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La santa túnica de Tréveris

Una francoboliviana está entre los pocos fotógrafos invitados

La Razón / Mabel Franco

00:00 / 29 de abril de 2012

Desde 1512, cuando salió a la luz pública, la Túnica Sagrada de Jesucristo se ha expuesto solamente en 18 oportunidades. Una de ellas se produce ahora mismo, desde el 13 de abril, Pascua de 2012, y la fotógrafa francoboliviana Sandra Boulanger fue invitada, junto a 14 colegas del mundo, para estar allí y hacer el registro de la peregrinación.

La prenda, que se cree que fue la que vistió Jesús cuando llevó la cruz al Calvario, es conservada en la catedral de Tréveris (Alemania). Se dice que Santa Elena (247-329), madre del emperador Constantino, residente en la ciudad germana en el siglo IV, la habría encontrado durante su peregrinación a Jerusalén y que la habría dado como regalo a la iglesia en el año 330, aproximadamente, aunque el primer informe confiable sobre la presencia de la túnica en Tréveris se remonta al año 1196.

La iglesia habría guardado la túnica en reserva, hasta que el emperador Maximiliano I acudió a la ciudad en 1512 e insistió en que sea mostrada a la gente. El arzobispo de entonces, Richard von Greiffenklau, aceptó y la respuesta de los creyentes fue inmediata. Desde entonces, cada vez que se abre la posibilidad, personas de todo el mundo, entre fieles y curiosos, acuden a echar una mirada a la reliquia.

En el siglo XX, tres han sido las ocasiones para verla: 1933, 1959 y 1996. Este 2012, la exposición se realiza en conmemoración de los 500 años de la primera vez que hubo peregrinación. El público puede ver la prenda hasta el 13 de mayo.

La Santa Elena

Elena, hija de un posadero y casada con un oficial romano a quien el emperador Diocleciano elevó a la dignidad de césar en el año 292, tuvo un hijo, Constantino, que, como sucesor de su padre —con poder sobre la mitad occidental del imperio romano—, rodeó a la madre de bienes y respeto, y la nombró emperatriz augusta.

Se dice que la mujer tuvo una revelación celestial que la llevó hasta Tierra Santa. En Jerusalén escuchó que la Santa Cruz yacía enterrada en algún lugar de la ciudad y se impuso encontrarla. En el Calvario vio que había un templo erigido a Venus, así que lo hizo destruir y, con la legión romana a sus órdenes, hizo excavaciones allí donde Jesús había sido crucificado unos 300 años antes. Lo que se halló es el Santo Sepulcro. En el lugar mandó a edificar un templo, lo mismo que en el Monte de los Olivos (con datos de Wikipedia).

La Santa Túnica se conserva extendida horizontalmente en un cofre de madera del año 1891, debajo de una cubierta climatizada de vidrio. Dicho cofre se encuentra en la capilla destinada a la prenda, a donde los fieles pueden entrar la segunda semana después de Pascua, aunque no puedan verla sino en las peregrinaciones, como la presente, que es la primera del siglo XXI.

Llama la atención que la túnica esté hecha de una sola pieza, sin costuras, lo que suele usarse como argumento para defender que es la que le perteneció a Jesucristo. En el Evangelio de San Juan (19:23, 24) se lee: “Cuando los soldados hubieron crucificado a Jesús, tomaron sus vestidos, e hicieron cuatro partes, una para cada soldado. Tomaron también su túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo”.

El color es marrón y luce los refuerzos que se le han practicado a lo largo de los siglos. Mide 157 centímetros de largo por 109 de ancho y tiene mangas hasta la mitad del brazo. Es de algodón y, según el libro Wallfahrtsführer Trier und Umgebung (Guía de Tréveris y sus alrededores para peregrinos), de Hans-Joachim Kann, probablemente se usaba como prenda exterior. Ciertos cálculos indican que el tejido original data del siglo II o I dC (catholic.net). El estado de conservación es precario, pues el tejido se ha deteriorado y luce los refuerzos que se le han hecho a lo largo de los siglos.

Pese a su antigüedad y rareza, no hay certeza de que haya pertenecido al Mesías. La Iglesia afirma que no debe tomarse como objeto de veneración, sino como un símbolo de su unidad. La ausencia de costuras permite enfatizar en dicha cualidad y es por eso que se alimenta el peregrinaje y se conserva con tanto fervor en la catedral de Tréveris.

El papa Benedicto XVI se ha referido a la Santa Túnica en estos días en que la gente puede verla, resaltando el hecho de que “está tejida enteramente de arriba abajo” y representa “una imagen de la Iglesia, que no vive gracias a sus propias fuerzas, sino por la acción de Dios”. Además, “la Túnica Santa no es una toga, una vestimenta elegante que expresa una función social. Es una pieza modesta, que sirve para cubrir y proteger a quien la lleva, custodiando su recato. Esta vestimenta es el don indivisible del Crucificado a la Iglesia, que santificó con su sangre” (news.va).

Dice Boulanger —cabeza de Acción Cultural en Bolivia, entidad dedicada a impulsar el arte de la fotografía—, quien no es creyente católica, que ha sido “un honor estar (en Tréveris) y verla (la túnica) con mi ojos”. En tanto, los peregrinos repiten la oración principal: “Recuerda tu cristiandad y une lo que está separado”.

De la Vera Cruz sólo hay fragmentos

La misma Santa Elena descubrió, se dice, en las excavaciones que mandó hacer en Jerusalén, tres cruces que habrían sido las del sacrificio de Jesús y los dos ladrones. La leyenda cuenta que, al no poder distinguir una de otra, la mujer recurrió a San Macario, obispo de la ciudad, y siguió su consejo de llevar las tres cruces a casa de una mujer enferma de gravedad. El madero que, al tocarlo, curó milagrosamente a la mujer fue reconocido como el del Mesías. Una versión indica que la cruz íntegra fue dejada en la Basílica del Santo Sepulcro, que en el año 614 fue tomada por el rey persa Cosroes II. Éste se habría quedado con la Vera Cruz, que puso al pie de su trono. Fue el emperador bizantino Heraclio quien, en 628, repuso la reliquia a Jerusalén. Hoy, sólo hay fragmentos, aunque tantos que es difícil saber cuáles son verdaderos. Uno está en el Vaticano.

La lanza que hirió el costado de Cristo

“Pero al llegar a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua”, dice en Juan 19:33-34. Ningún otro evangelista menciona este episodio; pero el arma es también tenida como reliquia, aunque hay varias sobre las que se reclama autenticidad, todas ellas fragmentadas. Una estaría en el Vaticano, bajo el domo de la basílica de San Pedro. Otra se guarda en Viena, en el Museo de Historia del Arte. Es una punta que por el año 1350, Carlos IV de Francia mandó poner una banda de oro sobre otra de plata, con la inscripción: Lancea et Clavus Domini (La lanza y el clavo del Señor). Tras varios avatares, como confictos bélicos, incluida la II Guerra Mundial, la lanza fue devuelta a Austria. Expertos datan el arma en el siglo VII.

La Sábana Santa, un enigma

El Santo Sudario es la tela con la que se cree fue envuelto el cuerpo de Cristo para enterrarlo. La primera vez que se habla de él es en el siglo XIV. La también llamada Sábana Santa, que se halla en la catedral de Turín, es el objeto que mayores controversias científicas provoca. Llama la atención la figura humana marcada, con heridas que recuerdan la crucifixión de Cristo, y desconcierta la forma en que pudo registrarse, pues los análisis practicados hablan de haber hallado desde pintura hasta sangre humana. Y existe la duda de si pudo haber alguien con la suficiente habilidad como para falsificar algo así en la Edad Media. La Sábana Santa se expuso en 2010 y se volverá a mostrar en 2023.

En busca del Cáliz Sagrado

El cáliz que usó Jesús para consagrar el vino en la última cena es, quizás, el objeto más buscado. La literatura y el cine han creado obras fantasiosas al respecto. En la realidad, hay al menos dos objetos que se disputan la cualidad de verdaderos. La tradición española defiende que fue San Lorenzo quien lo llevó a Huesca por encargo de San Pedro y que tras varias vicisitudes terminó en Valencia en 1437. El cáliz que está en la catedral tiene la parte superior de piedra ágata rojo oscuro, a la que se añadió en siglos posteriores una estructura de oro con dos asas. Mide 17 centímetros de altura. Los análisis arqueológicos indican que fue labrada en Palestina o Egipto entre el siglo IV aC y el I dC. Otra copa venerada es la de Antioquía, aunque se le observa su capacidad de dos litros y la plata labrada como para haber estado en la humilde mesa de Jesús.

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