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Remigio de La Santa y Ortega, el obispo de la contrarrevolución

El prelado católico que renunció a su cargo por la rebelión, organizó una guerrilla y excomulgó a los patriotas.

El inmueble de la escuela México, en la calle Ingavi, era la morada del obispo Remigio La Santa y Ortega.

El inmueble de la escuela México, en la calle Ingavi, era la morada del obispo Remigio La Santa y Ortega. Foto: Alejandro Álvarez

La Razón / La Paz

00:00 / 16 de julio de 2012

Tal vez nadie odio tanto la revolución del 16 de julio de 1809 y a sus impulsores como el obispo de la ciudad de Nuestra Señora de La Paz, Remigio de La Santa y Ortega. Tanto fue su encono que excomulgó a los patriotas, organizó una guerrilla en los Yungas e incluso enjuició a la Virgen del Carmen, la patrona de la causa libertaria de los insurrectos paceños.

Un estudioso de este personaje es el historiador Mariano Baptista Gumucio, quien ubicó las raíces de La Santa y Ortega en la Villa de Yecla, en el reino de Murcia. Se especializó en Teología y Cánones en el seminario de Oriola para dirigir una canonjía en la colegiata de San Isidro, en Madrid. Fue capellán del rey Carlos IV, obispo en Panamá y, luego, viajó a La Paz para hacerse cargo del Obispado en 1799.

El obispo vivió en su palacio de la calle Santo Domingo (hoy Ingavi), en el inmueble que actualmente alberga a la escuela México. Cuando estalló la rebelión, no pudo contener su ira e intentó frenarla a plan de amenazas. Consumada ésta, los protomártires decidieron deponer a dos símbolos de la autoridad de la Corona española en estos confines: el gobernador Tadeo Dávila y La Santa y Ortega.

Así, el prelado que estaba confinado en su palacio, no tuvo otra que dejar su cargo; toda una humillación. Fue escoltado desde la calle de las Ollerías (final de la actual calle Comercio) hasta el puente de Santa Bárbara, según la publicación La Paz revolucionaria, y allí le cerraron la entrada. Baptista Gumucio señala que el 21 de septiembre partió a Irupana convocado por sus autoridades, que se declararon realistas.

La población yungueña se convirtió en su cuartel general, desde donde emitió un decreto de excomunión contra todos los que participaron en la revolución para que se quemen en el infierno; uno de los peores castigos en una época dominada por la efervescencia católica. A la par, organizó una guerrilla, lo que, según Baptista Gumucio, lo convirtió en el iniciador de la guerra de guerrillas en la Charcas colonial.

Convirtió párrocos en capitanes, envió emisarios a Cochabamba y Potosí para reclutar soldados que defiendan las banderas de Dios y del rey Fernando VII.

No tomó las armas, pero se encargó de inspirar a sus seguidores con sendos discursos belicosos. Cuando la insurrección había sido aplacada por las huestes del español José Manuel de Goyeneche, el obispo retornó a La Paz y se ensañó con la Virgen del Carmen.

Sucedió en 1810, porque la advocación mariana había sido nombrada Patrona del Ejército Patriota por los revolucionarios. Incluso, La Santa y Ortega la sometió a un juicio por el delito de rebelión “a la Reina de los Cielos”. Su sentencia fue abandonar su iglesia, la del Carmen, y ser recluida en el templo de San Agustín, tras ser despojada de los símbolos que le habían impuesto los insurrectos paceños.

Ante la rogativa pública, fue liberada después de una misa de expiación o purificación. No obstante, el odio del obispo no terminó ahí, fue así que pidió a la Corona que le quite a La Paz el rango de ciudad y se trasladara el Obispado a Puno, de acuerdo con las investigaciones de Baptista Gumucio. En julio de 1813, fue elegido diputado por Puno para las Cortes de Cádiz, urbe a la que llegó en octubre de 1817.

Siete años después murió y no pudo ocupar su cargo como Obispo de Santiago de Compostela. Así acabaron los días de esta autoridad eclesiástica que, según Manuel María Pinto, en su libro La Revolución de la Intendencia de La Paz, era soberbio, glotón, chismoso y practicaba “otra suerte de malignidades, sin practicar la confesión ni suscitar obras piadosas”. Prelado que se convirtió por obra y gracia del 16 de julio de 1809, en el primer líder de la contrarrevolución.

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