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Los últimos vaqueros. En España, la trashumancia se extingue

En la noche no hablan de fútbol ni de los políticos. Rescatan su navaja y van a la cena, en la que chismean, porque también les gustan los rumores.

La Razón / J. Marcos y Ma Ángeles Fernández

00:00 / 01 de septiembre de 2013

El día recién comienza a quitarse sus legañas cuando los cuatro vaqueros dejan atrás la encina bajo la que han pasado la noche y enfilan el estrecho camino que discurre atrapado entre la retahíla de fincas a la izquierda y la autovía a la derecha. La atraviesan por un túnel con las paredes blancas cubiertas de follaje verdoso y con un piso de barro denso hasta más allá de los tobillos, que les invita a encaramarse a los lomos de los caballos. El silencio lo rompen los cencerros, siempre los cencerros, y los bramidos de una piara de vacas. Abierto el cercado que sale a su paso, toman la desviación hacia el noroeste, allí al fondo donde la sierra emerge y se hace fuerte hasta dar a sus prados la dulzura de un verano caluroso, pero con la mesura óptima para el ganado.

Desembocan en una dehesa salteada con arbustos, encinas, siempre las encinas en Extremadura (España), y un minúsculo lago de aguas estancadas que da un respiro a los animales en forma de parada. Hay obras a medias: las de un tren que nadie sabe con seguridad si la crisis y los vaivenes políticos le permitirán algún día pasar por el lugar convertido en alta velocidad; y se abren algunas latas de cerveza y se reparten rodajas de fiambre, queso, salchichón y chorizo de diversas clases, porque han venido tres amigos para echar una mano. Ellos charlan y el vehículo de apoyo espera, mientras una perdiz solitaria emprende la carrera a ras del suelo unos metros atrás y Félix averigua el horario del próximo paso del ferrocarril, pues la tradicional prioridad de las vías pecuarias se convirtió en una ley de papel mojado y la invasión de carreteras y raíles que atraviesan su trazado —edificaciones aparte— es una constante.

Es el primer día de una semana de movimiento, el de la trashumancia, de esas idas y venidas del ganado entre dos climas diferentes para aprovechar los pastos, una práctica que imita la migración natural de miles de animales buscando las mejores condiciones para su supervivencia.

Caminos de 125.000 km

Su huella en el tiempo es un fenómeno complejo que, más allá de lo ganadero y lo económico, refleja raíces culturales, matices paisajísticos y vestigios de comunicación antigua. La de las vías pecuarias, los corredores ecológicos usados por el ganado que alcanzan en España los 125.000 kilómetros (tres vueltas completas a la Tierra pasando por su Ecuador), en una superficie cercana a 400.000 campos de fútbol, es decir, el 1% de la superficie del país, y que guardan sus semejanzas con la red de carreteras del Estado: cañadas reales (a modo de autovías), cordeles (vías nacionales), y veredas (rutas comarcales).

Los cuatro vaqueros y los tres amigos suben una cuesta, bajan por la ladera contraria y prosiguen a pie allende la explanada por donde empieza a asomar el culebreo de un camino de tierra en zigzag. A estas alturas el sol de junio ya quiere ahogar las nubes y hacer arder la tierra: toca comida y siesta, sea la hora que sea, porque la trashumancia no sabe de minutos, no hay ayer ni existe el mañana, de nada sirve los relojes cuando se funciona, se vive y se trabaja por ratos. El del desayuno es muy breve, siempre de pie con las primeras luces, siempre con leche y ese par de galletas que tanto se agradecen, siempre por turnos, mientras los unos terminan de calzarse las botas y los otros preparan las monturas.

La rutina del inventario prematuro de cada jornada es el rato más importante, cuando se comprueba que efectivamente siguen juntas las 492 vacas, ni una menos, que han dormido libres en los campos circundantes al improvisado campamento, cercadas únicamente por una cinta provisoria electrificada y levantada a pulso antes de cenar, tratando de evitar que se alejen varios kilómetros en busca de agua y comida. Peinadora, Peluquera, Extremeña, Blanca y, cerrando el grupo, Golondrina, la última, hasta sumar 492 cabezas; así que están todas, tan iguales para el profano pero tan identificables para los vaqueros: “La del cuerno torcido para abajo es Peinadora; la de la mancha ovalada en el lomo, Peluquera; la del ojo malo, Extremeña; y la más clara, Blanca”, indica Fede, extrañado de que sólo unos pocos, los últimos vaqueros trashumantes de España, logren completar el quién es quién por mucho que repita las explicaciones.

El rato de la mañana es el más tranquilo y pausado: se avanza poco y se espera mucho, al paso que marcan las reses, sin las cuales la trashumancia no tiene razón ni sentido. Cientos de vacas y decenas de toros han recorrido este verano (boreal) las cañadas medievales, en el último gran movimiento de los herbívoros salvajes que cruzaron Europa hasta después de las glaciaciones, hace 12.000 o 15.000 años, cuando el ser humano comenzó a exterminar y domesticar al ganado bravo. Es una migración en busca de alimentos, desde las nevadas sierras de Ávila hasta las calurosas tierras del Sur, en viceversa durante el estío medio año después, tal y como sucede precisamente en estas líneas.

Las reses son como una cadena de fieles devotos, ninguna de las cuales ve nada pero todas siguen a la anterior. Con esos cencerros grandes o zumbas colgando bajo sus cabezas, tolón-tolón-tolón, las más veteranas guían al hato, que una y otra vez arrastra las mismas vacas a la cola, de la que quieren salirse las más rebeldes y revoltosas, las que por vez primera recorren los alrededores de 200 kilómetros, a más de 20 por jornada, que separan por estas lindes Berrocalejo (Cáceres) de San Martín del Pimpollar (Ávila), con paso por el puerto El Pico (1.352 metros de altitud) incluido.

Es entonces cuando llega el rato de la comida, con frecuencia una ensalada fría a base de tomate, pimientos, cebolla y alguna legumbre precocinada, todo ello culminado invariablemente por el embutido, mucho embutido, y la posterior siesta, que dura cual hechizo el rato que el sol permanece guerrero en lo más alto del cielo, pues si el astro rey es un demonio que ciega, quema y deshidrata, la siesta es el mejor conjuro de los vaqueros. Nuevo recuento (están todas) y comienza el rato de la tarde, más excitado y ligero, con un jinete al frente y dos a la cola para apresurar a golpes de vara o cayado a las más perezosas, entre ellas un par de becerros y Golondrina,  siempre Golondrina. “¡Iaaa, iaaa, iaaa!”, gritan los vaqueros desde su montura.

Conocidos antaño como “los señores de la tierra”, todavía hay vaqueros trashumantes en España, aunque cada vez menos y en mayor peligro de extinción.

Son hombres (apenas recuerda una mujer vaquera) como Félix, sus primos Fede y Sera, y su hijo Carlos, sin olvidar a Miguel, el incondicional que les acompaña durante todo el camino; algunos en diminutivo y todos sin apellidos, como formando una gran familia unida por las vacas en la que sobran las formalidades y caben todos, quizá sabedores de que poco a poco se están convirtiendo en un rito ancestral, en una especie de artesanía humana.

Hombres conjugados en pretérito para una práctica (todavía) del presente que agoniza por su futuro, en manos de las nuevas generaciones, la de Carlos, por ejemplo, quien con 21 años es uno de los pocos jóvenes ganaderos con gusto por la trashumancia. “Siempre tuve claro que me quería dedicar a esto.

Cuando era pequeño pedía que esperaran a que acabara el colegio para hacer la trashumancia. No me veo atado a un horario definido ni a una oficina. Me gusta esta sensación de libertad”, explica al abrigo de las vistas del pantano de Navalcán, un paisaje digno de postal.

La económica es una razón crucial para el desplazamiento porque se ahorran los costes del pienso, optando por la comida ofrecida de forma exuberante por la naturaleza sólo en las mejores zonas y se evitan asimismo los portes del transporte en carretera, tan estresante como poco recomendado para el manejo del ganado. “Todas las que tienen los cuernos rotos es por los dos años que tuvimos que usar camiones porque, por asuntos de enfermedades, nos prohibieron hacer la trashumancia”, señala Sera. Las reivindicaciones actuales se centran en las costosas y retrasadas guías interprovinciales (un permiso individual para cada animal) para el movimiento del ganado; en el mal estado de las vías pecuarias; en los escrupulosos y repetidos controles sanitarios que pasa cada res varias veces al año (“están más controladas que las personas”, lamenta Sera); y en una forma de vida que les obliga a pasar diferentes periodos de tiempo alejados de sus familias.

Dedicados a buscar las diferentes primaveras de un mismo año, son personas de campo, acogedores, campechanos, simples y sencillos, expertos en la naturaleza y con cara de buena gente, además de singulares: “Es cierto que las mixtas son más rentables. Pero las negras avileñas de pura raza son menos dóciles, más bravas y por eso me gustan más, porque lo exigen todo del vaquero. Para qué quiero yo más dinero. No quiero hacerme rico”, dice Félix.

Una forma de vida

Son hombres pegados a una navaja, la que a todas horas llevan enfundada en cuero a su cintura y es quizá su única necesidad en estos tiempos que tantas obligaciones crean, pues la usan en infinidad de ocasiones, desde cortar embutido hasta abrir latas pasando por afilar palos o tensar una cuerda.

Trashumar, cambiar periódicamente de lugar con el ganado, una forma de vida que a la postre contribuye al mantenimiento de una gran superficie de bosques y pastizales. Es una práctica milenaria que en 1273 consolidó legalmente el rey Alfonso X en España, según subraya el Ministerio de Agricultura, Alimentación y Medio Ambiente en el Libro blanco de la trashumancia: “el país desarrollado donde históricamente la trashumancia ha sido más relevante”.

Las cifras de quienes mantienen viva esta cultura nómada, que el Plan de Competitividad de Turismo Activo Gredos-Iruelas quiere convertir también en atractivo turístico para impulsar la economía del sureste de Ávila, decrecen anualmente.

Pese a la inexistencia de datos oficiales, el experto en trashumancia Julio Grande, que documenta esta práctica ante el temor de que desaparezca, se atreve con un cómputo aproximado: el ganado vacuno trashumante oscila hoy entre las 30.000 y las 35.000 cabezas pero, de todas ellas, optan por la forma tradicional, a pie, apenas cinco familias ganaderas para las distancias largas (a partir de 200 kilómetros) y unas 60 para las cortas (entre dos y cuatro días), de raza avileña en su mayor parte. La Sierra de Gredos es uno de los territorios con mayor número de cabezas de ganado trashumante, con su particular vía crucis de la calzada romana del Puerto El Pico.

Pero antes de subir por el desfiladero hay que pasar el trago de la última velada, Cuevas del Valle, la más temida por los vaqueros pues el reloj del pueblo timbra cada hora desde el campanario, lo que con frecuencia asusta a las vacas, que salen en estampida mientras los vaqueros descansan. “Y no hay quién las pare hasta que, kilómetros después, ya cansadas, ellas mismas deciden parar”, alerta Félix.

En el rato de la noche no hablan de fútbol ni de los políticos (aunque sí de la “crisis del ladrillo, que ha dejado mucha huella en la ganadería”, agrega Sera); tampoco pla-nean posibles alternativas en la ruta ni en su vida. Una vez recontadas las cabezas y asegurado el ganado, rescatan su navaja de la funda de cuero y van directamente a la cena, en la que comen y chismean ensimismados, porque a los vaqueros también les gustan las habladurías y se regodean en los rumores. Lejos de la rapidez y de la productividad desmedida, estos hombres moldean el tiempo a su gusto. “No tenemos prisa, esto es lo único que tenemos que hacer”. La noche en la trashumancia se hace más grande; caben incluso las estrellas hasta que llega el sueño, que tarda poco tras la fatiga de los kilómetros recorridos.

La llegada a San Martín del Pimpollar regala el primer silencio puro. Misión cumplida (apenas un becerro extraviado a lo largo del camino, al que unos amigos han sabido localizar). Pero también llegan los primeros horarios, las horas y los minutos. Las frases se acortan y el tiempo se trocea. Aparecen los compromisos, entre ellos asistir a una boda. Porque los últimos vaqueros trashumantes de España, de vez en cuando, también se ponen el traje de gala y dejan colgado, pero sólo hasta el día siguiente, el de faena. Ser no siendo. Ser desesperadamente. Hasta la trashumancia que viene.

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