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Una tacita de té para el corazón y contra la panza

La fascinación de los chinos por mi barriga fue igual a la mía por sus variedades de té.

Tazas de té. Foto: Miguel Vargas

Tazas de té. Foto: Miguel Vargas

La Razón (Edición Impresa) / Miguel Vargas Saldías

01:56 / 27 de septiembre de 2018

Tienen dos horas para atravesar la Ciudad Prohibida”, nos advirtió el guía turístico. Yo decidí hacer el camino alejado del grupo y tomarme mi tiempo, pues desde que había llegado a Beijing, la práctica más común era caminar y, con mis más de 100 kilos encima, no era cosa sencilla. 40 grados centígrados de sensación térmica. Todo sudoroso recorrí los enormes patios que había visto en películas. Cuando tomaba un descanso, no faltaba el amable chino que me daba la mano y me saludaba. “Le debo parecer conocido”, me dije. Al salir del palacio esperé a que mis compañeros de viaje terminen el recorrido hasta que un señor de cabeza canosa me pidió, con señas, tomarse una foto conmigo. “OK”. Luego se acercó la que supongo que era su esposa y repitió la acción. Cuando un tercer chino se acercó me percaté de que había una fila de unas 10 personas para retratarse conmigo, muchas de las cuales pusieron una mano sobre mi voluminosa barriga. Es que casi no hay gordos en China.  

Barrigas, de las estándar, se ven todo el tiempo: con el calor de verano, los hombres no ven mejor forma de refrescarse que subirse la camiseta a la altura del pecho para que la espalda baja se refresque, dejando a la vista el vientre. Prominente, el estómago de una de las encarnaciones de Buda —que abunda en la feria de Alasita—  es símbolo de buena fortuna. La mía, aún más grande, era motivo de sorpresa y regocijo. Y me sirvió para adentrarme en el mundo del té.

Espere…

“Té gratis”, me dijo el vendedor de una tienda de infusiones sin lograr convencerme hasta que replicó: “Con este té desaparece la barriga”. Entré a su tienda. Sentados ante un mesón de piedra, comenzó con el ritual de lavar la vajilla con pinzas y preparar diferentes tipos de té. “Aquí lo tomamos todo el día, por eso no somos gordos”, me explicó en inglés mientras me ofrecía una taza de té verde, ideal para la circulación y poderoso contra la obesidad. Después probé las variedades Oolong (té fermentado), blanco, rojo y amarillo, cada uno con diferentes propiedades curativas y la mayoría para dar energía y combatir el estrés. La delicada vajilla era un lujo: comprar un juego para usar en casa fue casi una obligación.

La cata cerró con una variedad de tés florales y frutados que incluyeron crisantemo, hibisco y jazmín. Me traje muchas variedades a Bolivia, con la esperanza de que la panza baje un poco, a pesar de tanto chicharrón.  

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