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Sombrero tradición: Redescubriendo la calle de la coqueta prenda

Desde hace 30 años, el Pasaje Tarapacá se convirtió en la zona exclusiva para la confección y comercio de estas prendas.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández

00:00 / 04 de abril de 2016

Apartado de la trancadera cotidiana de la plaza Garita de Lima y de los negocios de venta de videos en la avenida Buenos Aires, un callejón que tiene como horizonte el mercado Uruguay y el nevado Illimani cuenta como ornamento “exclusivo” las decenas de mostradores con prendas que convierten el Pasaje Tarapacá en la “calle de los sombreros”.

Hace 40 años, este sector era diferente a como luce ahora. En lugar de asfalto, su única capa era la tierra, donde un grupo de personas ofrecía callapos, esos troncos de más de dos metros que sirven para apuntalar las construcciones. Y de madrugada, mujeres de pollera comercializaban pescados  que traían desde el lago Titicaca en latas, mientras que llegaban y salían camiones hacia el área rural. Ese movimiento de personas hizo que hace más de 30 años también se establecieran algunos quioscos dedicados al arreglo de sombreros para chola. Don Luis Callisaya es uno de los “supervivientes” de aquellos tiempos que posibilitaron que este pasaje se convierta en la actualidad en una meca del sombrero, con mostradores donde se exponen diversos estilos y variedades de esta prenda que acompaña el vestir.

El sombrerero confiesa que fue la casualidad la que lo llevó a vivir de este oficio. Es muy probable que también haya sido el amor por Ninfa Flores, quien después se convirtió en su esposa. Para mostrarse maduro y solvente Luis trabajó como ayudante de Ernesto Flores, excombatiente de la Guerra del Chaco y padre de Ninfa, y quien tenía una tienda de venta de estas prendas en la calle Chuquisaca, por la cercanía con los mercados Lanza y Camacho, donde “generalmente estaban las cholas más elegantes”, que vestían los afamados Borsalino, aquel sombrero hecho de fieltro suave que produjo en serie el diseñador italiano Giuseppe Borsalino.  

Estos sombreros, importados de Italia, los usaron las mujeres de pollera a inicios del siglo pasado, en 1920, relata Antonio Paredes Candia en su libro La chola paceña. Existen varias teorías acerca de su origen, y el éxito en ventas que alcanzó  en las tiendas de la sede de gobierno; pero en la que coinciden varios autores es que un comerciante trajo a La Paz un lote de sombreros para varón tipo tongo —como el que usaba Charles Chaplin—, que estaban de moda en todo el mundo. Sin embargo, le llegaron de color café, cuando la preferencia en la sociedad era el negro. Ante el riesgo de perder su inversión con la mercadería, se le ocurrió hacer algunas modificaciones, como colocar una cinta con dos pequeños lazos sostenidos por una pequeña hebilla de concha y terminados en borlas. Luego, puso los sombreros en el mostrador junto a un letrero que anunciaba: “Última moda para cholitas”.

“Por sus características, la chola lo adopta como un símbolo de distinción. El sombrero era un artículo de lujo, usado por un tipo de sociedad ‘exclusivo’”, explica la economista e investigadora cultural Valeria Salinas, quien agrega que servía también para diferenciarse de las mujeres del área rural. Es así como para la década de los años 30 de siglo XX, estas prendas ya eran conocidas como “Borsalinos para cholitas”.

Paredes Candia indica que previo a la moda de las prendas italianas, las paceñas usaban monteras, para lo cual se basa en un registro gráfico del siglo XIX que muestra a Simona Manzaneda, una chola que participó en el movimiento libertario del 16 de julio de 1809, con una de estas prendas. Para la segunda mitad de esa centuria, las féminas empleaban sombreros similares a los de las cochabambinas y potosinas, de color blanco o marfil.

Pero el estilo de los Borsalinos —que llegó por el apuro de un comerciante— se mantiene desde la década de los 20, ya que durante los primeros años no solo eran traídos de Italia, sino también de Estados Unidos, con la marca Stetson, y de Alemania con los Hückels.

“Gracias a Dios existen las señoras de pollera; si no fuera por eso, creo que nuestro gremio desaparecería”. Ronald Tarqui, dueño de la sombrerería Ideal, tiene mucha razón, pues la mayor parte de su producción está dedicada a ellas. Al igual que Luis, este artesano aprendió las técnicas de uno de los maestros del lugar, hasta que formó su familia y decidió abrir su propio local.

Además, “ellas son más exigentes y coquetas, por lo que tienen que caminar con el sombrero bien planchadito y brilloso”, sostiene el dueño de la sombrerería Ninfa, mientras su hijo Moisés moldea un sombrero de varón, para lo cual emplea una plancha que calienta en una pequeña cocina. Luis aclara que tienen una eléctrica pero no se tienen los mismos resultados, así es que se mantienen con las prácticas que se utilizaban años pasados.

Bonifacio Tarquino fue uno de los primeros en hacer de esta zona un lugar exclusivo para el comercio de sombreros y dejó a su hijo Javier como heredero del oficio. “Prácticamente he nacido en esta zona, la 14 de Septiembre”, cuenta su descendiente, quien se precia de ser el sucesor de una marca reconocida en la ciudad. En cuanto a los estilos, ha cambiado muy poco desde los primeros años. Además de los Borsalinos, que se caracterizan por su copa baja, están las de copa mediana y alta, según la preferencia de la persona que los usa. Lo que últimamente sí está cambiando son los colores, pues a los clásicos negro, plomo oscuro, café chocolate, avellano y tabaco se suman el plomo claro (llamado popularmente tunta), champán (que es más claro que el avellano), el de tonalidad api y el color vicuña o dorado, que se utilizarán en la fiesta del Gran Poder, coinciden los artesanos.

No obstante, lo efímero de la moda hace que haya más innovaciones. Desde el año pasado, por ejemplo, algunos ornamentos del sombrero de cholita son hechos en oro o plata. Por ejemplo, los respiradores (los pequeños huecos que están en un costado) y la hebilla que sostiene los lazos son elaborados con estos metales, “dependiendo del gusto del cliente”, asegura Javier. Es por esa razón que los precios varían desde los 45 bolivianos hasta los 1.200, según la materia prima, que llega desde Viacha o Sucre, en el ámbito nacional, o los importados de Brasil, Italia y Portugal. Javier, Luis y Ronald, como los otros 20 artesanos del Pasaje Tarapacá, consideran en que la Entrada de Carnaval de Oruro, la fiesta de Colquepata, que se celebra en el municipio de Copacabana el 3 de mayo, el Gran Poder y la Entrada Universitaria, son las celebraciones que atraen a más clientes, ya que algunas fraternidades incluso adquieren hasta 800 sombreros.

En cuanto a las exportaciones, estas prendas son comercializadas en Perú, Chile, Argentina, Estados Unidos, España y Francia —aseguran los artesanos—, principalmente por inmigrantes bolivianos que tienen fiestas folklóricas en esos países.

Mientras que la cotidianidad continúa en la plaza Garita de Lima y en la avenida Buenos Aires, el Pasaje Tarapacá parece un lugar de descanso de las ajetreadas jornadas en esta zona comercial, un callejón que dejó de tener vendedores de callapos y pescado, y que ahora está adornado por mostradores que lo convierten en una verdadera Meca del sombrero.

Contra el cáncer de piel

La primera defensa contra los peligrosos rayos ultravioleta, que causan cáncer en la piel, es la ropa. De acuerdo con estadísticas del Ministerio de Salud de Bolivia elaboradas en 2014, 860 personas fueron diagnosticadas con tumor de piel benigno y 204 con tumor de piel maligno, con una tasa de incidencia, según sexo, de 43% en varones y 56% en mujeres.

El cáncer de piel es un crecimiento incontrolable de células cutáneas que se puede diseminar desde la piel hasta otros tejidos u órganos si se deja sin examinar. Existen varias apariencias que ayudan a diagnosticarlo: pueden ser manchas pequeñas, brillantes o cerosas; escamosas o ásperas, firmes y rojas; por lo tanto, ante cualquier sospecha es recomendable consultar con un médico.

Para prevenir las enfermedades causadas por excesiva exposición a los rayos solares, los sombreros son la principal manera para proteger la cabeza. La Skin Cancer Foundation recomienda a todas las personas que usen sombrero de ala ancha, para que pueda dar sombra a la cara, el cuello, las orejas y la parte superior de los hombros.

El Borsalino en el cine

Borsalino no es solo una marca para sombreros de cholita, sino que es una empresa que tuvo influencia en todo el mundo.

Esta empresa familiar empezó con Giuseppe Borsalino, quien nació en Alejandría en 1834 y después de haberse desempeñado como aprendiz en su ciudad, trabajó durante siete años en la fábrica de sombreros Berteil, en Rue du Temple en París, Francia, donde obtuvo el título de maestro sombrerero. Un año después de regresar a Italia (1857), Giuseppe abrió su primer taller en Alejandría junto a su hermano Lázaro.

Luego de un tiempo, Borsalino se convirtió en una marca de sombreros de calidad, que impuso el empleo exclusivo del fieltro de pelo de conejo, para competir con las principales fábricas del mundo. Fue tanta la fama que tuvo, que en 1970 se estrenó la película Borsalino, una producción franco-italiana ambientada en los años 30 y que estaba coprotagonizada por los actores Alain Delon y Jean Paul Belmondo.

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