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El señor de Bombori elegido por el rayo

La vida de este jampiri consiste en ayudar a los demás. Muchos pacientes besan su mano derecha, donde cayó la señal divina.

La Razón (Edición Impresa) / Gemma Candela

00:00 / 06 de abril de 2014

Mi nombre es Juan Carlos Escobar, pero me conocen más como Don Santiago. Tengo un don especial. La gente confía mucho en mí”. Así se presenta el famoso Señor de Bombori, un jampiri o médico tradicional de 51 años que creció en la ciudad potosina de Llallagua y que lleva 25 años viviendo en Cochabamba. Su nombre “comercial” es el del famoso santo milagroso patrón (de entre muchos otros lugares) de Bombori, un pequeño pueblo de Norte Potosí al que muchos sanadores acuden cada 25 de julio, día del Apóstol, a recibir su bendición. “Voy a pedirle al Tata que me dé el poder de curar a la gente”, cuenta el curandero.

Está sentado ante una mesa cubierta con una lámina de cristal bajo la que hay un aguayo. Tiene encima una imagen de Santiago Matamoros en plena acción: montado en su mítico caballo blanco, que trata de aplastar con sus patas a un seguidor del islam. Las paredes del cuarto están cubiertas por completo con aguayos sobre los que cuelgan cuadros del Sagrado Corazón de Jesús, imágenes marianas y de la última cena bíblica; una foto del Presidente de Bolivia; amuletos andinos de piedra, como la chacana, y hasta una wiphala. A un lado hay algunos símbolos de otras creencias religiosas como un buda sonriente al que, desde la esquina de enfrente, parecen devolverle el alegre saludo cuatro ñatitas o calaveras, tres de ellas con gorro.

Sobre una estantería hay potes de diferentes tamaños indicados para diversas dolencias del cuerpo y del alma, ya sea dolor de riñones o mal de amores, y velas de cera roja en forma de pareja, bolsitas para hacer sahumerios, algo que parecen confites, hierbas, alcohol...

Ésta es su oficina, contigua a la sala de espera donde suele haber bastante gente. Está dentro del complejo de su casa, en Sumanpaya Sur, en el kilómetro ocho de Cochabamba en dirección a Quillacollo. Tiene un gran patio con pasto, algunos árboles frutales, varias jaulas con pájaros de vivos colores y una pequeña piscina.

El don siempre ha estado con él. Dice que desde niño se le dio bien curar a los bebés. Y, a los 12 años, recibió una clara señal de que él tenía algo especial. “A mí me agarró el rayo”. En su mano derecha se nota el efecto de la descarga: está abultada y le falta un pedazo del dedo meñique. “Mucha gente me besa la mano cuando la curo”. Se levanta la camisa naranja con adornos de colores tipo aguayo en el cuello y en las mangas y el chaleco, también del estilo de las telas típicas del altiplano, para mostrar otra cicatriz, en el lado derecho del tronco. De aquella experiencia solo recuerda que la vivió como un sueño, que se sentía como si le hubieran quemado y que pasaron cinco horas hasta que lo llevaron ante un médico. Después, se puso a ayudar a un curandero de Llallagua  y con él aprendió parte de lo que sabe.

“El Señor de Bombori, caído del cielo”, respondió el taxista que nos trajo hasta aquí cuando le preguntamos si conocía al curandero. “Le faltan tres dedos”, nos comentó mostrándonos la mano derecha. “Y es carero...”.  Lo de los dedos era una leyenda urbana. Lo del precio de sus servicios... no está lejos de la realidad: el costo tiene un número de tres cifras que se acerca  a una cantidad de cuatro dígitos. “Siempre he ayudado a la gente pobre”, dice. Ha aumentado el importe, explica, porque el material que usa (azúcar, velas, etc.) se ha encarecido en los últimos años. Además, el tratamiento que ofrece no es cosa de un rato: puede durar hasta un mes. Primero, don Santiago lee en la coca cuál es el problema de la persona. Muchas veces los pacientes son víctimas de alguna brujería, dice. Muestra un pequeño ataúd que adentro tiene un muñeco atravesado por numerosas agujas. Él mismo lo desenterró de un cementerio. Luego, hay que hacer una limpia con una khoa (tiene una kohería) y bañar al “enfermo” con hierbas como la ruda, la retama y el romero, que eliminan el embrujo. Eso lo hace en otra sala de paredes y suelo de azulejos y techo de vigas llena de imágenes religiosas, como un antiguo Cristo negro. En el piso de azulejos hay un rectángulo: es ahí donde el curandero baña al paciente, cuando es varón, o bien lo hace su esposa, Rosaura, quien también tiene don, si se trata de una mujer. Cuando es un matrimonio, ambos lavan a la pareja.

La imagen de Justo Juez, que ayuda a sacar a presos de la cárcel; el Niño Divino; Judas Iscariote, para encontrar lo que ha sido robado; las vírgenes de Urkupiña y Copacabana; José Labrador... son algunas de las efigies divinas del cuarto donde hace las sanaciones. También están Prudencio y Romualda Canaviri, dos ñatitas metidas en una urna en la que hay pequeños papeles con peticiones y algunas velas que les ponen los creyentes. Pero entre todas las figuras, don Santiago reza frente al Cristo crucificado de piel oscura, que está colocada hacia el Este: “Oh, poderosa cruz de Caravaca...”, comienza la oración.

También acude a la casa del paciente para hacer una mesa ritual, colocar rosarios, herrajes hembra y macho tras las puertas, enterrar una olla de barro con cuchillo y tijera...También mata una gallina negra para que se lleve a la tumba el maleficio.

Dice que hasta él llega gente de todo el país. Por eso está terminando de ampliar su complejo con un pequeño alojamiento. Además, la piscina servirá para hacer hidroterapia, ofrecerá sesiones de fisioterapia y tendrá un laboratorio de medicina tradicional, actividades que desarrollarán sus dos hijas mayores (tiene seis hijos y otro en camino): una es bioquímica y la otra fisioterapeuta. La idea es hacer una especie de hospital. “Estoy bien acreditado”, lo afirma mientras saca de un maletín diplomas y carnets: títulos de médico tradicional concedidos por la Universidad Mayor de San Simón, certificado de preparación de khoas, acreditaciones y documentos de asistencia a congresos...

Santiago y el rayo

Cuentan las crónicas coloniales que, durante la conquista del Cusco, Francisco Pizarro y sus tropas pidieron ayuda a Dios y su respuesta fue un rayo que trajo al Apóstol Santiago para luchar contra los incas. Desde entonces, los pueblos originarios de la zona identificaron al dios Illapa (deidad de la lluvia, el rayo y el trueno) con el santo patrón de España.

 Amautas, kallawayas y yatiris consideran que recibir un rayo o nacer con los pies por delante o con alguna malformación son señales de que una persona es elegida para ayudar a los demás. Y, por los años que lleva haciéndolo y porque hay que llamar para pedir consulta, parece que a don Santiago se le da bien. Es cuestión de fe.

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