Escape

Un salto al vacío. Urban Rush, como arañas desde lo alto de 50 metros

A partir de esta reciente aventura, Escape revisa las que marcaron a sus periodistas desde 2001.

La Razón (Edición impresa) / Mabel Franco

00:00 / 11 de noviembre de 2012

Lo hiciste súper, Batman”, me llega el mensaje al teléfono celular. Voy por la calle Potosí, abriéndome paso entre los peatones. Me encantaría gritarlo, decirles a todos que cumplí la misión. Pero no, Batman no se vanagloria, simplemente hace su trabajo. Al resto de la humanidad no le interesa saber cómo, lo importante es que el mundo esté a salvo.

Creo que aquel día, luego de descender por un muro de 50 metros, pendiendo de una cuerda y con un traje del hombre murciélago de nylon, todavía deliraba. El cerebro debe protegerse así del exceso de emociones. Porque no soy Batman. Ni siquiera soy hombre. Soy una señora... pero una señora con el oficio del periodismo. Y ahora que lo pienso, mientras como equipo de la revista Escape echamos una mirada a los 599 números que preceden a éste, la misión semanal nos ha llevado a todos, al menos una vez en la vida, a ponernos en el límite no sólo del peligro, sino de las emociones, de los sentimientos, a ocupar el lugar de otros, incluso en el de nuestro más escondido “otro yo”.

Sin saber nadar, nos hemos atrevido a bucear en aguas del Atlántico; sin medir consecuencias, nos hemos acercado hasta casi tocar el nido de un cóndor; ahogando el miedo a las alturas, hemos recorrido la vía ferrata en Chuspipata, con el barranco a nuestros pies; sin haber caminado más de dos cuadras juntas desde hace años, hemos ascendido el Huayna Potosí... Nos han azotado por meternos en un ritual privado previo al tink’u de Macha; nos han integrado al jurado para elegir a alguna reina rural de belleza; nos han abierto cientos de hogares para contarnos historias personales, revelarnos secretos de niñez o de juventud; hemos reído y también llorado con la gente y sus recuerdos. En todo caso, siempre hemos sentido que teníamos una buena historia que compartir con los lectores.

Emoción en medio de la urbe

Derren Patterson, joven estadounidense que trabaja en turismo de aventura en La Paz, estaba cierto día sentado en la plaza San Francisco. Él, que es parte de Gravity Bolivia, responsable del Zipline y el Gravity Assisted Mountain Biking, diversiones en los Yungas, estaba pensando hace rato en lo poco que hay para hacer dentro de la propia ciudad para quien busca emociones fuertes. En esas estaba, cuando su mirada se posó en un muro verde, expedito, limpio. Se dijo: “Perfecto para hacer rapel; ¿por qué no?”.

El muro resultó ser el del hotel Presidente. Derren, que vive asumiendo riesgos, buscó al propietario, qué podía perder, quien para su alegría resultó otro amante de las aventuras. Así que comenzaron a pintarse bien las cosas.

El primer descenso lo hizo el norteamericano desde el techo mismo del edificio. Y supo que funcionaría.

Lo siguiente fue rodear al servicio, bautizado como Urban Rush, de toda la seguridad posible. El bar del último piso fue habilitado para instalar una torre de metal fijada al piso con tornillos y de cara a una ventana. A esa estructura está sujeto el sistema de cuerdas para los descensos: 17 pisos. Vértigo asegurado.

Desde mayo que la mencionada ventanita está abierta, de 13.00 a 17.00, diariamente. Pueden participar personas de todas las edades, aun niños con el permiso de sus padres y la contextura para que el arnés se ajuste bien a su cuerpo.

Derren dice que muy pocos de los que llegan hasta el marco de la ventana se desaniman. Casi todos se atreven a lanzarse, algunos luego de largos, largos minutos de estar en lo alto —hubo una joven israelita que se tomó más de una hora, según la guía Fernanda Ágreda— . La paciencia es la cualidad de los encargados de animar al inexperto. “Somos como psicólogos”, define Rodrigo Álvarez, el encargado de manejar la cuerda de seguridad superior. Y cada salto es como un logro personal para el equipo.

“El salir, el comenzar a caminar por el muro vertical es el momento clave”, dice Derren siguiendo con la mirada a Estefanía Pacheco, una joven que había llegado decidida y que aferrada a la cuerda, con todo el cuerpo fuera ya de la ventana, no se anima a dar un paso más. “Es cuando se enfrentan a ellos mismos, a su miedo”. Porque peligro, no hay. Por supuesto, una cosa es decirlo y otra atreverse.

Antes de intentar la hazaña, los guías —además de Fernanda y Rodrigo, Sergio Mendoza y Andrés Tellaeche, algunos de ellos bomberos voluntarios— cuando no el propio Derren, usan un pequeño muro interior para explicar lo básico del descenso. Antes, hay que elegir el vestuario: un overol naranja (que recuerda a un preso de Guantánamo), un enterizo tipo Hombre Araña (hay varios) o Batman (hay uno solo).

Existen dos formas de jugar a ser superhéroe: la más fácil, dicen los que saben, de espaldas al vacío; la más desafiante, con el cuerpo perpendicular al muro y mirando de frente, como los valientes.

El enemigo es uno mismo

Pues “como los valientes”, me digo.

Estefanía no bajó. Me toca. Como muchos seres comunes, tengo terror a las alturas. Lo confirmé hace no mucho, cuando tuve que quitarme los lentes 3D para no marearme al ver al agente J (Will Smith, en Hombres de negro) parado en lo alto del edificio Chrysler. A ver si engroso las filas de los que no se animan. Y, de paso, ridículamente ataviada como el caballero negro.

Estoy en la ventana, con cables por todo lado. Miro abajo y los humanitos parecen parte de una maqueta en medio de San Francisco, el mercado Lanza, los cerros de la zona oeste, la avenida con sus minibuses... ¿Qué hago aquí?

El instinto de preservación existe. Mi cuerpo se inclina, pero hacia atrás. En dos oportunidades tengo que pedir que me empujen. “Es el momento clave”, recuerdo las palabras de Derren. Y comienzo a jalar la cuerda que baja hasta el piso, con la mano izquierda, mientras libero la que tengo en la mano derecha, bien pegada ésta a la cintura. Y mi cuerpo se inclina. Ahora hay que mover los pies, dar pasitos y ya nada más existe: jalar cuerda, soltar, caminar.

A los 20 metros, más o menos, los guías  mediante un megáfono, ordenan: “Suéltate, disfruta la caída libre”. ¡Qué más da! ¡A volar! Y misión cumplida. Ahora, a escribir, que de eso se trata este oficio.

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