Escape

En el teleférico

El Cara Conocida realizó un viaje furtivo a su hoyada donde descubrió los nuevos atractivos de la ciudad.

La Línea Roja del Telférico. Foto: El papirri

La Línea Roja del Telférico. Foto: El papirri

La Razón (Edición Impresa) / El papirri

00:00 / 11 de octubre de 2015

Amo mi ciudad, la casa que nunca tuve. Amo volver a mi La Paz aunque sea por dos días, amo irme aunque sea para siempre. Con mi amigo Alfonso tomamos un “tacho” hasta la Plaza España e ingresamos a la parada de Mi Teleférico, Línea Amarilla, de subida. La parada era bien paradora shempre, tenía la pinta del metro de Barcelona, con unos rulos tecnológicos que me hicieron recuerdo a algunos trenes suizos. Destacar que es muy atento el personal, jóvenes y jovencitas bien preparados en el trato humano, impartiendo normas, saludando y ayudando a los más k’aibitos. Compramos rápido el boleto, eran las 10 de la matina y el cielo paceño se veía esplendoroso, con pecas de nubes. El boleto a tres bolivianit’s. Entramos y todo era nuevo, bien cuidado. Entonces apareció la cunita voladora que no se para nunca, la cajita segrega en circular, perenne, y le da fluidez sanguínea a mi ciudad. Te trepas como a las escaleras mecánicas, calculando un poquito el paso. Así entramos, los dos solos con el Alfonso, a la cunita voladora de los supersónicos, la emoción era tan grande que me hizo acordar cuando conocí la mar.

Entonces la cunita empezó a subir en un silencio gozoso, en una velocidad de disfrute, llegó Tembladerani con sus anafes, la cancha de los del frente, las calaminas condecorando el día, una señora lavando a su guagua en bañador, otro cuate se teñía el pelo bailando kullawada, llegamos a la parada de Cotahuma en 16 minutitos. Una pareja de jóvenes alteños trepó a la cunita, medio autistas, metidos en sus celulares. De pronto llegó la subida espectacular raspando la ladera Este, los micros y taxis eran de juguete, un edificio alaraco mostraba su k’alancha; entonces se cruza otra cunita supersónica por mi nariz, saludo a los vecinos, nadie me da bola, será por mi sombrero de cocalero, suena un yaaaaaa paceño súbito de los jóvenes al ver algo en el celular de ella, estamos casi parados, a lo Yanacocha pero sin traumas, todo bien, tranquilo, sigiloso. La cunita aterriza en El Alto, en Satélite, bajamos un ratito a respirar el aire más puro de los Andes, entonces decidimos volver nomás a la hoyada.

La Amarilla de bajada es más espectacular todavía, una señorita blancona se sienta a mi lado, me mira, se asusta, ¿Don Papirri??? Una selfi por fa, mi mamá no me va a creer!! Ya jefa, pero no la publiques, van a decir que no trabajo. Entonces de la parada de la Plaza España llega el vuelo enfático por la Línea Verde encima de la Kantutani, volamos por la piscina de Alto Obrajes, volamos encima de mansiones espectaculares por la Humboldt, volamos y una señora se cambia pollera, volamos y vemos la serpiente del Choqueyapu, volamos aterrizando felices en Irpavi. Con seis bolivianos le cascamos Plaza España, Satélite de ida y vuelta, de allí a la curva de Holguín, hasta Irpavi. Son más o menos las 11.00, hora de una salteñita, gruñe mi estómago chuk’uta, todo es magia en mis ojos, ahora caminamos por el Colegio Militar, en un par de cuadras estamos en Calacoto.

Entonces tomamos un minibús que nos deja en la Arce, almorzamos algo deli (extraño profundamente el sabor de las cosas de mi tierra) y en la tarde, a conocer la Línea Roja. Cuando llego a la exestación no puedo creer lo linda que está, me ataca el recuerdo, desde allí partíamos en tren con toda la family, era viernes, cuatro días de chucuchucu hasta llegar a Tucumán. Compramos el boleto, son las cuatro de la tarde, entonces la cunita voladora nos lleva en vuelo conmovedor por encima del cementerio, una ciudadela profunda con el áurea de Jaime Sáenz late abajo, se ve la tumba de Villarroel, el descanso florido del compadre, se ven los mausoleos patrimoniales, las tumbitas con tejas, el vuelo es dramático, entrañable, corto (¿unos 10 minutos?), la tarde quiere caer; estación 16 de Julio!, grita un k’asa ventana, nos bajamos un rato en la 16, estiramos las patas, vemos mi amada La Paz abajo, con su espíritu vital latiendo con fuerza aymara, entonces la bajada de la Roja hacia la estación de las almas es de una emoción que me hace lagrimear. Veo la tumba de mis padres, gloria a villa balazos! se me sale, moqueando. Entonces un ch’uta de algún preste cercano al cementerio quiere entrar a la cunita, está medio mareadito shempre, casi se cae, protesta, el personal lo calma, le da un cafecito y lo despacha nomás, “no se puede entrar mareado joven, más te vas a marear”, le dice la joven funcionaria y el ch’uta se va bailando con sus dos cholitas invisibles. Viene otra vez el vuelo suave, raspamos un par de árboles añejos, La Paz atardece de azules, las laderas se pintan de estrellas, soy feliz, profundamente feliz. Como buen paceño agradezco silenciosamente a Evo Presidente por esta obra monumental, extraordinaria, con tecnología de primera, que el 21 de septiembre premió a su pasajero 30 millones en solo un año de funcionamiento. Y llegarán seis líneas más. Uy cará. ¡Viva La Paz

(*) El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

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