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La vida a cuestas

Safia, de 41 años, era licenciada en Literatura árabe por la Universidad de Fez, su ciudad natal, algo inusual entre estas mujeres.

La Razón (Edición Impresa) / Fernando Del Berro

00:00 / 26 de enero de 2014

Si Safia Azizi no hubiera estado a las 07.20 en la cola de los angostos tornos azules de la frontera de Melilla con Marruecos, quizá no hubiera ocurrido. Pero allí estaba. Y es habitualmente a esa hora cuando la Policía marroquí abre la barrera a los cientos de mujeres, la mayoría de ellas ancianas, que diariamente van en busca de mercancías al enclave español del norte de África. “¡Parece que entran en el matadero!”, clamaría al día siguiente el hermano de Safia, tras ver los estrechos tornos azules.

Si esa mañana ella no hubiera estado allí quizá hoy podría haber cruzado de nuevo, y corrido hasta los almacenes del polígono, y cargado sobre sus espaldas hasta 80 kilos de mercancía, y regresado rápido a la frontera. Y podría haber entregado la carga en territorio marroquí al comerciante que las contrata, y de nuevo corriendo a hacer fila para cruzar los tornos azules. Pero no ha podido hacerlo hoy, porque allí estuvo aquella mañana. Preparada para un duro día de trabajo, con su chilaba como única protección contra el afilado frío del amanecer y con su hiyab (pañuelo islámico) bien ajustado.

“Nunca se le veía un solo pelo”, recalcaría después entre lágrimas su amiga Dunia.

Si Safia no se hubiera caído empujada por la avalancha, ese día habría ganado 15 euros (algo más de 20 dólares) después de hacer tres viajes de un lado a otro de la frontera. Ella muy bien sabía que cuantos más viajes hiciera más dinero podría ganar. Pero no pudo evitar caerse. Las prisas y el caos que se generan en el lado marroquí de la frontera fueron caldo de cultivo para que una fuerza incontrolada, una avalancha de mujeres desesperadas, la arrollara.

Safia, de 41 años, era licenciada en Literatura árabe por la Universidad de Fez, su ciudad natal, algo inusual entre estas mujeres que se ganan la vida como porteadoras. Como otras licenciadas desempleadas, había abandonado su ciudad de origen en busca de un trabajo. Le habían comentado que en la frontera había una forma de ganar dinero. Así que se empadronó en Nador, la última ciudad marroquí antes de la barrera, pues solo los residentes en esta ciudad pueden pasar al lado español sin necesidad de pasaporte. Había que hacer un gran esfuerzo físico, pero… se ganaba. Se ganaba para vivir.

Quién sabe. Si Safia no hubiera sido aplastada es posible que en un futuro hubiera encontrado trabajo como licenciada. Pero no. Su familia ya sabe que no trabajará como tal, ni siquiera lo seguirá haciendo como ayudante de cocina y camarera en Melilla los fines de semana. Aquella mañana de noviembre un policía del lado español se percató  de la avalancha y quiso llegar hasta las víctimas. Cuando lo hizo encontró bajo un cielo de hierro un revoltijo de mujeres y grandes bultos por el suelo, centrifugados por la fuerza de la multitud. Disparó al aire para abrirse camino. Pero fue en vano. El daño ya estaba hecho. La autopsia del forense lo confirmó: Safia falleció por una “hemorragia pulmonar producida por una violenta compresión del tórax”.

Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), dependiente de la ONU, se calcula que cada día mueren en el mundo 6.400 personas por accidentes de trabajo o como consecuencia de enfermedades laborales. Esto hace un total de 2,34 millones de personas al año. Aunque es posible que las cifras reales sean mayores, porque los sistemas de registro son inadecuados en muchos países. Una siniestralidad que se ceba especialmente con trabajadores de la economía informal —la mayoría de la fuerza de trabajo del planeta— ya que, debido a su inestabilidad laboral, acaban aceptando condiciones laborales poco seguras.

Los riesgos que corren los hombres son más conocidos debido a que, hasta ahora, los estudios sobre la seguridad y salud en este ámbito se habían focalizado en empleos con predominancia masculina. Sin embargo, hoy en día, las mujeres son más del 40 por ciento de la fuerza de trabajo mundial y una gran cantidad de ellas labora en la economía informal, donde les toca hacer frente a trabajos inseguros e insalubres, con ingresos bajos o irregulares, alta inestabilidad laboral y en ocasiones poco acceso a la información.

No era habitual encontrar a una licenciada como Safia. Una excepción entre la mayoría de las porteadoras, que suelen ser analfabetas, muchas divorciadas, otras abandonadas por sus maridos o, lo que es peor en la cultura marroquí, madres solteras. Estas mujeres cobran por hacer de porteadoras, pero la mercancía se la quedan los comerciantes marroquíes. Si esa mercancía entrara por la aduana de manera oficial, en camiones o en contenedores, el comerciante marroquí debería pagar aranceles. En cambio, empleando a personas, no tiene que pagarlos, pues es legal pasar mercancías siempre que se lleven encima como equipaje personal. Y son sobre todo las “mujeres mula” las que permiten este comercio exento de control arancelario.

Todavía temprano, cuando el horizonte apenas ha abierto las pestañas, el lado español de la frontera es ya un hervidero de gente. Las nubes corren en bandadas sobre la alambrada. El frío se ciñe aún a los huesos. En la inmensa cola de acceso se encaminan miles de deseos amargos. Un motorista se detiene de pronto y tira los neumáticos que lleva cargados. Muchos se lanzan sobre ellos como si fuera lo último que fueran a hacer en la vida. Unos cuantos camiones blancos llegan a la gran explanada que precede al paso fronterizo. Cuando todavía no se han detenido, numerosos hombres y mujeres se arrojan sobre sus portones traseros, abren las puertas y se dan de codazos, se pisan, luchan entre ellos y se encaraman al vehículo para coger un bulto. Hay más personas que bultos, por lo que más de uno se verá frustrado. Aunque parezca un caos, en realidad, la mayoría de los bultos ya están previamente adjudicados. Se harán cargo los hombres, que son casi los únicos que cargan al pie de la frontera unos bultos que ni siquiera cargarán sobre sus espaldas ya que pueden empujarse y hacerlos rodar. La mayoría de mujeres tendrá que caminar hasta las naves del lejano polígono, cargar sobre sus lumbares y caminar hasta la valla.

Para ellas el porte sería un camino imposible si no fuera por Antonio, el conductor del autobús municipal, que las deja más cerca del polígono y las trae de vuelta para que el esfuerzo sea menor. Antonio se conoce el nombre de todas ellas y es muy querido. Su labor casi humanitaria llega hasta el punto de ayudarlas a subir al bus esos pesadísimos fardos. “Esto que ves es inhumano, pero así es todos los días. Cada día todas estas mujeres transportan 300 toneladas de mercancías sobre sus espaldas”. Por eso suelen sufrir sobre todo trastornos óseos musculares a causa de la pesada carga, entre otros efectos adversos para su salud. A la vista está que su carga de trabajo es mucho mayor que la de los hombres, ya que estos últimos utilizan medios mecánicos o simplemente se limitan a empujar la carga.

Yo mismo las veo a los pies del vehículo cómo cargan sus bultos, cómo los atan a la espalda con telas o simples cuerdas, que a menudo amarran a los hombros y cuellos. Son espectros tambaleantes que van y vienen, con los rostros agrietados, que adosan zapatos, tetrabriks, mantas, patatas fritas, pañales y casi cualquier mercancía a sus cinturas, al pecho, a los muslos. Todo cosido con varias vueltas de cinta de embalar. Así quedan ellas hinchadas, con las chilabas en relieve, caminando como mujeres bomba a punto de estallar.

Por eso muchas se derrumban ya en la cola debido al elevado peso de sus paquetes y al largo tiempo de espera, a lo que se suman los habituales amontonamientos y tensiones generadas por las prisas. Veo en sus ojos cómo la angustia se abre paso entre ellas, cómo remonta por sus venas hasta abrírseles la piel.

“Si no estuviésemos aquí se matarían”, confiesa uno de los guardias civiles españoles que tratan de impedir las aglomeraciones con un poco de orden.

Hace meses que no se produce una avalancha como la que mató a Safia. Quizá se deba al “circuito” creado por la Guardia Civil consistente en varios caminos que desembocan en la entrada de la frontera. El porteador elige uno u otro sendero según el tipo de bulto que lleve. “La idea es que haya movimiento, porque si están parados, el peligro de que haya avalanchas es mayor”, dice el capitán Rafael Martínez, responsable de la seguridad en la frontera, y añade “aunque te parezca normal la organización que ahora tenemos, esto ha costado mucho esfuerzo y tiempo conseguirlo”. El capitán ha seleccionado a 20 porteadores, todos hombres, a los que uniforma con una gorra amarilla. Ayudan a los agentes a mantener el orden y traducen a sus compatriotas, a cambio de poder pasar su mercancía sin hacer cola. “Todos van con una gorra amarilla y un número”, añade el agente. “El primer día que les propuse ser voluntarios les di el distintivo para diferenciarles del resto. Pero, como ves, aquí también hay picardía. Al día siguiente tenía 80 gorras amarillas dispuestas a evitar las colas. Imposible saber entonces quién era quién. Por eso tuve que ponerles un número”.

Pero por mucho que las fuerzas del orden organicen, la visión cotidiana de las “mujeres mula” dando tumbos, con la espalda en un ángulo de 45 grados, con tierra seca cargada en sus bocas y a punto de derrumbarse por el peso de los bultos, sigue siendo un macabro espectáculo más propio de la Edad Media que de la frontera sur de la Europa del siglo XXI. El paso peatonal fronterizo “no está preparado para el volumen de gente que recibe cada día”, afirma José Palazón, de la ONG Prodein. “Falta espacio, personal, puestos, los agentes de policía son insuficientes y por lo tanto muchas veces están estresados. Se hace a los marroquíes pasar por unos tornos pequeños y esperar durante horas. Es una bomba de relojería. La frontera no está pensada para que haya una fluidez de personas”.

La Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APRODH- A), de España, resalta la importancia de habilitar mecanismos para que el tránsito de mercancías pueda hacerse de forma que no perjudique tan gravemente la salud de estas mujeres. Insisten en que es necesario “modificar la estructura física de las zonas de paso, así como permitir el uso de medios mecánicos manuales para el porte de dichas mercancías”. Asimismo, denuncia que la situación es “indignante, de abusos y explotación contra estas mujeres, que están olvidadas por los responsables políticos de ambos Estados”. Hay que recordar que tanto Marruecos como España han firmado el convenio sobre la inspección del trabajo de 1947, por el cual se comprometen a mejorar la inspección en materia de seguridad y salud laboral. Pero no parece que esto se lleve a cabo en esta frontera, que aquí es tierra de nadie.

Según la OIT, existe una vinculación estrecha entre la violencia en el trabajo y los empleos precarios, el género y ciertos sectores ocupacionales de alto riesgo. Y es que las porteadoras “deben no solo llevar la carga y recibir las directrices de quienes controlan el paso de mercancías”, añaden desde (APRODH- A), “sino que además tienen que sortear la violencia policial, salir ilesas de las avalanchas, aguantar los golpes o el acoso sexual, pagar los sobornos, soportar el frío, la lluvia y el calor extremo, y sobre todo sobrevivir en un lugar donde la mercancía es la dueña del ser humano”.

Es mediodía, momento en que la frontera cierra para el trasiego de mercancías. Como pasó ayer, encuentro alguna porteadora a la que no ha dado tiempo a pasar su última carga hacia Marruecos. Está apoyada en un quitamiedos, agotada y con el sudor transparentándole el hiyab. Pronto, con la espalda encorvada, camina de nuevo con dificultad hacia los tornos, de vuelta al lugar donde de un solo trago Safia perdió la mirada. La jalonan una peste a alcantarillas y a rastro de basura, cartones y plásticos dejados en esta jornada. Desde aquí escucho el quejido de su espalda y el crujido de sus dientes mientras se pierde tras la alambrada, tras esa herida honda que lacera estas tierras. Se detiene durante un instante y me dice chapurreado en un frágil español: “mañana temprano… otra vez”.

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