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La vida a cuestas

Un pueblo donde la plata corre a lomos de triciclo no es necesariamente rico. En Desaguadero, la lucha siempre ha sido por la supervivencia.

La Razón (Edición impresa) / Álex Ayala ugarte

00:00 / 24 de noviembre de 2013

Dentro de unas semanas, si el equipo de fútbol del presidente Evo Morales pierde contra el de Desaguadero, Lucio Flores, el alcalde —según los que lo conocen, un buen zurdo dentro de la cancha de juego—, ganará un proyecto de desarrollo para el pueblo. Eso es por lo menos lo que se rumorea, que cuando el conjunto presidencial cae derrotado, y a pesar de ello, Evo suele ser magnánimo —y hasta dadivoso— con sus contrincantes. Pero eso será dentro de unos días. Y por el momento, en este rincón inhóspito del altiplano boliviano con casas en su mayoría de una o dos alturas y algunas calles adoquinadas y otras de tierra, el partido es un acontecimiento que queda aún muy lejos.

Hoy es martes, día de feria, y son muchos los lugareños que ocupan su tiempo, desde muy tempranas horas de la mañana, en torno al comercio. Decenas de personas que ahora caminan como si estuvieran hipnotizadas sobre una construcción que funge de frontera: el puente Binacional de Desaguadero, una ancha y robusta pasarela de cemento que une desde hace años Perú y Bolivia, el punto en el que se abrazan el río Desaguadero y el lago Titicaca.

Esta vía la atraviesan cada día bicicletas viejas que empujan carritos medianos con personas dentro —tricitaxis los llaman; tienen la pinta de una gigantesca silla de ruedas—. También, manos que empujan carritos más precarios con kilos y kilos de mercadería encima y turistas a pie que cargan pesadas mochilas o empujan maletitas con ruedas. Los protagonistas son casi siempre los mismos: extranjeros de países lejanos con chompas muy gruesas, señoras de pollera con la mirada al frente, hombres delgados de piernas fuertes y musculosas que se abren paso arrastrando con sus rickshaws andinos a los pasajeros.

Leche, vacas, niños

A menudo, los que jalan los carritos son adolescentes imberbes que buscan ganarse unos pesitos atendiendo las demandas de una población necesitada de brazos casi todos los días. Tatiana Santos —pelo largo recogido en una cola, 28 años, nariz de águila— de vez en cuando los observa; piensa que no es justo que sufran así. Cree que tendrían que asistir más al colegio.  

Tatiana dice que ella viene aquí los martes y los viernes desde La Paz, que le pidió a Dios trabajar con menores de edad y que Dios la mandó a Desaguadero. Dice que en el pueblo un niño vale menos que una vaca, que aquí todo es dinero, que la leche de las vacas se vende y que, por eso, muchos niños casi no toman leche. Dice que, como representante de la Defensoría de la Niñez, ha sido testigo de casos muy feos. El peor: una niña que fue abusada en una comunidad campesina cercana. Su mamá se la prestó a una vecina porque no tenía medios suficientes para criarla y allá, en casa ajena, la violaron. Tatiana dice que nunca detuvieron al autor, que éste consiguió darse a la fuga porque la Fiscalía no actuaba.

Dice además que en Desaguadero hay mucha insensibilidad, que hay padres que pegan a sus wawas de dos o tres años con varas o mangueras para impartirles disciplina, que otros se emborrachan los fines de semana porque no hay lugares para divertirse y que luego, mareados, agreden a sus hijos. Dice que, cuando un niño mira a un lado o agacha la cabeza mientras habla, algo le ocurre. Dice que hay miedo a denunciar cuando hay abusos y que, a menudo, las cosas se solucionan simplemente con una multa o una oveja en favor de los afectados, que eso es por lo menos lo que le han explicado a ella las autoridades originarias.

Dice que aquí no es muy buena la educación y que a los jóvenes estudiar no es lo que más les interesa, que lo que la gente quiere realmente es hacer fortuna, que, por eso, muchos menores son vistos por sus mayores como objetos.

Dice también que la desintegración familiar es moneda de cambio habitual porque algunos padres viajan a buscar trabajo al país vecino o porque arman un segundo hogar al otro lado de la frontera. Dice que ha visto a muchos niños con manchas en la piel porque no usan buenos protectores para el sol y que la mayoría sufre de la dentadura porque se consumen dulces y comida chatarra en grandes cantidades. Dice que a Perú los niños pasan sin control, que le han contado que eso ocurre a las dos o tres de la mañana. Y dice que, durante el día, los policías y militares se olvidan de pedir los permisos de viaje a los menores, que su prioridad es revisar la carga que pasa.

Lo dice desde un escritorio poco prolijo: en el que falta una impresora, en el que no hay casi papel, en el que las condiciones para recibir denuncias son casi siempre insuficientes.

Por el puente Binacional, circulan cada día decenas de bultos y gangochos repletos. A Bolivia llegan algunos derivados del petróleo —sobre todo plástico, toneladas de plástico— y también, legumbres, tubérculos, frutas y algunos licores. A Perú se lleva aceite, maíz, garrafas con gas y combustible.

Este movimiento vertiginoso de ida y vuelta ha sido bautizado por las autoridades como “contrabando hormiga”. En 2011, se calcula que la mercadería que ingresó así a territorio peruano desde Bolivia alcanzó un valor por alrededor de 248 millones de dólares, lo mismo que dejará pronto el famoso rally Dakar a su paso por el país vecino. El 20% de estos productos atravesó ilegalmente la frontera a través de Desaguadero.

“Aquí, todos nos dedicamos al comercio, también al legal —bromea ahora un bigotón que no quiere dar su nombre y dice pertenecer al Concejo Municipal—. No se puede tapar el sol con un dedo”. Son las 19.30. Todavía cruzan paquetes hacia el otro lado.

Plástico, aerosoles, diarrea

Miércoles. Ramiro Coronel —doctor, responsable de salud del municipio, casaca militar en lugar de bata blanca— dice que Desaguadero está estigmatizada por el contrabando; y que el enclave fronterizo es muchísimo más que eso. Dice que ha cambiado bastante, que, cuando él llegó, el acceso al centro médico era de tierra y estaba en penumbras y que antes atendía, con suerte, un enfermo al día. Ahora, en cambio, hay luminarias y recibe una media de 150 pacientes todos los meses. Antes, la gente se hacía tratar en el Desaguadero peruano porque consideraba que allá se ofrecían más servicios. Y así era. Ahora, son los peruanos los que acuden a menudo al consultorio de Ramiro Coronel porque todo ha mejorado y porque, además, es más barato. Antes, en la caja de la farmacia había únicamente 52 bolivianos. Es decir, no alcanzaba para invertir en nada. En esa misma caja cuentan ahora con alrededor de 72.000 bolivianos. Y en el hospital hay además laboratorio, rayos X, un ecógrafo casi nuevo y un quirófano bien equipado.

Sin embargo, no todo es perfecto. “Por ejemplo, el quirófano no está funcionando porque no tenemos cirujano —aclara Coronel—. Hicimos la convocatoria pública y los que se interesaron en venir nos pedían demasiado sueldo, vivienda, automóvil, viáticos exagerados. Lamentablemente, en este país, la profesión se ha mercantilizado”.

Coronel asegura luego que él está aquí por vocación. Y, medio en broma, medio en serio, dice que lo único de lo que se arrepiente es de haber quitado trabajo a las parteras.

“Antes, había siete. Ahora únicamente hay una y está mayor. Tiene unos 70 años. Ella cobra 150 bolivianos por el nacimiento de un niño y 100 por una niña.

Aquí, cuando se les dice a los papás que han tenido una niña, ponen enseguida cara de tristeza. Y cuando se les anuncia que es varón, hinchan el pecho. Desaguadero es aún un pueblo machista”.  

Desaguadero es también un paisaje  contaminado. En muchas de sus esquinas, tanto en la periferia como en el centro, los desperdicios se acumulan armando un incómodo collage de plásticos, aerosoles y envoltorios vacíos; y algunos solares se han convertido en improvisados botaderos. Un relleno sanitario con financiación de la Unión Europea intenta acabar con el problema desde hace dos años. Pero las ferias comerciales de los martes y los viernes, que invaden el pueblo de puestos de venta con toldos azules y naranjas, generan pequeñas montañas de desechos que tardan en ser recogidos. Ramiro Coronel, quien nos lleva ahora en su coche, dice que tanta basura es posiblemente el origen de muchas de las diarreas que, a ratos, son un quebradero de cabeza para la gente de Desaguadero. Lo hace mientras adelantamos con cuidado a un par de triciclos que avanzan lento.

Pedales, osos, triciclos

Como muchos acá, Eugenio Pari —43 años, extriciclero— empezó a manejar un carrito de carga cuando era joven. “Aquí casi todo el mundo comienza así, a puro pedal”, dice ahora desde una salita desangelada que hace las veces de oficina y de sala de visitas. Al fondo, hay un habitación en la que funciona una radio digital que dirige el mismo Pari y que programa música durante la mayor parte del día. La montó, comenta, por amor al arte. “No me da ni siquiera para pagar la factura de la luz”, bromea. “Pero trato de servir con ella a la comunidad. A veces, por ejemplo, colaboro en la búsqueda de niños que se perdieron”.  

Acomodado en un sofá con una sábana con dibujitos por encima que está ahí a modo de funda, Pari dice después que ésta siempre ha sido tierra de oportunidades, que de hambre aquí no se muere nadie. Y comenta luego que, para él, no existe trabajo más sacrificado que el de los tricicleros.

“Es cansador. Uno se levanta a las cinco de la mañana y está hasta las siete de la noche alzando cosas. La capacidad del vehículo es de diez quintales (es decir, 1.000 kilogramos o el peso promedio de un oso polar gigante). Eso es mucho y el cuerpo normalmente se resiente. Uno se expone además a los accidentes: cuando el eje se quiebra, el remolque cae y puede llegar a inyectarse en una pierna dejando al conductor cojo para siempre”.        

Por cada viaje, se cobra, por lo general, una miseria: siete, ocho, nueve, diez bolivianos, según la distancia. Y a menudo, se lidia con los caprichos climatológicos, con la lluvia entre los meses de noviembre y marzo o el barro, que se adhiere a la suela de los zapatos como si fuera un chicle.

“Aquí no hay pesca. Tampoco industria ni agricultura por culpa de las heladas. El comercio es lo único que nos queda. Y muchos nos han querido demonizar por eso”.

Hasta hace un rato, afuera diluviaba. El agua caía como metralla, como si alguien la hubiera lanzado con fuerza con un balde desde una terraza. En 1984, recuerda Pari, cuando él era muchacho, también diluvió una vez de forma parecida, pero en aquella ocasión el cielo se desquitó durante varios días, sin tregua.

Se trató de una lluvia bíblica, de una lluvia que inundó el pueblo por completo. Según cuentan, fue peor que un cataclismo: los muebles flotaban, para ir de un lado a otro había que transportarse en barca y los pobladores de Desaguadero tuvieron que instalarse sobre un cerro —en carpas prestadas— hasta 1987.

Ciegos, viejos, extranjeros

Son las 17.50 y en la Dirección General de Migración el ajetreo es constante desde hace varias horas: ventanillas abiertas, suelo de baldosa, un pasillo en el que no cabe todo el mundo, un tipo poniendo sellos.

Fuera, algunos funcionarios de la Aduana tratan de controlar a duras penas los triciclos que pasan: los paran para chequear sus cargas. Pero hay días en los que no dan abasto, como hoy, y algunos —varios, muchos— se les escapan. Hace unos minutos, un niño que hacía fila logró escabullirse, en un descuido, hacia el lado peruano sin que le revisaran lo que llevaba; y la escena se repitió momentos después con otros dos carritos.

Dentro, Edith Cahuana —20 años, trenza rubia que cubre con una gorra usada— viste un buzo que parece haber sufrido mil y una batallas y se aferra a un bolígrafo azul como si le fuera la vida en ello: su trabajo consiste en completar los formularios de aquellos que no saben cómo hacerlo.

“Atiendo a los ciegos, a los que no saben leer, a los viejitos y a los extranjeros, sobre todo a los peruanos”, dice mientras trata de echar las garras (en este caso, sus uñas sin pintar) sobre un posible cliente que  finalmente pierde; y luego apenas tarda en abordar al siguiente.

“Caballero, caballero, ¿no quiere que se lo escriba?”, le interpela a un señor que tiene cara de prisa. El tipo dice que sí (agita la cabeza repetidamente), Edith le pide su cédula de identidad y, en un visto y no visto, le devuelve el papelito blanco de Migración sin un solo renglón vacío.

“Ponga aquí su firma, donde mi dedo”, le ordena, sin muchas ganas, acto seguido.

Instantes después, un foco se estropea. A ella, sin embargo, no parece importarle demasiado; y sigue recibiendo más tarjetas migratorias, que cumplimenta casi a tientas.  

“Las conozco de memoria”, se sonríe.

Por cada tarjeta entregada correctamente, Edith suele recibir un peso de propina; con suerte, a veces dos, tres, cuatro o cinco. Los días que mejor le va retorna a su casa con 30 o 40 bolivianos entre las manos. “Y los fines de semana descanso un poco”, dice.

Descansar significa: escuchar música, salir un rato de paseo, cocinarse algo, lavar la ropa, ponerla a secar luego.

A su vera, Simón Huanca —inspector de la oficina de Migración, 33 años, tez oscura, ojos pequeños como canicas— conversa de rato en rato con una colombiana y su pareja, que no cuentan con dinero suficiente para justificar el sello que les permitiría cruzar la frontera.

“Deberían disponer de un monto mínimo para subsistir algunos días en Bolivia”, explica Huanca. “No podemos dejarles pasar porque no lo tienen. Así son las normas y hay que cumplirlas”.  

La colombiana, que de lejos parece un coqueto pastelito de fresa —carnes abundantes, gorro de color rosado, chamarra a juego, zapatillas  blancas—, intenta discutir con Simón sin éxito. Y luego se sienta a un costado nuestro, como si esperara que un milagro la rescatara del entuerto.

Simón nos comenta que seguramente atravesará la frontera como ilegal durante la madrugada —así suelen hacer los que no pueden mostrar su documentación en regla—. Y después dice que los inspectores disponen de un solo día libre al mes, que los que no tienen familia en el pueblo duermen aquí mismo, en Migración, en camas duras como una tabla, que no hay ni siquiera un generador eléctrico, que, cuando se va la luz, esto es un caos y las linternas no bastan.

Nieve, huevos, cuartos vacíos

Jueves. Nieva en Desaguadero y, en el residencial Avaroa I, Celestino Cerda —79 años, exalcalde, sombrero marrón de ala— se mueve por un patio congelado alzando levemente los brazos para no perder el equilibrio. Sus gafas son dos gruesos trozos de vidrio. Apenas ve. Pero se niega a recibir ayuda y avanza a pasos cortos hasta llegar a una escalera en la que una baranda de fierro le sirve de guía. Luego, entra a un ático con olor a húmedo, lleno de fotos suyas que le trasladan a uno hasta una época distinta, hasta la época en la que él todavía veía.

“Antes —recuerda Celestino—, nos alumbrábamos con velas. No teníamos ni siquiera agua. Así vivíamos. No había carretera, nada. Para vender nuestras cositas, había que ir a Guaqui a pie y cargarlo luego todo en tren hasta la ciudad. La primera movilidad llegó aquí en los 40. Llevaba huevos a La Paz. Así comenzó el comercio”.     

“Antes —prosigue—, era muy difícil sobrevivir, no se ganaba nada. Yo quedé sin padre a los diez años, era pobre, no conocía ni zapato, con el talón rajado he crecido”.

Celestino cuenta después que logró hacer algo de dinero como libre cambista y que, gracias a eso, pudo montar su alojamiento. “Pero de poco me ha servido”, se queja. “Como estoy mal de la vista, me hice operar. Tengo cinco operaciones en un ojo y dos en el otro. Hasta me hice traer córnea de Estados Unidos. Harta plata he botado en eso para nada”.

El karma que a Celestino lo incomoda, sin embargo, más que el de la ceguera, es el de la ausencia. Su hospedaje es hoy un gran estómago sin entrañas. Desde que construyeron la vía asfaltada, dormir en Desaguadero ya no es una necesidad. Y para Celestino recorrer a diario los cuartos deshabitados de su negocio se ha convertido en un suplicio.

  Linaza, cuerpos, almas

Siempre que puede, Román Paredes (nombre ficticio) —50 años, barba canosa, un lunar en la cara—, peina las calles de Desaguadero con un termo granate de 24 litros lleno de linaza caliente que vende a los comerciantes. Román llegó hasta aquí, hasta la frontera, huyendo. Dice que lo quieren matar; y éste el único sitio en el que siente seguro. En ocasiones, cruza al lado peruano porque es más grande y porque le pagan un poco más por cada vaso de la semilla hervida que, según él, “calienta el cuerpo pero también el alma”. Y cada vez que enfila el puente que une Perú y Bolivia, no tarda en perderse entre la marea de personas que, como él, caminan a diario con su existencia a cuestas.

(Después de nuestra visita, para inaugurar la nueva cancha de Desaguadero, se jugó el tan anunciado partido de fútbol entre el equipo presidencial y un conjunto de la Cervecería Nacional que representaba al pueblo. Evo Morales y sus pupilos se impusieron 6 a 0).

Este reportaje ha sido posible gracias al respaldo del periódico La Razón y es el resultado de una beca de la undécima versión del Fondo Concursable de Periodismo de Investigación de la UNIR que este año está relacionada con la vigencia o vulneración de derechos humanos en Bolivia.

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