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La tristeza de los Santos

La basílica de Caquingora requiere una intervención.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 13 de marzo de 2019

El tañer de las campanas retumba a kilómetros de la Basílica Menor de Santa Bárbara como ocurría hace décadas, cuando pobladores de 10 comunidades llegaban a Caquingora —cantón del municipio de Corocoro, a 115 kilómetros de la ciudad de La Paz— para celebrar alguna actividad importante. La situación es muy distinta ahora. A pesar de que el resonar se apropia de una buena parte del altiplano paceño, en esta ocasión solo acuden algunas pocas personas, quienes relatan las glorias pasadas y muestran el otrora imponente templo católico, que con el paso del tiempo se va convirtiendo en un cementerio de santos.

Esta región de la provincia Pacajes es conocida por la puya raymondi, planta enorme que florece cada 100 años; el Cóndor Jipiña, una estatua natural de piedra de casi ocho metros de altura; por Corocoro, donde se extrae cobre de muy alta calidad, y por la iglesia de Caquingora, una joya arquitectónica que fue declarada Monumento Nacional el 7 de diciembre de 1967.

“Caquingora era grande. Cuando había fiesta, todas las comunidades tenían que llegar con su grupo y cada una tenía su lugar en la plaza”, cuenta el agente cantonal Adolfo Mendoza, quien se ha acercado a la iglesia al oír la convocatoria del campanario.

Además de él, algunos vecinos se reúnen en el atrio de la iglesia, que en sus mejores tiempos era imponente, pintada de blanco y con un amplio zaguán de madera. De ello ha quedado una infraestructura descolorida y casi sin tejas, como si hace mucho tiempo hubiera dejado de ser utilizado. Incluso así vale la pena admirar la construcción colonial. “Allá arriba dice cuándo fue construida esta iglesia, parece que ocurrió en 1781”, afirma Rubén Yanique, intendente del Gobierno Municipal de Corocoro.

En realidad, la iglesia fue edificada en 1560 por unos 4.000 indígenas del pueblo, dirigidos por los franciscanos. “Esas piedras han traído de más abajo, de la comunidad Calacoto”, refiere Samuel Alberto, vecino del pueblo, antes de ingresar al lugar de adoración.

El frontis sigue siendo imponente, con dos torres altas que resguardan las campanas y una parte central que mantiene la antigua puerta de madera. Adentro, lo que abunda es la oscuridad.

Después de acostumbrarse a la falta de luz, lo que aparece a los ojos es una nave central prácticamente vacía, con apenas algunas estatuas de santos y vírgenes, casi sin bancos —los que hay están quebrados— y con las paredes desnudas. “Los abuelos cuentan que Caquingora tenía terrenos en Acutani —comunidad del municipio de Inquisivi—, de donde trajeron la madera para el techo. Todavía se conservan los troncos que sirvieron para sostener el templo”.

Mientras Samuel relata una parte de la historia de la iglesia, observa la parte superior, donde alguna vez estuvo la madera de Acutani.

De acuerdo con la plaqueta que se encuentra en el exterior de la basílica menor, la tayka marka (del aymara, pueblo madre) Caquingora fue fundada en 1555 por el Virrey Francisco de Toledo. Posteriormente fue declarada vicecantón en 1856, durante la presidencia de Jorge Córdova, y elevada a rango de cantón en 1904, en el mandato de Ismael Montes.

Para entonces tenía 10 comunidades: Sirpa, Kalari, Fhina, Chijchi, Kollana, Kallirpa, Huancarama, Vichaya, Ninoca y Santa Rosa. En aquellos tiempos el templo era el centro de la región, debido a que era empleado para el cambio de autoridades originarias (el 1 de enero), para la fiesta en honor de la Virgen de la Candelaria (2 de febrero), Corpus Christi (que se celebra entre mayo y junio), la celebración de la Virgen de Santa Bárbara (4 de diciembre) y la festividad de la Virgen de Concepción (8 de diciembre).

Esas fiestas eran motivo de competencia para saber cuál comunidad se lucía más. “Nuestros abuelos adornaban con pura platería”, rememora Victoria Constanza desde la parte delantera del altar, donde se celebraron centenas de eucaristías. Por esa razón, Caquingora era conocido también como Qamir Marka (“Pueblo Rico”, en aymara), ya que su gente se dedicaba a transformar la plata en hermosas joyas. “Hasta llegaban de Perú para comprar joyas. Los abuelos eran famosos por sus phich’is (prendedores)”, asegura Adolfo, mientras sus vecinos asienten.

Su habilidad para trabajar la plata era reconocida en esta región, ya que las campanas que fabricaron llegaron a Cusco (Perú) y a la iglesia de San Francisco de La Paz. Por eso hay leyendas, como aquella que cuenta que un caquingoreño forjó una moneda de plata similar a la que se utilizaba en esos tiempos, por lo que, para castigarlo, le quitaron ambos ojos.

“Lo que nos preguntamos es cómo han hecho llegar la plata”, comenta Victoria. Al respecto existe otro mito, que señala que antaño cada habitante tenía su propia mina, pero al enterarse de que los colonizadores españoles saqueaban los yacimientos potosinos, decidieron no revelar dónde se encontraban las riquezas.

A pesar de la poca luz, durante la charla se nota el brillo en los ojos de los vecinos cuando recuerdan los tiempos pasados, que contrastan con lo que viven ahora.

“Antes, me acuerdo, en esta parte que está con puro estuco había un altar labrado en plata”. Samuel señala la pared donde hay una mancha casi imperceptible donde se encontraba el objeto religioso.

No hace falta ver con detenimiento para darse cuenta de que en las paredes había cuadros grandes y que los retablos casi vacíos protegieron alguna vez estatuas de santos y vírgenes. Algunos comunarios indican que la debacle del pueblo ocurrió con la Reforma Agraria de 1953, ya que las poblaciones comenzaron a escindirse de Caquingora, por lo que el templo terminó quedando en el abandono.

Al no tener recursos para pagar a un cuidador permanente, delincuentes sustrajeron los objetos valiosos de la Basílica Menor de Santa Bárbara, hasta dejarla casi desmantelada. San Gregorio Magno, San Vicente Ferrel, San José con el Niño Jesús, San Miguel Arcángel y María Inmaculada son algunos lienzos que fueron sustraídos en junio de 2007. Un año después, con el fin de precautelarlos, especialistas del entonces Viceministerio de Desarrollo de Culturas catalogaron 210 bienes artísticos.

A pesar de ello continuaron los hurtos, hasta dejar a la iglesia prácticamente desmantelada. Por ejemplo, el altar carece de algunas columnas doradas, de varios adornos y del relicario. En un costado, otro altar está sin santos y a punto de quebrarse por completo. El estuco que cubre las paredes está a punto de desaparecer, mientras que un antiguo órgano musical ha quedado olvidado en un rincón, cubierto por el polvo.

Era tal el desamparo, que durante un tiempo el techo tenía agujeros enormes, hasta que los comunarios se reunieron y reemplazaron las maderas viejas por otras. “Los del Ministerio (de Culturas) quieren que trabajemos, lo hemos hecho, pero ellos no se han puesto la mano al pecho para comenzar a restaurar”, dice Adolfo.

Las pocas estatuas que quedan han sido invadidas por telarañas y polvo, además de estiércol de palomas. En algunos casos les faltan dedos; en otros, brazos y piernas. Pareciera que la ropa se desintegrará al solo tocarla, en tanto que algunos cuadros están rotos y a punto de desaparecer.

Los ojos que brillan al recordar a Qamir Marka de repente se transforman en tristeza al contemplar el estado del templo, adonde los creyentes pedían favores. Ahora, más que nunca, la Basílica Menor de Santa Bárbara necesita un milagro.

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