Escape

El vientista del brócoli

Alain Thirion

La Razón / Gemma Candela

00:00 / 26 de agosto de 2012

He hecho mi carrera profesional de música en Australia, pero el conocimiento lo he aprendido en Bolivia y quiero devolverle lo que me ha dado”. Ése es el espíritu con el que Alain Thirion llegó a La Paz hace poco para tocar el didgeridoo en julio junto con la Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos (OEIN) de Bolivia, que dirige Cergio Prudencio. Lo han presentado en los medios (y así lo conocía yo cuando quedé con él para entrevistarle) como un australiano que toca la herramienta musical que los aborígenes de esa parte del mundo usan en sus rituales. Pero no sabía, por ejemplo, que realmente es un belga nacido en Congo, que se considera ciudadano del mundo y que fabrica quenas y zampoñas, pero no con madera ni caña.

A sus 60 años, Alain luce cabello y barba blancos, pero sus ojos marrones denotan un brillo de juventud y ganas de hacer cosas. Al entrar a su departamento, en la planta baja de una casa cerca del Montículo, la primera estancia es un pequeño living en el que hay una mesa redonda cubierta con un aguayo y una cocina americana. Sobre la pared de la sala de estar hay unos 20 didgeridoo de PVC (policloruro de vinilo) que él mismo ha hecho para los alumnos de la OEIN. En la encimera hay un brócoli con el tronco envuelto en un trapo. Tal vez, Alain vaya a cocinar hoy verduras para el almuerzo, pienso. Detrás, dentro de la pila, hay otra de setas coles sumergida en un pote con agua.

Mestizaje musical

“En Australia casi no toco el didgeridoo”, confiesa. Cuenta que allá, los pueblos nativos no ven con buenos ojos que el “hombre blanco” use su instrumento ritual. “En Australia yo toco la quena, el charango. Me encanta la música folklórica de Bolivia”. Sin embargo, acá ha venido, entre otras cosas, a acompañar a la orquesta de Prudencio con el sonido tan peculiar que sale del instrumento australiano, que no es otra cosa que una rama de eucalipto (normalmente) hueca por dentro gracias a la acción hambrienta de las termitas, y cuyo exterior es pintado con diferentes diseños. Además, “ninguno suena como otro”. Aquellos que sí lo tocan en el país anglosajón del hemisferio sur, lo hacen en solitario o acompañando a un grupo de rock o jazz. “Todavía no he visto a un grupo de didgeridoo tocando juntos. Por primera vez lo voy a hacer aquí en Bolivia”.

El secreto de ese instrumento de viento es saber hacer la respiración circular. Alain se pone a tocar: la parte baja de su vientre se sacude con fuerza mientras hace fluir el peculiar sonido. Después, se va hacia la cocina a preparar un té. Y, también, desenvuelve el brócoli de la encimera. Al sacarlo del trapo, se ve una pieza naranja que parece plástico adherida a la base del tronco del vegetal. El músico se la lleva a la boca, coloca los dedos y… suenan las notas de una quena. Cuando acaba de tocar una breve melodía, muestra la flauta orgánica: tiene ya una semana (algo extraño, dice que le suelen durar unos dos días) y la boquilla es una pieza hecha de zanahoria.

¿Cómo se hace una de éstas? “Con paciencia, (hay que) ir al mercado, buscar un brócoli que quede recto y…” Toca de nuevo, como queriendo decir: “Que suene bien”. El trabajo de creación le lleva dos horas. “También hago zampoñas de zanahoria”, informa sonriente. Vuelve a envolver la quena y la guarda en el refrigerador para que no se estropee.

Entró en el mundo de la música con la flauta travesera. Es por eso que, aunque no tiene un instrumento preferido, y también toca la guitarra y el charango, alberga un cariño especial por los instrumentos de viento. Fue en Ecuador, a los ocho años, cuando comenzó a tocar. Allí llegó proveniente del Congo belga, en el que nació. Fue en la república latinoamericana donde conoció, y sufrió el flechazo, de la música andina. “Pero la situación social era tan peligrosa para una familia, que mi padre no quiso quedarse más de un año”. Entonces se mudó a Líbano, luego a Bulgaria... hasta que se asentó en el país de sus ascendientes, Bélgica, por cuatro años. Durante gran parte de esa época continuó sus estudios académicos de música e intentó terminar la escuela como pudo: sus padres volvieron a emigrar, dejando a tres jóvenes hermanos viviendo solos. “Era una fiesta”, afirma. Y eso no le ayudó a acabar la educación secundaria.

En aquella época, había grupos andinos sonando fuerte en Europa y Alain, que ya conocía este tipo de melodías de su etapa ecuatoriana, las tocaba “por conexión”, dice.

Sin embargo, en el conservatorio, donde entró luego de más de tres años en academias, únicamente había lugar para la música clásica. Se llevó un buen chasco y duró sólo seis meses yendo a clases. Además, la vida en Bélgica no le gustaba demasiado y decidió cambiar de aires.

A principios de los 70, la prensa belga estaba plagada de publicidad en la que se solicitaba trabajadores para ir a Canadá, Australia y Sudáfrica. “Canadá era muy frío para mí; África del Sur no quise por el apartheid; Australia era muy lejos, con un clima caliente…” Así que, con 20 años, un grupo de amigos y los bolsillos vacíos, se fue al país más grande de Oceanía a empezar de cero. Hizo todo tipo de trabajos al margen de la música. Como él dice, estuvo casi 15 años conquistando su libertad económica, de los que pasó gran parte en minas y plataformas gasíferas. Quería volver a la música profesional “pero necesitaba dinero para hacer eso”, pues él no se iba a dedicar a una profesión que le diera ganancias (su idea no era, precisamente, convertirse en estrella de rock). Un día, pudo comprar todo lo necesario, inclusive una casa en Perth, y volvió a dedicarse de lleno a su profesión. Una de sus actividades fue formar parte del grupo latino Los Chasquis, que sigue existiendo.

Era 1992 cuando consiguió una beca del Gobierno australiano para venir a Bolivia a investigar su música durante un año. Fue entonces cuando conoció a Cergio Prudencio y a la OEIN, y viajó a varios lugares, entre ellos Charazani, adonde ha regresado hace unas semanas. “Es un lugar muy, muy especial”, opina. No había pisado suelo boliviano desde 2000, cuando vino al XX aniversario de la fundación de la orquesta experimental, acompañado de Kerry Fletcher, su cómplice del proyecto Flute ‘n’ veg (Flauta y verdura). El nombre viene del de una campaña australiana por una buena dieta (Frute ‘n’ veg, Fruta y verdura). La pareja de Kerry, Mark Binns, es el ingeniero que hizo posible el proyecto: durante dos años, diseñó y fabricó las herramientas con las que Alain moldea los vegetales. En ellas está el secreto de su música, que nadie puede copiar porque, asegura, sólo Mark puede crearlas.

Un soltero con tres familias

Con plátanos en la cabeza y quenas de zanahoria con puerros colgando, Alain y Kerry recorrieron buena parte de los festivales musicales de Australia durante seis años.

“Es un proyecto muy lindo. Es un chiste, pero funciona bien”.

Flute ‘n’ veg ya terminó, y la casa de Alain, en Perth, está alquilada para poder costearse su estancia acá. “Quería volver, siempre quería volver a Bolivia, sin límite de tiempo”. Es gracias a esa falta de responsabilidades en Australia que está en el país viviendo su sueño.

Quiere aprender a tocar las Tres rosas de Charazani con los músicos locales, crear una banda de didgeridoo (ya está trabajando con la OEIN para ello) y seguir usando la música para ayudar a personas con capacidades diferentes, como hacía en Australia.  Sólo falta que le den el visado (“es más complicado que antes”), pero es optimista, como cuando habla de los aspectos negativos de su vida. “Por viajar, por la música, nunca me casé”. Sin embargo, dice: “Tengo una familia australiana, una belga y una boliviana”

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