Escape

Con los tacones bien puestos

Los ucranianos Kazaky inspiraron a Vitryaz, cuatro jóvenes paceños que con estética y baile andróginos buscan romper clichés

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 03 de noviembre de 2013

Yoko se quedó mirando unos botines negros de media caña con cordones y tacón de unos 12 centímetros, con terraplén, y le encantaron. “Disculpa, es una tienda para mujeres”, le dijo el hombre de la caja. “Sí, pero yo me los quiero comprar”, le respondió él señalando los zapatos. Las tres vendedoras lo miraban extrañadas. Les preguntó si conocían al grupo ucraniano Kazaky: cuatro hombres que cantan y bailan subidos en sus taconazos. Y una de ellas, emocionada porque sabía quiénes eran, se puso a conversar con Yoko y le acercó el calzado para que se lo probara. “Lo mismo me ha pasado en todas las tiendas: ‘Es de mujer’. ‘Pero me lo quiero comprar yo’”, cuenta este paceño de 20 años.

Su nombre es Jonathan, pero le conocen como Yoko desde hace años porque siempre decía: “Yo conozco…” y eso derivó en su apodo. También es su nombre artístico como componente del grupo Vitryaz junto con Sunev (David), Ireul (Juan) y Alice (Alejandro), cuatro veinteañeros que bailan con tacos siguiendo el estilo vogue femme, que surgió en el barrio neoyorquino de Harlem en la década de los 80. Una de sus mayores precursoras fue Madonna con el videoclip de la canción Vogue (1990). Ahora, vuelve a estar de moda, si es que se puede decir así. Los Kazaky, la gran inspiración para Vitryaz, tienen buena parte de culpa desde que comenzaron a sonar en 2010; también son parte de la corriente el francés Yanis Marshall y los australianos Vogue Dance Crew, cuentan los chicos sentados en los sofás del Open Mind, un bar de ambiente en Sopocachi. La pista de este boliche varias veces ya ha sido escenario de estos bailarines.

Yoko, David, Juan y Ale tienen sus anécdotas sobre la compra de zapatos con tacos, que no los usan por el hecho de que sean bonitos, sino porque son su herramienta para hacer “algo dinámico y loco”.

Yoko y Juan se conocieron años atrás a través de las redes sociales y luego se reencontraron en la Universidad Católica estudiando lo mismo, Diseño.

Coinciden en que el hecho de pararse en la sección femenina de una zapatería les generaba, hasta hace unas semanas, una sensación extraña. Hasta entonces, utilizaban tacones que le prestaban su amigas, pero llegó el momento de adquirir los propios. Y tenían vergüenza porque ellos mismos, dicen, estaban bajo el influjo de los roles de género. “Preguntá”. “No, preguntá vos”. “No, entrá vos”, discutían los dos ante la puerta de las tiendas. Ya adentro, con la boca pequeña, preguntaban: “¿A cuánto están ésos?”, bajo la mirada extrañada de las dependientas.

“¿Por qué?”, fue la respuesta de una vendedora cuando Juan le pidió unos zapatos altos y sobrios, al estilo de los que usan él y sus compañeros. Le habló del videoclip Girl Gone Wild de Madonna (en el que Kazaky acompaña a la reina del pop) y, entonces, se rompió el hielo. “Lo más extraño fue cuando me los estaba probando en la sección de mujeres y las señoras me miraban: ‘¡Dios mío!’. Y había una que se puso la mano en el pecho (los cuatro se ríen). Era bastante mayor… Y yo de paso hice así”, relata, y estira la pierna como para verse mejor el pie. Yoko asegura: “Cuesta romper eso, hay timidez, pero una vez que lo cruzas… ¡Chicos, vamos a comprar tacos, o accesorios...!” Ya no importa el “qué pensarán”.

Juan y Yoko llevan apenas un año subidos a un par de zapatos altos. “Yo los uso desde que tenía 15”, interviene Ale. Prestados, claro. Y se los ponía hasta para ir a la universidad, dejando un reguero de miradas curiosas tras su taconeo. “Yo me divierto comprándolos porque entras a la tienda y te miran raro porque estás en la sección de mujer. ¿Qué tiene de malo?”. Cuando encuentra un par que le gusta, lo pide. “Quiero probármelo”. “¿Seguro?”, le dice la tendera. “Amo comprar tacones porque me divierto viendo las reacciones de las personas y experimentando esa interacción”, cuenta.

David adquirió unos tacos por primera vez cuando estaba en colegio. Comenta que siempre ha admirado a las mujeres fuertes, como las súper heroínas. “Le estaban sacando la mugre a un tipo pero tenían looos tacos”. Con 15 años se fijó en unas botas altas con tacones de madera que vendía un zapatero de la plaza Eguino. “Me gustaría mucho usarlas pero me da miedo”, le confesó a la amiga que lo acompañaba. Y es que el bullying era habitual para él que, entonces, marcaba la diferencia con los otros alumnos: solía ponerse rímel y se pintaba las uñas de negro; en vez de la reglamentaria chompa azul marino llevaba una chaqueta de cuero. Finalmente, se atrevió a comprar aquellas botas. “En el momento en que me las he puesto me he sentido taaan bien…”, y recuerda cómo le encantaba hacer sonar sus pasos con los tacos de madera, llegar al colegio y que a la regenta casi le diera un síncope al verlo. No olvida que recibió alguno que otro comentario negativo, pero no hizo caso.

“Indistintamente de la opción sexual que tengamos, lo que hacemos es arte”, expresa Juan. “¿Qué más nos pueden decir? ¿Gays?”. El grupo se ríe. “Soy alegre, porque eso es lo que significa, por si no lo sabías”, apunta David. “Como expresamos nuestra esencia, en vez de sentirnos inseguros y vulnerables, nos sentimos más fuertes, a pesar de lo que nos puedan decir”.

Porque los cuatro son gays, algo que, todavía, no resulta fácil de contar ni de tolerar para algunos. Aseguran que sus amigos lo aceptaron sin escándalo, pero con la familia... la historia no es tan sencilla. David se lo confesó a su madre cuando tenía 14 años, una edad especialmente difícil, dice, porque entonces dependía de ella. Y su reacción fue: “Ya lo sabía, me cuesta, pero lo sabía”. Los demás coinciden en que les pasó algo similar. Con los padres es más complicado y, aunque aún están en fase de normalización con ellos, es habitual que mamás, papás, hermanos... vayan a ver sus espectáculos. Incluso, la madre de David repasa con él los pasos de sus coreografías y le indica cuando se equivoca. “Es un gran apoyo emocional”.

Ale y Juan se conocieron en el centro cultural sopocachense Ciudad de Tierra. Allí, Ale desfiló con tacos y a Juan le encantó. Luego, una profesora de la universidad le pidió a él y a Yoko que prepararan un espectáculo e, influenciado por Kazaky, Yoko (Juan no se atrevió) bailó con tacones. “¡Dios mío! Esto va a ir un poco más allá. No va a ser sólo cuestión de un hobby”, pensó Ale al verlos.

Entonces empezaron a ensayar en un centro cultural gay, Vox, en Miraflores. Y un día conocieron al cuarto elemento. “Llegué al café y ellos estaban ensayando”, recuerda David. “Y se notaba en sus ojos: ‘Chicos, quiero bailar con ustedes’”, sigue contando Yoko, entre las risas de los demás. Dicen que sin David serían un desastre. “Desde pequeño me gusta mucho la imagen, pero por el lado artístico más que por el superficial, o sea, expresarse a través de lo exterior”.

En Vox fueron progresando con la ayuda de los transformistas que acuden al local. Fue allí, el 3 de mayo (se acuerdan perfectamente de la fecha) cuando hicieron su primera presentación en el Festival de Danzas, aunque entonces sólo bailaban con tacones Ale y Yoko (los otros dos usaban botas). También desfilaron el Día del Orgullo Gay: Juan salió de algo así como bufón militar; Yoko, al estilo Kazaky pero inspirado también por videos de Lady Gaga y Lana del Rey; David, de kunoichi (mujer ninja); y Ale quería ir de virgen algo peculiar, con uñas largas, tocado con puntas, estética en blanco y negro... pero le faltó tiempo para hacerse la aureola y todo el mundo creyó que era la Estatua de la Libertad. Entre carcajadas, cuentan que la gente creyó que eran la Liga de la Justicia gay...

Después de Vox y un par de veces en Open Mind llegó la oportunidad de presentarse en la Cinemateca. Y, también, les entraron los nervios. “Ya no iba a ser algo cerrado donde estuviéramos en nuestro círculo de confort, sino algo para darnos a conocer al público”, explica Juan. David les confesó a sus compañeros: “Chicos, tengo miedo de salir en tacones, por ahí nos insultan, o nos abuchean”. Pero... “¡Nos aplaudieron!”, exclama Juan.

Y empezó a gustarles eso de ser el centro de atención. “Fue representar a una comunidad, ya no estar dentro de (ella)”, comenta David. Pero, con el paso del tiempo, han llegado a la conclusión de que no quieren ser la parte institucionalizada del colectivo TLGB. “Más bien queremos romper y crear un nuevo sistema que sería, simplemente, el de por qué chicos con tacones no pueden bailar libremente en cualquier lugar”. Y acabar con los roles de género establecidos. “¿Por qué un hombre no puede menear las caderas? ¿Por qué sólo tiene que bailar moviendo los hombros?”, plantea Juan. También “dejar de ser el Frankenstein de TLGB y ser una nueva especie mitológica que la gente admire”, sugiere David.

Pero aún tienen que combatir ideas como que, por el hecho de bailar con tacones, son travestis. “No soy transformista, simplemente me pongo tacones, me gusta usar ropa de mujer, pero no voy más allá”, dice Ale.

Su último gran salto ha sido actuar en el templo del rock paceño, el Equinoccio. “A mí me encantó que mujeres también me miraran”, reconoce David. Hace dos sábados regresaron al Open Mind. Entre los “fiu fiu” también se oía decir que no había por qué maravillarse por el hecho de que sean hombres que bailan con tacos. Cierto: su mérito es que lo hacen, a pesar de los tabúes y de las críticas. Como dice Alaska: “Y a quién le importa lo que yo haga...”.

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