Especiales

Los diablos y la Virgen

Ambivalencia, no paradoja

La Razón (Edición Impresa) / Mauricio Cazorla - investigador social

11:47 / 10 de febrero de 2016

Una hermana de una congregación comentó: “En Oruro es el único lugar donde los diablos son católicos”, y esta expresión se relaciona con aquella que afirma que es el único lugar en el mundo donde los diablos se pasean alegremente y se postran de rodillas a los pies de la imagen de la Virgen de la Candelaria del Socavón.

Para este contexto tuvieron que pasar hitos históricos a lo largo de los años, los cuales son parte de un proceso evolutivo que se desarrolló a través del tiempo en un espacio sagrado y ritual que congrega aún a sus devotos.

En sus orígenes, el cura Carlos Felipe Beltrán recogió aquella famosa leyenda del dios Huari como “Protector” de los urus que libró de las famosas plagas que aún se postran amenazantes y convertidas unas en piedra y otras en arena. Esta su recopilación permitió conocer al personaje Huaricato que es el antecedente nominal del diablo que baila alegremente en las calles de Oruro.

José Víctor Zaconeta en 1925, en su obra Odas y poemas en la famosa leyenda La Virgen del Socavón y su corte infernal, ilustra la presencia del famoso Chiru Chiru que tenía su escondrijo en uno de los socavones del cerro Pie de Gallo, que guardaba la imagen. De acuerdo con su interpretación, ante la desaparición de este personaje los vecinos se “echaron de menos” y descubrieron el paraje con la famosa imagen; luego se determinó, a partir de 1789, bailar de diablos en honor a la Virgen María, en este caso la advocación de La Candelaria.

Sin embargo, registros históricos demuestran que ya existía una ermita desde antes de la fundación de la Villa en 1606, especialmente en las colectas que se solicitaban para reparar algún muro derruido.

La devoción a la imagen de la Virgen de la Candelaria, ubicada en el paraje cerca del Socavón en el cerro Pie de Gallo, fue siempre generalizada en los habitantes de la villa colonial y de comunidades aledañas. Los mineros, en su mayoría indígenas urus, rememoran a su antiguo dios protector: Huari; luego de la derrota con la hermosa Ñusta se refugió en las profundidades y por este motivo los antiguos trabajadores asumieron que debían vestirse de diablos saliendo de sus parajes para bailar por las calles y llegar a la capilla de la Virgen y pedir perdón por sus pecados.

Esta analogía se ilustra porque el dios Huaricato, como explica Alberto Guerra Gutiérrez, es la personificación del “Tío” a quien los mineros le piden permiso para extraer el mineral no sin antes entregar ofrendas en coca, cigarros y alcohol, y así evitar alguna muerte inesperada en cualquiera de los parajes. El lugar dejó de tener la importancia económica, los minerales se agotaron y el antiguo lugar conocido como el Socavón de la Virgen, como explica Josermo Murillo Vacareza por una inversión gramatical e ideológica al lugar, se lo identificó con su Patrona: Virgen del Socavón.

Los personajes de la diablada en sus inicios fueron simples: trajes bordados en hilos de milan, pelucas hechas de crin de caballo, mascarillas hermosamente “feas” y trabajadas por artesanos de comunidades cercanas como Paria, constituían parte de la personalidad de estos personajes que representaban los autos sacramentales en el atrio circular de la plaza donde se encuentra la Capilla. Este espacio, considerado el más importante a nivel ritual, conserva en uno de sus costados un desapercibido mito pétreo inmerso en la devoción popular y que forma parte de los tantos otros que circundan la ciudad. La extirpación de idolatrías la respetó y no fue alterada ni mutilada, pero sí afectada en su entorno con la construcción de un monumento.

Antiguamente estos personajes bailaban al compás de algunas viejas marchas militares, y fueron los músicos locales los que le dieron los ritmos que anónimamente aportaron en su evolución con instrumentos de bronce, propios de bandas militares.

Sus sencillos trajes y cuernos curvilíneos destacaban en su ballet por las calles de la ciudad minera, concentrando su representación teatral en el patio del viejo edificio prefectural, para recibir atención de la primera autoridad del departamento y de los ocasionales espectadores que se daban cita.

La incursión de gente “aburguesada” luego de la contienda del Chaco marcó un hito importante por la evolución en la fisonomía del diablo, se cambiaron viejos zapatos, botas o “chocolateras” por vistosos calzados blancos de media caña con adornos de color rojo; se colocaron guantes y manguetas; el viejo pañuelón de seda se sustituyó por tres pañuelos en tela piel de lobo y después de terciopelo hermosamente bordados por hermanas del convento de Santa Ana y emuladas posteriormente por los artesanos locales. Las caretas pasaron por procesos muy marcados, se retorcieron los cuernos, los ojos se hicieron más saltones y la sonrisa diabólica caracterizó la personalidad de aquel ser.

La coreografía mejoró y dejó de ser un mero ballet callejero para ser una danza coordinada guiada por el Arcángel San Miguel, vencedor de las  hordas infernales, acompañado de Lucifer, Satanás y la diabla o china supay; posteriormente, merced a las innovaciones, incursionaron otros personajes como china diabladas o diablesas.

Este fenómeno cultural iniciado con los antiguos diablos en su devoción a la Virgen se resume en el verso que anónimamente fue escrito y colocado en la portada de piedra al ingreso del santuario y que reza de la siguiente manera:

Tú que gimes en el crimen

Tú te puedes aún salvar

Ven a los pies de la Virgen

Tus pecados a llorar.

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