Escape

La vuelta al mundo en 1.062 cervezas

El particular botín de Leo se completa con alrededor de 2.000 posavasos de más de 150 países.

Leonardo Castillo Arratia, ingeniero de sistemas, hincha stronguista y metalero. Foto: Álex Ayala Ugarte

Leonardo Castillo Arratia, ingeniero de sistemas, hincha stronguista y metalero. Foto: Álex Ayala Ugarte

La Razón (Edición Impresa) / Álex Ayala ugarte

00:00 / 05 de octubre de 2014

El dormitorio de Leonardo Castillo, Leo, de 28 años, es el sueño de cualquier mortal: un pequeño edén de tonos verdes empapelado con decenas de latas de cerveza: cerveza de Irlanda, cerveza de Argentina, cerveza de Brasil, cerveza de Serbia, cerveza de Georgia, cerveza de Eslovenia, cerveza de Madagascar, cerveza de Egipto, cerveza de Nigeria, cerveza de Japón, cerveza alemana. Su colección —una de las más importantes de la región— es un estallido de color compuesto por decenas de envases cilíndricos hechos de fierro y aluminio: se trata de 112 latas de Bolivia (entre llenas y vacías) y de 950 (sin abrir) elaboradas en más de 100 países, es decir, de una vuelta al mundo a través de 1.062 cervezas (chelas, birras, bielas, chebes, frías, rubias, negras, espumosas, heladitas).

La primera lata en formar parte de su habitación llegó a sus manos en 2002, es boliviana y muestra motivos alegóricos del Carnaval. “Me gustó mucho el modelo y deseé que fuera mía”, recuerda. Por aquel entonces, Leo ni siquiera consumía alcohol y se hacía de sus preciados trofeos en la calle o gracias a familiares y amigos. Hoy, apenas es un bebedor ocasional. Casi siempre toma en botella —sus marcas de cabecera, la Huari y la Saya, se fabrican únicamente en vidrio—. Lo que busca en una lata, más que el sabor amargo de la felicidad, es el placer visual: un buen acabado y un diseño lindo; y prefiere las que provienen de países que quedan lejos, como Islandia, Macao o Estonia.

Leo calcula que en las paredes de su peculiar refugio, sobre baldas casi iguales, hay alrededor de 300 litros de cerveza que nadie se terminará nunca. Dice que las latas más viejas lo único que contienen ya “es veneno”. Y a continuación me enseña una de las más valiosas, la Castlemania: australiana, de 1983, de cubierta amarillo ámbar, con un cuerpo de hierro fuerte como un caparazón que ha logrado sobrevivir al óxido. “Las que tienen muchos años, como ésta, son difíciles de conseguir”, explica luego. También, las de las culturas más inaccesibles: las de las islas remotas, por ejemplo. Y ocurre algo similar con las de territorios con guerras civiles o que están enfrentados con sus vecinos.

Cultura del trueque

Leo ha sumado a su lista de triunfos a países como Burundi y Kenia y a paraísos como Mayotte, un islote chiquito situado en el extremo norte del canal de Mozambique que actualmente está en poder de Francia. Conserva una lata de Irán con sabor a manzana y mientras la sujeta me comenta que se ha puesto de moda macerar la cebada junto a otras sustancias, como miel u hoja de coca. Guarda latas muy curiosas de repúblicas que ya no existen, como Checoslovaquia. Y cuenta que pagó alrededor de 40 dólares por una de Kazajistán —un lugar donde algunos hombres mantienen la costumbre de secuestrar a la mujer que escogieron para casarse— y 35 por una de Filipinas —una de las tres colonias que perdió España en 1898—. “Pero lo más habitual es el intercambio”, aclara.   

Leo se contacta con otros acumuladores con los que comparte hobby a través de Facebook o de foros especializados. Ha mejorado su redacción en inglés y en portugués gracias a los trueques que hace. Recibió en su casa a gente como Fabrizio Mugnaini, un italiano trotamundos que suele atravesar los aeropuertos con las maletas llenas del elixir dorado que cada fin de semana emborracha a hooligans y enamorados de medio planeta. Apoyó a un colega que perdió toda su colección en uno de los últimos terremotos de Chile. Y asegura que armar un paquete para mandarlo por correo se ha convertido en un arte: “Primero, envuelvo cada lata en una esponja especial y en papel periódico. Luego, forro con grandes plastoformos el interior de la caja. Y al final, pongo un poco más de plastoformo alrededor, pero en trozos, para protegerlo todo de los golpes y rasponazos”.

Para hacer sitio en su cuarto, Leo sustituyó su catre por uno chico y también se desprendió de algunos muebles. Pero ni siquiera así ha podido exponer todas sus latas. “Por el momento, ni el 30% está a la vista”, se lamenta. Y después dice que la cerveza es un lenguaje universal que está presente en los cinco continentes. “Además, es accesible, utiliza muy pocos ingredientes e hidrata”. Hay evidencias de que su uso se inició en el 3.500 antes de Cristo. La primera lata, sin embargo, no aparecía hasta 1935.

El particular botín de Leo se completa con alrededor de 2.000 posavasos de más de 150 países que ha logrado reunir en poquísimo tiempo: dos años y medio.

Algunos lucen inscripciones en árabe o hebreo. Y el más cotizado de todos ellos es uno cuadrado de un hotel ubicado en uno de los puntos más conflictivos del mapa: Corea del Norte.

Ediciones anteriores

Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1 2 3 4 5 6
7 8 9 10 11 12 13
14 15 16 17 18 19 20
21 22 23 24 25 26 27
28 29 30 31

Suplementos

Colinas de Santa Rita, Alto Auquisamaña (Zona Sur) - La Paz, Bolivia