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Del socavón a la pantalla argenta

El festival de cine independiente argentino celebró su versión 17 con la proyección de cortometrajes de jóvenes realizadores bolivianos.

La Razón (Edición Impresa) / Julio Céliz

00:00 / 31 de mayo de 2015

La cita es en una de las confiterías del Village Recoleta, en el corazón de este barrio porteño, que por algunos días respira cine: es una de las sedes del 17° Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (Bafici), uno de los más importantes en su tipo en Latinoamérica. Pablo Paniagua llega puntual al encuentro. Esta ciudad le resulta familiar, le conoce los tiempos, las costumbres y las mañas, porque aquí estudió Fotografía y Posproducción en la Universidad del Cine (FUC).

“Yo tenía escrito el guión, pero en ningún momento pensé en que el protagonista iba a ser un inmigrante ruso, lo había pensado para un latino. Pero la historia de Víctor Gourianov me impactó desde el inicio y decidí que sea él. Lo conocí acá, en mi época de estudiante. Mi primer contacto fue en una calle de San Telmo, de casualidad. Me interesó su rostro, su fisonomía. Me contó que era escultor, que había emigrado de la Unión Soviética a fines de los 80 al caer el muro de Berlín, cuando se quedó sin trabajo y viajó a Buenos Aires en busca de un futuro mejor. Nos hicimos amigos. Cuando lo conocí Víctor estaba solo, padecía una gran soledad”, recuerda Pablo, que regresó a la capital argentina para participar de la presentación en el Bafici de Despedida, su segundo corto, con el que ganó una mención del jurado.

Un trabajo que, de algún modo, es la continuidad de su primer corto, Uno, que también tiene a Víctor en el centro de la escena.

El primero dura siete minutos y Despedida, uno menos. “Es lo complejo de todo corto, en poquísimo tiempo tenés que transmitir una situación, una historia.Casi diría que son fotografías filmadas y una voz en off. Eso es todo y lo más difícil”, sostiene Pablo, de 29, quien hace diez años, cuando era momento de definir destinos, tenía un deseo: ser antropólogo.

Sin embargo, el hado le jugó una buena pasada: llegó tarde a la inscripción de la carrera y, de repente, se encontró con el 2005 por delante, libre y sin saber bien qué hacer. Pero como siempre le gustó la fotografía, pensó en el cine, casi como una forma de no aburrirse, de hacer algo, y se anotó en la Escuela de Cine y Artes Audiovisuales (ECA) de La Paz. Y de ahí a pensar en otras alternativas fuera de Bolivia. La elección fue Buenos Aires y la FUC, donde estudió tres años y medio, aunque la estadía se prolongó unos años más. Un tiempo muy productivo desde lo creativo y también lo gestivo: allí conoció a muchos estudiantes latinoamericanos y se sumó a un colectivo de cine empujado por jóvenes chilenos, brasileños, paraguayos y de otros países.

Durante esos años, Pablo regresó a Bolivia para trabajar en Hospital Obrero, de Germán Monje, y colaboró como asistente de cámara con Jorge Sanjinés en Insurgentes. En 2011 marcó su regreso a La Paz, donde organizó con otros cuatro jóvenes realizadores el colectivo Socavón Cine, que ganó varios premios internacionales. “Estamos tratando de encaminar nuestros proyectos. En Bolivia es complicado producir porque no hay planes de fomento oficiales ni tampoco privados. Casi todo es autogestionado”, cuenta el joven cineasta, que vive en la zona Sur, en el barrio Los Pinos.

No obstante, fue el desarrollo del cine digital en Bolivia el que le abrió a él, y a muchos otros cineastas, una puerta para hacer lo que más les gusta: filmar.

Pablo habla de lo digital como la democratización del cine. “Permitió que surgieran directores como Juan Carlos Valdivia, que participó de festivales muy importantes e hizo al cine boliviano mucho más visible en el mundo, y Miguel Hilari, director de El corral y el viento, que también integra Socavón y tuvo fuerte presencia en encuentros internacionales”.

Claro que para Pablo, moverse por las salas del Bafici, que concluyó el 25 de abril y finalmente coronó como mejor película de la competencia internacional a Court, del cineasta indio Chaitanya Tamhane que viene de cosechar premios en la última edición del Festival de Venecia, no es algo ajeno. Es más, asegura que se formó viendo películas en este festival y que siente un enorme orgullo de formar parte de su catálogo. Y no es para menos. Las cifras del Bafici hablan por sí solas: 380.000 espectadores en dos semanas, 412 películas de 37 países, 1.090 funciones comerciales (con el 85% de las entradas vendidas) y visitas internacionales como la de Isabelle Huppert.

Estos encuentros les permiten a los jóvenes realizadores, como Pablo, mostrar lo suyo. Pero este paceño de nacimiento también fue espectador y disfrutó de principio a fin con Victoria, producción alemana de dos horas y media; La mujer de los perros, argentina, y La obra del siglo, de Cuba, entre otras. Y se capacitó: fue el único boliviano que participó en la décima edición del Talents Buenos Aires, organizado por la FUC, en el marco del Bafici, que propuso cinco días intensos a puro workshops, masterclasses y proyecciones. Una cita que convocó a 72 jóvenes de América del Sur entre directores, guionistas, fotógrafos, montajistas, productores y otras profesiones, seleccionados entre más de 1.700 postulantes.

Nueva vida

A poco de terminar la entrevista con Pablo, la sonrisa de Kiro Russo lo dice todo. Acaba de concluir la proyección de Nueva vida, su tercer corto. Ahora es el momento de una pausa, de sentarse en el hall central, ahí nomás donde la gente va y viene de las boleterías, y hablar de su pasión. “Siempre se tienen dudas sobre cómo se verá en la pantalla grande, pero mi sensación fue buenísima, veremos qué dice la gente”, afirma Kiro apenas se acomoda en la silla.

Y que Pablo esté sentado a su lado no es casual. Son amigos, Pablo estuvo a cargo de la fotografía de todos sus cortos y comparten su tiempo e ilusiones en Socavón Cine. Ambos sonríen cuando Kiro, especializado en dirección en la FUC, habla de su primera vez con una cámara, a los 17 años, en épocas de rockero metalero e ilusiones de hacer un documental. “Me daba mucho miedo preguntarle a la gente, hacer entrevistas, pero poco a poco se fue haciendo algo habitual. Iba casa por casa, tocando la puerta de los vecinos, preguntando si podía filmarlos. En ese tiempo compré una mini DVD y me fijé una tarea: filmar todos los días. ¿Qué salió de todo eso?. Algo terrible, que por suerte no sé donde está”, dice con una sonrisa.

El tiempo pasó y hoy lo de Kiro, también paceño y de 30 años, no pasa inadvertido. Su corto Juku, que se interna en las profundidades de la mina Posokoni, en Oruro, se estrenó en Sundance, ganó varios premios internacionales y llegó a San Pablo, Toulose, Berlín, Lisboa y Barcelona, entre otras ciudades. La diversidad, ir a los extremos, es lo que más le gusta a Kiro. Algo que el cortometraje le permite transitar con total libertad. “Mis trabajos son bien radicales. El cortometraje es el mejor lugar para jugar y hacer realmente nuevas búsquedas, pero no hablaría de cine experimental, que remite a otras cuestiones. No filmo para divertir, sino para explorar. Mis cortos juegan con el montaje, la velocidad, el tiempo, el ritmo, la oscuridad, la luz”, cuenta Kiro, que en Nueva vida propone planos muy largos de un edificio, en una historia que en realidad hay que encontrarla, que se cuenta a escondidas y con mucho de vouyerismo. “El corto es como un cuento y el largometraje, una novela, cada cual con su lenguaje muy propio. Sí, claro, mi gran desafío es filmar un largometraje. Desde hace cuatro años vengo trabajando en Viejo carabela, que también transcurre en una mina. El desafío es no estereotipar la figura del minero y todo el folklorismo que lo rodea, más allá de la dureza de su trabajo. Fui muchísimas veces a la mina, tengo amigos que trabajan allí. Estamos con muchas ganas, pero no es fácil”, explica.

Es que más allá de las buenas ideas y proyectos, el gran contratiempo es la financiación. “Aquí hablamos con muchos amigos sobre la forma de conseguir fondos y coincidimos en que los presupuestos que hoy maneja el cine son absurdos. Todos apuntan a megaproyectos, al cine megaindustrial, en el que 100.000 dólares son centavos, pero para nosotros representa una fortuna. Eso está muy bien para Hollywood, pero nuestra responsabilidad es abrir nuevos lenguajes, otras formas de hacer cine acorde con nuestras posibilidades. Un cine más modesto, si se quiere, pero no por eso de menor calidad”, sostiene el director.

Así, en campaña para conseguir fondos y con algún dinero guardado producto de los premios internacionales, el sueño del largo tiene fecha de inicio: comenzaría a filmarse a fines de 2015 con el apoyo de Socavón Cine, en esa apuesta colectiva de hacer la mayor cantidad de películas a bajo costo y con sello propio. “Con Pablo nos conocíamos de vista en La Paz, en la universidad nos hicimos amigos. Buenos Aires se ha convertido en punto de encuentro para una gran cantidad de cineastas jóvenes de Latinoamérica, que está estudiando y haciendo cine. Pero también la FUC hace mucho, dice Kiro, “facilita a sus ex alumnos todos sus equipos técnicos. Y eso es mucho. Yo, por ejemplo, estoy mejorando el sonido de los cortos”.

Claro que el primer descubrimiento se dio en el Colegio Internacional del Sur. “Era un colegio de medio pelo (sonríe), pero teníamos clases de comunicación social en las que te enseñaban a manejar cámaras y esas cosas. Ahí aprendí, a los 16 años, que el cine conllevaba a todas las artes, que era perfecto, y que debía ser parte de mi vida”.

Dayana, la reina

Primavera, un corto de 16 minutos que muestra a Dayana, una niña del pueblo de Caracota que es elegida reina de la Primavera, fue otra de las llamadas a representar a Bolivia en el festival. Joaquín Tapia es el guionista y director de este trabajo, su primer corto, en el que también colaboraron Gilmar Gonzales (sonido), Simón Avilés (dirección de fotografía) y Miguel Hilari (montaje), que no tiene afán etnográfico y transcurre en un campamento minero a cuatro horas de Potosí. “Tenía un tío que trabajaba allí y cuando se enteró de que estaba escribiendo un guión me dijo que visitara Caracota, que podía ser un lugar interesarme para filmar. Nos gustó harto y empezamos”, explica el cineasta vía telefónica desde Bolivia.

Sin embargo, antes de llegar al Bafici, Primavera fue estrenada en el Festival de Cine Radical de La Paz, en agosto del año pasado, y de allí a las ligas mayores: fue seleccionado junto a otros 18 cortos de todo el mundo para competir por el Oso de Cristal en el Festival de Berlín y, en paralelo con la muestra porteña, también se proyectó en la ciudad alemana de Tungeln.

Joaquín coincide con Kiro y Pablo acerca de lo complejo que resulta filmar en Bolivia, una realidad que no desentona con el resto de los países del continente. Sin embargo, no se desanima y dice: “Se puede. Primavera se hizo con 300 dólares. Nos prestó casi todo el equipo, la cámara, la grabadora de sonido, solo pagamos a los actores principales y el dinero de la gasolina para llegar hasta la mina. Es un gran esfuerzo, pero se puede hacer cine con poco dinero”. La cámara de Joaquín hace foco en Dayana, que vive alejada del pueblo, debe recorrer varios kilómetros para llegar a su escuela y ayuda a su abuela a cuidar las cabras de su corral.

La preparación de la niña para la coronación anual de la Reina de la Primavera, en septiembre, y el baile final con su amigo Wálter son parte de esta propuesta de la que participó buena parte del pueblo. “Es un documental ficcionado. Me gustan los planos largos y dejar la cámara quieta mucho tiempo para que surjan momentos más naturales y espontáneos. Muchas veces la cámara intimida, es violenta, es invasiva. Esa espontaneidad que buscaba quedó muy bien reflejada, sobre todo en la fiesta, el tramo de la película que más se desprendió del guión”.

Sin demasiada idea de cómo aplicar a los festivales internacionales, un ítem en el que recibió la ayuda de cineastas más experimentados, Joaquín manifiesta que está feliz con haber filmado su primer corto, más allá de la presencia fronteras afuera.

“Lo digo sin ánimo de ser pedante o irrespetuoso. Estoy orgulloso de haber sido seleccionado en tantos lugares, pero lo que más felicidad me da es haber hecho bien mi trabajo”, asegura el cineasta convencido.

Vecino de La Paz, Joaquín estudió Literatura al salir del colegio, luego ingresó en la ECA, participó del Taller de Montaje de su amigo Gilmar Gonzales y hace poco fue asistente de producción en una película de Jorge Sanjinés. Cumplió 24 años y junto a Pablo, Kiro y otros jóvenes cineastas bolivianos motoriza Socavón Cine, esa usina que alimenta la pasión por seguir filmando historias.

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