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Por las venas de Quime

A 4.800 metros sobre el nivel del mar, los turistas pueden experimentar la sensación de ser mineros.

La Razón (Edición Impresa) / Marco Fernández Ríos

00:00 / 05 de octubre de 2014

Parece un cuadro pintado por algún artista. El cerro tiene una combinación entre azul oscuro y violeta, bañado por hielo confundido con la neblina; abajo, una laguna también azul y caminos serpenteantes. Hay una sensación de encierro y de libertad a la vez, allí a 4.800 metros sobre el nivel del mar, en una experiencia furtiva donde los visitantes serán por unas horas mineros en el campamento Argentina, en las venas abiertas de Quime.

El Gobierno Autónomo Municipal de Quime (provincia Inquisivi del departamento de La Paz), a través de la Unidad de Turismo y Cultura, promueve a partir de 2012 los sitios atractivos de la región, desde la cordillera de Tres Cruces, pasando por las aguas termales hasta los Yungas paceños, donde se puede apreciar fauna y flora del lugar. Justamente, uno de los principales atractivos es la visita al campamento, en el centro minero Caracoles, donde el turista puede experimentar el trabajo de los obreros en el interior del socavón.

Sallaitita, donde convergen los caminos que van a Quime y el tour minas, es el punto de encuentro para iniciar el recorrido hacia el campamento. Una pared rocosa de unos 70 metros de altura representa una especie de puerta que invita a pasar por esta experiencia singular.

Para llegar a la mina es necesario contar con un vehículo de doble tracción, debido a que esta vía se parece al camino antiguo a los Yungas, con la diferencia de que se sube desde los 3.000 metros sobre el nivel del mar (donde se encuentra el municipio de Quime) hasta los 4.800 metros.

Mientras Marleny Mamani, directora de la Unidad de Turismo y Cultura de Quime, explica que este trayecto turístico se originó gracias a un acuerdo con los cooperativistas de las minas de Caracoles, para mostrar la experiencia de su trabajo, el camino va tornándose con curvas cada vez más cerradas y más angostas. Por otro lado, pareciera que la ruta condice al límite del cielo, pues el grupo se encuentra rodeado por rocas y neblina espesa que deja ver solo un par de metros adelante.

Es difícil tomar atención a la información que brinda la funcionaria edil, pues las llantas del vehículo, por momentos, parecen bordear el precipicio que aparenta no tener fondo, debido a que la bruma impide ver su profundidad real. Por ello se siente la necesidad de agarrar con fuerza la manija de la puerta del vehículo, como si fuese la solución perfecta ante cualquier eventualidad.

Al otro lado de la vía, el panorama simplemente es extraordinario. Los cerros forman una especie de escudo de la otra realidad y muchos quedan azorados. El azul y violeta son intensos, bañados con el blanco de la nevada de la madrugada y rodeados por nubes que parecen acariciar el cielo y la tierra al mismo tiempo.

En este recorrido se debe atravesar por tres túneles rústicos hechos con piedra. Acerca de ello existen dos versiones sobre su construcción. Una señala que fueron los mineros quienes habilitaron esta vía para facilitar su ingreso a los socavones. La otra indica que esta estructura fue hecha por prisioneros paraguayos durante la Guerra del Chaco (1932-1935).

La primera parada de este recorrido es el ingenio Molinos, donde se concentra el mineral recolectado por los cooperativistas, para luego ser enviado a la fundidora de Vinto, en el departamento de Oruro.

Lucio Mamani, empleado de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol), cuenta que estas minas tienen su origen a finales del siglo XIX, en la etapa en que surgieron y llegaron a su apogeo los llamados Barones del Estaño (Simón I. Patiño, Mauricio Hochschild y Víctor Aramayo).

Con la nacionalización decretada en 1952 durante el gobierno de Víctor Paz Estenssoro, estos yacimientos pasaron a formar parte del Estado boliviano. “Desde la nacionalización de las minas, Caracoles ha sido propiedad de la Comibol, hasta 2004, cuando fue tomada por los cooperativistas. Pero no está todo entregado, sino que se encuentra arrendada por el uso de las máquinas”, asegura Mamani.

Después de pasar por las viviendas de Pacuni y rodear varios cerros se llega al campamento minero Argentina. El ingreso a este circuito turístico está marcado por una calle estrecha y adoquinada. Allí se encuentra la estatua de un trabajador minero, con el torso desnudo, sosteniendo una perforadora en la mano derecha y un fusil en la izquierda, de pie sobre un túnel donde también hay un vagón.

Por los altavoces del sector principal del campamento se escucha música, como una manera de brindar calor y tranquilidad en esta región donde arrecia el frío, aunque con gente muy cálida.

Ingreso a las minas

Gonzalo Ponce, tesorero de la Comisión Eléctrica y socio de la cooperativa Libertad, dice que en la Central de Cooperativas Mineras Caracoles residen alrededor de 2.000 personas, entre socios, esposas e hijos. “El sacrificio que uno hace dentro de la mina es remunerado”, sostiene Ponce, quien indica que trabaja en el nivel 133 y que debido a la altura sufre poliglobulia, como el 60% de la población del lugar, de acuerdo con la información de Ursus Laura, médico de la Caja Nacional de Salud (CNS), quien todos los miércoles atiende a la población para controlar este mal.

Antes de ingresar al interior de la mina, los responsables dotan a los visitantes de los equipos necesarios para el recorrido: un par de botas de goma, un overol, guantes de trabajo, un guardatojo y una lámpara. El alquiler de estos implementos es de 75 bolivianos, que incluye el servicio del guía a través de las galerías.

Martín Cuenca, presidente de la Comisión de Energía Eléctrica, es uno de los cinco cooperativistas designados para guiar a los visitantes por las minas. “Al principio no sabíamos nada, pero poco a poco hemos profundizado más acerca de la atención a los turistas”, comenta con respecto a la capacitación que recibieron de la Unidad de Turismo de Quime para especializarse en brindar atención e información a los visitantes.

En la bocamina, antes de iniciar la aventura, se encuentran esparcidos los cueros de seis toros. Cuenca explica que son los restos por el pago a la Pachamama, pues se suele recurrir a esta tradición “para pedir que la Madre Tierra proteja a los trabajadores de cualquier desgracia”.

El ingreso está marcado por los rieles destinados a los vagones que trasladan los minerales y los tubos que transportan oxígeno, que envían aire comprimido para el funcionamiento de las perforadoras. El guía dice que la mina debe su nombre a que a inicios del siglo XX hubo argentinos que llegaron a Quime para probar suerte en la actividad minera y “no les fue bien”.

De algo que también se “enorgullecen” en Quime es que uno de los primeros dueños de la mina Caracoles —del que forma parte el campamento Argentina— fue el estadounidense Ben Guggenheim, quien se encontraba entre los pasajeros que perecieron en el histórico hundimiento del buque Titanic, en abril de 1912.

Desde el ingreso a este circuito turístico se debe caminar a través del agua acumulada en medio de la excavación. Si bien las botas protegen del líquido, no impiden que la humedad enfríe los pies. Más adentro, como consecuencia de las bajas temperaturas, se han formado estalactitas de hielo que, por el reflejo de las linternas, parecen focos que alumbran el oscuro camino del yacimiento.

La naturaleza hizo que se moldeen varias figuras de hielo, a las que los mineros suelen llamar virgen o ángel, de acuerdo con lo que se asemeje. Esta vez parece que el grupo halló a un ángel. Y a los costados hay costales de wólfram y estaño, minerales que extraen los cooperativistas en esta región paceña.

Veneración a la ‘pacha’

En otro sector de la mina se encuentra una cueva donde se venera a la Awicha o Pachamama, pues en estas vetas no se rinde veneración al Tío, como en las de Potosí, Oruro y La Paz. “En otros lados adoran al Tío, aquí mayormente hacemos misas a la Awicha, los martes y viernes”, dice el guía.

En esta cueva hay coca tirada en el piso, restos de cigarrillo y botellas de licor, entre alcohol, ron y singani, principalmente. Los mineros deben akullikar la hoja sagrada y brindar con la Madre Tierra para que los proteja de cualquier accidente y los ayude a encontrar un buen filón. Los visitantes también deben ch’allar y beber la bebida espirituosa para pedir la protección de la Awicha.

Han pasado un par de horas, es de noche y a la salida de una de las minas se encuentra un panorama totalmente oscuro, como si la comitiva se encontrara en una enorme caja negra. Martín pide apagar las linternas; tras ello y frente a la agrupación de turistas se halla una gigantesca montaña cubierta de hielo y en el cielo una infinidad de estrellas.

Abajo se observan dos luces intermitentes que se mueven en zigzag. Se trata de un par de cooperativistas que suben a saludar a la delegación. Uno de ellos, Rogelio Mamani, quien cuenta que trabaja de noche porque es más cómodo, invita a visitar su veta para demostrar a los visitantes su labor diaria.

Lilian, Úrsula, Gloria, Elena, Dora... Así se llaman las vetas mineras. “Cuando se encuentra una veta, en una reunión de cuadrilla se la debe bautizar con el nombre de la amante preferida para que nos vaya bien”, dice Cuenca, quien sonríe.

Las minas son como venas abiertas en medio de rocas, donde fluye el agua que llega incluso hasta las rodillas, donde los tubos permiten que las perforadoras atraviesen las rocas y donde parecen brotar las tradiciones y el sudor del sacrificado trabajo minero.

Casi colgados de una parte del cerro del que pareciera florecer el estaño, el wólfram y el agua, entre cargas de minerales y los rieles, el horizonte se encuentra rodeado por montañas en apariencia infinitas, pues las nubes son un techo y la profundidad de la mina simula ingresar en las entrañas mismas de Quime.

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