo, Nazaria viajó a la sede de gobierno y al saber Cortesi de su caso y su deseo, la bendijo. Para el nuncio, el plan de vida de la religiosa era la oportunidad que necesitaba la Iglesia para crear una nueva fundación a cargo de mujeres deseosas de servir al Señor.

Aliviada de su mal, el 16 de junio de 1925 y con apenas 40 centavos invertidos, Nazaria Ignacia fundó el beaterio Cruzada Pontificia, conocido hoy como la Congregación de Misioneras Cruzadas de la Iglesia, un convento ubicado entre las calles Soria Galvarro y Sucre, en una casa colonial construida por los jesuitas al estilo arquitectónico de finales del siglo XVII. Pese a ser un noviciado, este monasterio se diferenciaba de sus similares por la labor de las mujeres consagradas a ese fin. “Nosotras no nacimos para estar en los conventos sino para estar afuera, con la gente, en el servicio a los más pobres y en la promoción humana de la mujer”, escribió Nazaria Ignacia en sus memorias.

Entre 1925 y 1930, dado su gran ímpetu, la religiosa logró fundar otras casas de este tipo en Cochabamba, La Paz, Potosí, Santa Cruz, Buenos Aires (Argentina) y Melo (Uruguay). Durante la Guerra del Chaco, abrió estos espacios para asilar a los huérfanos y hasta formó la llamada Cruzada Pontificia, con brigadas que asistieron a los heridos en pleno campo de batalla.  

La casa de la hermana Nazaria Ignacia fue además refugio de mujeres en situación de pobreza y obreras. “Varios niños huérfanos tuvimos la oportunidad de conocerla, yo más profundamente cuando tenía unos 10 años. La primera vez que hice contacto con la hermana Nazaria fue cuando nos llevó a una misa en el mismo beaterio”, recapitula el padre Simón León Saravia, oriundo de Oruro (1929) y el único testigo viviente que compartió con la misionera. La recuerda como una persona jovial, comunicativa, sencilla, carismática y muy cariñosa con los niños, que compartía las comidas con los más pobres.

El religioso, hoy jubilado y cerca de cumplir 90 años, evoca: “Junto a otros niños huérfanos de la Guerra del Chaco nos llamaba ‘mis pequeños’, pero yo sentía que a mí me daba un trato preferencial, me decía ‘mi pequeño’; ese es un grato recuerdo que llevo grabado”.

Años más tarde, Nazaria retornó a España en plena guerra civil, para fundar una casa de noviciado; nunca cesó de ayudar a los pobres y humillados y se salvó de ser fusilada en el paredón. De 53 años y aún en España, cayó otra vez enferma y el 7 de octubre de 1942 cruzó en un barco el Atlántico hasta Venezuela y de allí a Buenos Aires el 4 de noviembre. Su estado de salud se había agravado y no pudo llegar a Bolivia.

En enero de 1943 anotó: “¿Habrá llegado la hora de Dios?”. Tras meses de padecimiento, el 12 de junio recibió los últimos sacramentos de la fe. Una religiosa boliviana, Victoria Vallejos, que fue a Buenos Aires, escribió: “Es un ejemplo viviente para nosotras en su enfermedad”.

En medio del dolor y antes de partir, Nazaria recordó insistentemente su vida en Oruro y pidió reposar allí, además instó a sus hermanas a vivir en unidad; la madrugada del 6 de julio de 1943, con 54 años, entró en agonía, miró a las religiosas arrodilladas a su alrededor y una bocanada de sangre asomó sus labios, emitió un quejido y dejó de existir. El cuerpo de la hermana Nazaria fue velado durante dos días, hubo una procesión de niños y adultos y sus restos fueron llevados al cementerio de Chacarita. La noticia de su partida había llegado a Bolivia días después. “Por entonces yo tenía unos 14 años y todos sentimos muchísimo dolor al saber que había fallecido”, dice el padre Simón.

El 9 de junio de 1957, el cuerpo de la hermana fue trasladado a la casa de Buenos Aires y el 18 de junio de 1972 a la Casa Matriz de Oruro, conforme su voluntad. Dos décadas más tarde, en 1993, se decidió exhumar sus restos. La intervención se hizo bajo acta, en presencia del obispo de Oruro, el canciller de la Diócesis, testigos y dos médicos. “Fue todo un acontecimiento”, rememora la hermana Jaqueline.

Uno de los principales objetivos era obtener algunas reliquias, pues en los procesos de canonización —el de Nazaria ya había sido iniciado— se deben rescatar reliquias de primer grado, que consisten en partes del cuerpo y sirven para consagrar los altares de las iglesias. “Todos pensaban que los restos de la hermana Nazaria Ignacia se encontraban hecho huesos o polvo, por la grave enfermedad que la aquejó, por los muchos medicamentos que recibió y los ajetreos al llevarlo de un lugar a otro, por eso se habían preparado cofres para las reliquias”, señala la hermana Jaqueline, pero grande fue su sorpresa al hallar un cuerpo intacto y flexible, con la piel del rostro fresca y la palmera que cubría el tórax verde.

“No se había deteriorado absolutamente nada, incluso una de las hermanas que se encontraba a los pies del féretro relató que Nazaria Ignacia tenía los ojos y la boca entreabiertos y que se veían los iris frescos y el paladar rosado”.

Para los creyentes era la señal de que Dios le había dado la gracia de permanecer intacta, y los médicos declararon que el cuerpo lucía como uno de 18 días de fallecido. “Por eso, las hermanas decidieron no tomar nada del cuerpo y la única reliquia que se tiene es un mechón de su cabello que se cortó en 1930”, afirma la monja.

Para que Nazaria Ignacia fuera considerada una santa pasaron años de investigaciones científicas, contrastación de pruebas, recolección de testimonios y otros procesos desarrollados por gente especializada del Vaticano. “La Conferencia Episcopal Boliviana y las Hermanas Misioneras Cruzadas de la Iglesia pidieron a Juan Pablo II que Nazaria Ignacia sea reconocida en su santidad y mostrada al pueblo de Dios como ejemplo posible de imitación e inspiración, para los jóvenes, familias y evangelizadores. Así, fue beatificada por el Sumo Pontífice en Roma, el 27 de septiembre de 1992”, según una reseña de catholic.net. Con ello, se abría paso a la posibilidad de honrarla con culto.

Y el 26 de enero de este año, el papa Francisco firmó el decreto que reconocía un milagro atribuido a la intercesión de la Beata Nazaria Ignacia, uno de los últimos requisitos para ser considerada una santa. Los trámites para este último proceso comenzaron en 2015.

El primer milagro que se le atribuye es el de devolverle la visión a una niña de Tarija; sus padres habían llegado a Oruro hasta el beaterio de las Hermanas Misioneras Cruzadas, donde se halla la cripta en la que descansan los restos de la religiosa, para pedir en oración la gracia. Y tiempo después ésta fue concedida.

El otro milagro se produjo en 2010, cuando la hermana María Victoria, en servicio en la casa de Cochabamba fundada por Nazaria Ignacia, recuperó el habla y el movimiento tras sufrir un derrame cerebral en La Paz. El diagnóstico médico era lapidario: “No podrá hablar ni coordinar movimientos por los coágulos de sangre formados en el cerebro”, recuerda la hermana Jaqueline. Pero las religiosas oraron por su salud y le pidieron a Nazaria interceder por un milagro. En menos de 15 días recuperó su salud. “Los médicos no podían explicar lo sucedido”.

Tras años de indagación, el Vaticano reconoció el milagro y Francisco la declarará santa el domingo 14 de octubre, en presencia de algunos miembros de la Iglesia Católica boliviana, entre ellos el obispo de la Diócesis de Oruro, monseñor Cristóbal Bialasik. “El papa Francisco la va a proclamar santa junto al papa Pablo VI en el Vaticano en una celebración grandiosa; al día siguiente, 15 de octubre, se celebrará una misa de agradecimiento presidida por un cardenal y el 16 la delegación boliviana retornará a Oruro para preparar el gran evento del 11 de noviembre”, adelanta.

Esta cita prevé la congregación de entre 4.000 y 5.000 personas en la avenida Cívica, donde se desarrollará una eucaristía. Obispos de Bolivia y otros países, autoridades nacionales y locales y todo el pueblo católico están invitados, dice monseñor Bialasik. “Nazaria fue una misionera llegada del exterior que amó tanto al pueblo de Oruro, que se hizo boliviana por voluntad propia”, afirma.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2
3 4 5 6 7 8 9
17 18 19 20 21 22 23
24 25 26 27 28 29 30
31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia