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Los #saxosperdidos nunca vuelven

La primera batería de Américo estaba hecha con botes de pintura Monopol y latitas de cera Tigre.

Américo Estévez Román, 43 años, músico callejero, nacido en La Paz. Foto: Álex Ayala

Américo Estévez Román, 43 años, músico callejero, nacido en La Paz. Foto: Álex Ayala

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 22 de junio de 2014

Antes de cada nueva actuación, Américo Estévez, el Rey de las Baquetas, el Amigo de los Niños, Saxoman, sale de su casa con el pie derecho. A continuación, se santigua tres veces seguidas. Y a veces se arregla el pelo con un peine que suele esconder en alguno de sus bolsillos. Esta rutina se ha convertido en su tic particular de artista para atraer la buena suerte. Y no ha cambiado mucho en los más de 20 años que lleva sobreviviendo en las calles de La Paz como músico ambulante. Pero no siempre es efectiva: todavía hay días en que se levanta con la pata mala, en que todo es un desastre, en que alguno de sus saxos se pierde. Y los #saxosperdidos, él lo sabe mejor que nadie, nunca vuelven.

El primer saxo que Américo adquirió era un Selmer dorado valorado en 2.000 dólares que consiguió por 500; y que desapareció en una universidad en la que lo habían contratado, cuando unos tipos de terno y de corbata, que se hicieron pasar por miembros de una agrupación inexistente, lo alzaron y se lo llevaron. Américo lo tomó con buen humor. “Hasta los ladrones me reconocen. Por eso me lo robaron”, solía bromear por aquel entonces. Alquiló durante meses uno a un amigo militar para seguir trabajando. Y soñaba con recuperar el Selmer en algún bazar, pero los #saxosperdidos nunca vuelven.

La primera batería que tuvo Américo era de mentira: estaba hecha con botes de pintura Monopol y latitas de cera Tigre. Luego, llegó la de verdad, regalo de su abuela, quien cuatro años atrás me confesó que tuvo que llevarle 11 veces al cine a ver una de Van Damme       —Lionheart— para que aprendiera a defenderse. Pero lo que le cambió la vida fue aquel Selmer que se esfumó. “Dulce y sensual”, recuerda. Un digno ejemplar de aquel instrumento con curvas de mujer fatal que Adolphe Sax patentó en 1846 y que Américo prefirió olvidar durante un tiempo. Porque los #saxosperdidos nunca vuelven.

El “concierto del siglo”

En La leyenda de 1900, una inolvidable cinta de Giuseppe Tornatore, el pianista Danny Boodmann T.D. Lemon Nineteen Hundred se niega a descender del buque de pasajeros en el que nació por miedo a que la inspiración lo abandone, a extraviarse en el teclado infinito de todo un continente. “¿La tierra? La tierra es un barco demasiado grande, una mujer demasiado hermosa, un viaje demasiado largo, un perfume demasiado fuerte. Es una música que no sé tocar”, recita en la película. Boodmann creía que sin un océano debajo, en constante balanceo, las melodías que inventaba desaparecerían para siempre.

Seguramente, Américo pensó lo mismo hace cinco meses, cuando volvió a extraviar uno de sus elegantes saxos brillantes. Esta vez, en un minibús de transporte público. Esta vez, uno soprano con forma de flauta y botones plomo marca Lafayette, parecido al que utiliza Kenny G, el protagonista de los videos con los que aprendió a tocar de chico. Su mujer lo olvidó en uno de los asientos delanteros de la miniván. Y los #saxosperdidos nunca vuelven.

“Aquel día, me sentí como si me hubieran arrancado la voz”, dice ahora Saxoman, carraspeando, afónico por culpa de un resfriado mal curado.

Para Américo, que en su casa tiene un piano robusto, un teclado portátil y varias guitarras, el saxo siempre fue un objeto único. “Su sonido sale de acá y de aquí —me explica mientras se golpea el pecho tras realizar un rápido movimiento circular con su dedo índice a la altura del diafragma—. Es como un tubo invisible que se conecta directamente con algo muy dentro de ti. Cuando lo tocas con pasión, tu aliento sale con alma y mucho corazón. Te manifiestas. Y todo se vuelve muy sentimental, muy íntimo”.

En 1953, Charlie Parker, considerado el mejor saxofonista de jazz de la historia, aterrizó en Toronto en su peor momento y sin su saxofón: lo había empeñado en algún local de Nueva York para pagarse una dosis de heroína —los #saxosperdidos nunca vuelven— y tuvo que recurrir a una tienda canadiense para que le prestaran uno. El que le dejaron era de plástico y se veía como un juguete inservible. Parker iba a presentarse con un póquer de ases —Dizzy Gillespie, Max Roach, Bud Powell y Charles Mingus— y aquel cachivache de color blanco que le dieron amenazaba con avergonzarlo. Pero en aquella velada inolvidable, que la prensa bautizaría luego como el “concierto del siglo”, Charlie Parker humilló a Gillespie; y recuperó las buenas sensaciones que se habían ido.

Hoy, el saxo que maneja Saxoman en sus escapadas es barato y frágil, como aquel de Parker por el que nadie daba un peso. “Chinito”, aclara. Manejable y ligero como un guante. Además, compró otro desvencijado a la esposa de un intérprete difunto y lo ha conseguido restaurar después de meses. Cuando lo manipula, le sale un pequeño callo en una de las manos; la lengüeta mastica sus encías; y nada más parece importarle.

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