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La tierra prometida

En 2007, 15 comunidades guaraníes recibieron tierras en la frontera. ¿Puede haber futuro en un lugar arrasado antes por una guerra?­­

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala Ugarte

00:00 / 15 de diciembre de 2013

La tierra prometida no es ningún vergel. Es una llanura árida del tamaño de Nueva York en la que apenas crece pasto. En la tierra prometida no hay un solo pueblo. Y a su alrededor hay apenas unas cuantas haciendas cuyo mayor patrimonio es un puñado de vacas que lucha por sobrevivir entre sequía y sequía. En la tierra prometida habitan sólo seis personas: una pareja, dos de sus hijos y dos solteros que suelen cazar para distraerse. En la tierra prometida no hay agua: la precipitación pluvial es allá de unos 300 milímetros al año, como en un desierto; y apenas da para empapar un poco el suelo. En la tierra prometida los árboles que hay casi ni dan sombra. En la tierra prometida todavía no hay alojamientos, ni escuelas, ni plazoletas, ni iglesias. Tampoco, un centro de salud. En la tierra prometida, hasta hace algunos años, no había absolutamente nada.

La tierra prometida tiene nombre: Yembiguazu, que en castellano quiere decir bajada interminable. Nació en 2007 luego de la titulación de más de 90.000 hectáreas en favor de las comunidades indígenas guaraníes del municipio de Macharetí —perteneciente al departamento de Chuquisaca—. Es hoy un recinto piloto en el que se cría ganado criollo. Ocupa una ancha franja fronteriza en el Chaco, a 17 kilómetros de Paraguay. Y se comunica con el “exterior” gracias a un potente radio operador —el único en la zona— que permite a los colonos anunciar de rato en rato que siguen vivos.

En la tierra prometida, esos mensajes esporádicos tienen más sentido que en ningún otro rincón de Bolivia. Allá, el clima es asesino: 50 grados de temperatura en la temporada caliente; menos de ocho en la fría. Las planicies aburren. El viento está loco.

“Y si te pica una víbora, te puedes dar pronto por muerto”, comenta Leo Castro Céspedes, 44 años, shorts a cuadros, cabello corto, manos con dedos como chorizos.

Leo casi siempre está rodeado de guaraníes —en este momento, lo acompañan dos, ambos acullican con ansiedad hoja de coca—; y podría pasar por un guaraní más si uno no lo conociera. Pero no lo es. Él es un caray (un “hombre blanco”) que ha sido contratado como técnico por el máximo organismo guaraní, la Capitanía, para hacerse cargo del Centro Ganadero Yembiguazu, es decir, para manejar los destinos de la tierra prometida.

La gran aventura

En Macharetí, las comunidades guaraníes son 15: Carandaycito, El Vinal, Totoral, Timboicito, Isipotindi, Tatí, Macharetí Central, Macharetí Estación, Tiguipa, Tiguipa Estación, Tentamí, Tayirenda, Yuki Kaipependi, San José y Ñancaroinza. Entre todas hicieron posible la carretera a la tierra prometida. “El terreno lo tuvimos que localizar con GPS —resume Leo, que no ha dejado un segundo de sudar por culpa de un calor pegajoso y cicatrizante—. Fueron seis meses de faena intensa para hacer brecha, para levantar alrededor de 18 kilómetros de pista. Ya había senderos que habían abierto un tiempo atrás algunas petroleras. Pero no hasta Yembiguazu. La gente que trabajó acá lo hizo todo a puro brazo: con azadón, con hacha y con machete. No se utilizó maquinaria pesada”.

En Yembiguazu, al principio se vivía bajo toldos, bajo carpas. Y el agua había que tomarla de los atajados —diminutas lagunas artificiales para acopiar lluvia— de las propiedades vecinas. Para regalarse un trago, uno debía andar a veces 10, 15, 30 kilómetros de distancia. “Animales y personas bebían de un mismo sitio”, acota Leo.

Luego, se construyó un galpón que ofrecía un mejor cobijo. Y a continuación, el pozo, que tuvo que sumergirse 230 metros para robar algo de líquido a un terreno huraño e implacable, y las viviendas: dos ambientes mínimos, de tres por cuatro, que sirven para poco más que el descanso nocturno, pero que allá son un lujo.

En la tierra prometida, no hay electricidad y se cocina a leña, en una olla común que abastece a todos por igual y que se vacía pronto porque siempre hay hambre. Los cubiertos son un utensilio extraño: se cuenta con los justos para las seis almas en pena que cuidan el punto fronterizo. Y cuando hay visitas, lo que en la India es un símbolo de etiqueta        —comer con las manos— se convierte en un acto impulsado por la necesidad.

La dieta suele estar compuesta por granos como el maíz, el arroz o el poroto y hortalizas como la papa o la cebolla, alimentos que dan fuerza para afrontar las tareas del campo. “Hay cosas, como el tomate, que no se consumen porque se dañan rápido —señala Leo—. Y las provisiones las suelo llevar yo desde Macharetí cuando viajo. No me queda de otra. Porque el suelo en Yembiguazu no es bueno para el cultivo”.

Leo se traslada a la tierra prometida en un cuatro por cuatro un par de veces todos los meses —cuando lo hace, se queda una o dos semanas—. Y en el auto, además de víveres, transporta medicamentos para las emergencias: “calmantes para los dolores de cabeza y para los músculos, pastillas para las infecciones internas. Son importantes. Cuando no hay, uno tiene que aguantarse o curar las diarreas con mate y el dolor de muelas con coca, que sirve como anestesia”.

Hoy, debía haber salido para allá —y nosotros con él— porque tenía que carnear una res para la fiesta de aniversario de la Capitanía, que se celebrará en unos días. Pero no ha podido ser porque llovió y la vía está con barro. “Como la topografía es plana, se estanca el agua y es difícil pasar”, dice. Se trata de una ruta sólo para aventureros.  

La gran marcha

A los guaraníes de Macharetí, se les ha dado mucho en la última década: ONG e instituciones de todas las siglas y los colores imaginables les han comprado tierras —a veces mejores, a veces peores—. Les han ayudado a armar sus casas y les han dotado de herramientas para que, poco a poco, puedan valerse por sí mismos. En Isipotindi, por ejemplo, colocaron una geomembrana —una gran bolsa de material sintético y capacidad para 20.000 litros— por vivienda para “cosechar” agua de lluvia. Y los acuerdos que permiten a las empresas gasíferas explotar sus territorios han devenido en ingresos antes impensables para que la Capitanía afronte nuevos proyectos.

Pero es tanto lo que les quitaron antes sus expatrones —los hacendados— que cualquier apoyo parece ahora insuficiente. Los terratenientes les robaron la dignidad, el derecho a la educación y a un salario justo y la capacidad de decidir. Les prohibían hablar en guaraní. Les azotaban cuando no rendían lo suficiente, les amenazaban con sus rifles y sus grandes pistolones cuando se rebelaban contra ellos. Los anularon por completo.

Esta situación pegó un vuelco en 1996 gracias a la “Marcha por el territorio, el desarrollo y la participación política de los pueblos indígenas”, que partió en la localidad cruceña de Samaipata, terminó en La Paz y obligó a que se promulgara la Ley INRA —que dio pie la reversión de miles de hectáreas abandonadas a su suerte, baldías— y al reconocimiento de 33 Tierras Comunitarias de Origen. De ahí, surgieron varios líderes que luego fueron la semilla del proceso de emancipación de los guaraníes.

Uno de ellos es Carlos Cuéllar, de 64 años, un señor de lentes, sandalias y voz monótona que se queja a veces de que tiene las rodillas “oxidadas” y que radica en Tentamí, que significa pueblo chico. Para llegar allí hay que contratar un taxi desde Macharetí o tener algo de suerte y cruzarse con un camión de carga que vaya por esas latitudes; y después, atravesar un lindero de árboles fantasmagóricos de ramas peladas.

En Tentamí, los chanchos y las gallinas no hacen caso ni a cercos ni a vallas: campean a sus anchas. Algunas poleras cuelgan de tendederos improvisados y Carlos se recuesta ahora en una silla sencilla. Le toca descansar. Según él, ya caminó bastante cuando era joven. En aquella época, caminaba a veces 60 kilómetros para asistir a las reuniones zonales; caminaba junto a otros compañeros y compañeras —en lo que se denominó “la lucha”— para intentar liberar a sus pares guaraníes de los predios en los que les explotaban; caminaba monte a través, sorteando ríos y cañadas, por donde fuera.  

“A mí me decían que los ganaderos me iban a matar, pero yo no tenía ningún miedo. Yo me quedé sin padre muy pronto y sufrí mucho cuando era niño. La poca ropa que tenía la remendaba una y otra vez. Y no quería ese sufrimiento para mis 11 hijos. Por eso, decidí ser dirigente. Para que ellos tuvieran alguito más: por lo menos estudio”.

Ser cabecilla le supuso problemas con la familia: “casi nunca paraba en casa”; le forzó a dejar su chacra casi abandonada: “no podía cultivar porque rara vez —repite— estaba en la comunidad”; y a la fuerza tuvo que abonarse a una economía precaria: “por aquel entonces, no recibíamos ni un sueldito por nuestro liderazgo”, recuerda.

En Tentamí no puede quedarse nadie sin la autorización de alguna figura notable, como Carlos. “Sin nuestro permiso, ni la Policía puede entrar”, interrumpe Apolinar Chuguay, otro comunario. Según Apolinar, son los propios guaraníes los que hacen cumplir las reglas en sus aldeas de postal. “Por una falta leve, multa.

Por una grave, mandamos a hacer adobes al que ha incumplido. Hemos reglamentado hasta los chismes. Si difundes uno y no puedes comprobarlo, tienes que pagar 50 bolivianos”.

Apolinar, que dice no tener tiempo ni para casarse con su pareja —con la que tiene una hija—, representa a los jóvenes que quieren seguir los pasos de los más ancianos, de los “antiguos”, de gente como Carlos, con años de sabiduría y experiencia y mucho por contar. “Ellos son un modelo y todos deberíamos imitarlos”, comenta. Actualmente, Apolinar es responsable de producción e infraestructura de la Capitanía; y su historia no difiere en gran medida de la de otros que hoy cumplen un papel esencial.

“Yo también he conocido la penalidad —relata—. Mi padre era alcohólico y, cuando yo era niño, me pegaba. Me escapé a Villamontes a los 12 años; y allá crecí sin que nadie me colaborara. Vendía helados, ganaba al mes 200 bolivianos y con eso alquilaba un cuarto para guarecerme. Así me tocó a mí. Así es a veces.

Pero, cuando uno lo pasa mal, aprende a pelear. Y yo creo que gracias a eso me convertí en autoridad”.    

Tanto para Apolinar como para Carlos, la tierra prometida —Yembiguazu—, más que una línea inacabable que roza la frontera, es ahora —o lo será pronto— una oportunidad. Cada una de las 15 comunidades guaraníes de Macharetí ha recibido alrededor de 5.000 hectáreas de las que pueden disponer cuando les venga en gana y de la manera que quieran. La idea es que, de a poco, se instalen allá más y más colonos: sentar presencia. El objetivo: la prosperidad (o cuando menos algo que se le parezca). 

La gran guerra

En la tierra prometida —y más allá de ella—, entre 1932 y 1935, hubo una guerra. En la guerra, dos países pobres, Bolivia y Paraguay, dejaron de ser pobres para comenzar a ser mendigos —y luego tardaron en recuperarse varias décadas—. En la guerra, el territorio agreste que se disputaban —el Chaco Boreal— fue pronto bautizado como “Infierno Verde” por los lugareños. Y en aquel “infierno”, como era de esperar, hubo miles de muertos: 60.000 bolivianos y 30.000 paraguayos, es decir, los mismos que han caído en los dos últimos años en un conflicto, el sirio, en el que el armamento que se emplea es más mortífero: moderno. En la Guerra del Chaco hubo también una enfermera, una mujer que dejó hace mucho de poner sueros, paños calientes y vendajes, que hoy tiene 103 años y vive al costado de la senda cuya parada final es Yembiguazu.   

Angelina Ordóñez, la señora —pelo blanco, chaleco de lana, vestido rosado—, toma el fresco ahora en un asiento con cojines, al lado de una puerta, en medio de un patio. No ve bien; tampoco escucha demasiado.

“Yo no sabía nada de medicina cuando empezó la guerra —confiesa sin hacer esfuerzos por hacer memoria; las escenas, al parecer, aún están nítidas en su cerebro—. Pero mi marido era combatiente y yo quería ayudar. Él ya falleció. Y yo creo que he aguantado tanto por la alimentación, acá todo es natural, más saludable”.

“Lo pasamos mal —añade luego—. Los que venían de otros lados (los paceños, los potosinos, los cochabambinos) no aguantaban el calor y eran los primeros en rendirse. Los de aquí, en cambio, resistían. Ya estaban acostumbrados. Cuando los paraguayos avanzaron, tuve que agarrar a mi primer hijo, de seis años, y huir con unos caballos, dejarlo todo atrás, dormir al aire libre durante varios días, hasta que me acogieron en una comunidad guaraní cerca de Camiri, donde se portaron muy bien conmigo. Cuando retorné, vi que habían prendido fuego a todas mis cosas. Y me tocó empezar de nuevo”.       

Cuentan que, por la desesperación, refugiados en la soledad de las trincheras, los soldados devoraban la suela de sus zapatos y bebían sus orines. Los más avispados comían raíces o miel de abeja, pero a veces ni siquiera eso aliviaba el hambre. Y algunos se volvían locos y se suicidaban. Tras este tipo de experiencias traumáticas, lo más lógico sería olvidar —cerrar de a poco las heridas—. Pero lo que más suelen hacer los que las padecieron, como Angelina, es, más bien, todo lo contrario: rememorarlas.   

El predio que ocupa la abuela centenaria desde hace años se llama “La Oculta”. Más allá de sus dominios, dicen que todavía hay algunos rastros de la guerra: casquillos de bala, morteros sin explotar, vehículos desguazados, cantimploras, granadas. Y a menos de una hora en carro está Carandaytí, el último gran punto poblado antes de Yembiguazu. Lo de “gran punto poblado” es un decir, porque en realidad se trata de una larga recta llena de construcciones de ladrillo y con muy pocas calles aledañas.

Marcial Cerezo —55 años, guaraní, gorra marrón, camisa blanca con los botones superiores abiertos— suele hacer las compras en Carandaytí porque su comunidad —Carandaycito, a dos kilómetros del pueblo— no produce casi nada. Se traslada en una bicicleta de color verde aceituna. Y comenta que creció de niño rodeado de patrones, en una hacienda donde lo abusaban. “Allá lo único que nos daban era guasca”.

Carandaycito se abre paso en un paraje hostil que comienza donde acaba la energía eléctrica. Y la luz, según Cerezo, no es lo único que les hace falta. “En realidad —afirma—, no tenemos nada. En los periodos más complicados, hasta el agua tenemos que comprarnos: a 160 bolivianos cada cisterna. Los terratenientes se entran a nuestros terrenos porque no nos alcanza a veces ni para alambrar. Y nos enfermamos mucho. Hay algunos que se quejan de dolores en el cuerpo y yo pienso que debe ser por el mal de chagas. Hace cinco años que nadie fumiga. Y se ve vinchuca por todo lado”.

Cuando damos marcha atrás —porque, como dijimos, en estos días no hay paso a la tierra prometida— hacemos una escala en una pensión de Carandaytí donde se habla de los guaraníes como de un vecino incómodo que molesta a cada rato. “Son muy flojos”, brama un taxista que se vanagloria de haber sido nieto de un señor “malo de verdad” que arreglaba los pleitos a tiros. “No miran hacia el futuro, todo se lo tienen que dar”, comenta el dueño del local, un tipo de bigote fino y un apretón revienta manos con el que  saluda. “Chupan mucho —dice su esposa acto seguido—. Y no puedes dejar vacas a su cargo porque, al año, ya están muertas. No las cuidan”.  

Yembiguazu, sin embargo, la contradice. El proyecto se inició con 106 cabezas  (100 vientres y seis toros reproductores) y hoy son más de 600 las que pueden contarse.

La gran esperanza

En Yembiguazu, las personas se levantan a la misma hora que los gallos, a las cuatro o cuatro y media de la mañana, porque siempre hay mucho que hacer, porque son pocos para encargarse de todo. A esa hora, se desayuna y luego se ordeña. Después, los animales pastan, pasean; y los vaqueros guaraníes se dedican a otras tareas: arreglan los cercos para que las reses no se escapen, realizan controles veterinarios de rutina, se cura a los ejemplares que están enfermos. Las jornadas se extienden a veces hasta las seis o seis y media de la tarde. Los días de descanso —feriados y domingos— quedaron fuera del almanaque. Si se suspendiera la actividad una sola fecha, el centro ganadero colapsaría.

En Yembiguazu, a veces se reciben visitas de algunos vecinos que tienen propiedades cerca —al norte, los Tejerina; al sur, los Navia—. Se trata de hacendados empobrecidos que suelen llegar al predio con sus pocillos para tomar un mate. “Se comparte mucho —explica Leo Castro, el caray que no es guaraní, pero que quisiera serlo—. Ha habido cierto acercamiento del ‘blanco’ con el guaraní. Y la relación es ahora de tú a tú. Ya no hay la discriminación hacia el indígena que había antes. La misma naturaleza ha hecho que unos y otros se unan. Por culpa de ella, todos sufren fatalidades”. Cuando se matea, según Leo, suelen pasar muy buenos ratos. “Es genial porque uno se acuerda de todo. La boca arde con el agua caliente y eso que hace que nos volvamos charladores. El mate es para hablar bien de todo; y también mal” (risas).

En Yembiguazu se produce leche, queso y queso estirado. El queso estirado es más largo y fino que el que todos conocemos, parece un rollo de papel higiénico y es famoso en las ferias regionales. Pero no se vende porque es para el autoconsumo. Porque el lugar no es ninguna “fábrica” ni ha sido creado con ánimo de lucro. Porque la tierra prometida es más bien una esperanza. Un territorio en el que los guaraníes visualizan su futuro; y en el que única lógica posible es la supervivencia. Así es y así tendrá que ser al menos durante algunos años. Por el momento, los que viven allá —esa media docena de espíritus valientes— no podrían armar ni siquiera un equipo de fútbol.

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