Escape

El sonido imperfecto de la soledad

Para Amaru, la música es un lenguaje franco y global, un léxico que todo el mundo comprende.

Amaru Villanueva Rance, 29 años, director del Centro de Investigaciones Sociales de la Vicepresidencia de Bolivia. Empezó con el instrumento ayudando a su padre Adrián, músico. Foto: Álex Ayala

Amaru Villanueva Rance, 29 años, director del Centro de Investigaciones Sociales de la Vicepresidencia de Bolivia. Empezó con el instrumento ayudando a su padre Adrián, músico. Foto: Álex Ayala

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala

00:00 / 14 de diciembre de 2014

Una quena es un aerófono con raíces prehispánicas muy utilizado entre los conjuntos folklóricos del altiplano. Se elabora comúnmente en caña o madera. La más tradicional tiene siete orificios: seis al frente y uno atrás, para el pulgar, aunque también las hay con menos, así como de plata o hechas de hueso. Su uso se ha extendido sobre todo en la región andina. Su vibración es intensa, como la de una poderosa estampida. Y cuando tiembla, da la sensación de que millones de universos minúsculos se condensan y se expanden en unos segundos, como el oxígeno en los pulmones para mantenernos vivos.   

Las dos quenas que acaricia ahora Amaru Villanueva Rance —29 años, cuerpo menudo, brazos cortos como los de un playmobil, voz grave, dicción segura, sombrero a juego con la camisa— las hizo su padre, Adrián, fabricante y músico. La primera se la regaló hace dos años, en su cumpleaños, y es sencilla —“la de un principiante”, aclara Amaru—. La segunda, de palo santo, se la dio al año siguiente, y es más elegante y fina.

Cuando era niño, Amaru le ayudaba a Adrián a producir los tubos (es decir, la columna vertebral que transporta el soplido). En algunas fotos que me acaba de mostrar su padre, el pequeño Villanueva tiene sus dedos sobre un serrucho y una pierna en posición de contorsionista para hacer fuerza. En aquella época —comenta Adrián—, su hijo también lo apoyaba al templar las quenas: escuchaba desde la cocina y le decía si las notas le parecían altas o muy bajitas; y en sus ratos libres calculaba cuántas debía construir para comprarse una casa. “Eran algo así como 10.000”, ríe su padre con ganas.

Pasó la infancia y Amaru comenzó a interesarse en las bicicletas BMX, en el punk, en las fiestas, en los videojuegos. Y desterró las quenas de su imaginario así como se desechan los zapatos viejos. A los 26, entró a trabajar en Silicon Valley (Estados Unidos), la cuna de la revolución digital.

Allí, reconocían su talento y ganaba bastante dinero. No había razón alguna para escapar de la burbuja que lo secuestraba. Hasta que un día sucedió lo inevitable: unos amigos de su padre que se habían instalado en San Francisco lo invitaron a tocar, él aceptó y la experiencia fue una revelación repentina: había llegado la hora de retornar a Bolivia. “Por aquel entonces —explica Amaru—, una buena amiga me decía: ‘Tu espíritu ya está allá, solo hace falta que tu cuerpo lo siga’”.

Mamá Florencia

Su reencuentro con el soundtrack de su niñez tuvo lugar en un festival de flautas, en Argentina. “Allí hice dúo con mi papá y la conexión fue muy especial. Creo que tengo predisposición genética, una memoria ancestral. Mi madre cuenta que, cuando estaba en su vientre, escuchaba las mismas canciones que ahora interpreto. Piensa que la quena habita en mí, que aunque en cierto momento la sentía lejos jamás me desprendí de ella”.

Algunas de las escenas más emotivas de la historia de los Villanueva están muy vinculadas a este instrumento de boquilla oblicua que se ablanda a golpe de labio. En el entierro de su abuelo, por ejemplo, formó parte del cortejo fúnebre. “Mi padre lo hacía sonar mientras metían el ataúd en el nicho —recuerda—. Y quizás por eso yo lo asocio con la soledad”. A veces, Amaru camina con su quena por los miradores de La Paz hasta hallar un buen rincón para estar con ella; y otras, entre las tumbas del cementerio, donde en Todos Santos le suele dedicar a su abuela Mamá Florencia, una composición de su padre que afronta con los ojos entornados y el gesto contenido de un mimo tímido.

Para Amaru, la música es un lenguaje franco y global, un léxico que todos comprenden. “La Chacona, de Bach, transmite tal desolación que Brahms expresaba en una carta que se habría vuelto loco si hubiera concebido una pieza parecida. Con las escalas menores de los huayños sucede algo similar”, asegura. Y con las quenas, a veces, ocurre lo mismo: son nostálgicas y dulces, como un abrazo íntimo. Te trasladan a un espacio-tiempo que nadie en el mundo contemporáneo ha conocido. “Te hacen evocar a cientos de personas (siglos atrás) con sus atuendos rudimentarios, actuando al unísono”.

En sus orígenes, la quena era un instrumento de invierno y su timbre no era tan melódico como el actual. “Era imperfecta —evidencia Adrián, que colecciona algunas que imitan a las primigenias—. Pero muchas juntas se oían como un rugir de tigres”. Una de las que le obsequió a su hijo también es un tanto burda: lleva un remiendo que utilizó para que uno de los agujeros quedara en el lugar correcto, y su embocadura es atípica.

Pero para Amaru en esos detalles mínimos se asienta buena parte de su belleza.

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