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La Revolución de 1781 enarboló la constitución de una patria libre

Los pobladores de la Villa Real de San Felipe de Austria se levantaron contra la Corona española el 10 de febrero.

La Razón / Fabrizio Cazorla Murillo

00:00 / 10 de febrero de 2013

La Villa Real de San Felipe de Austria (hoy Oruro) permitió la generación de un contexto especial antes, durante y después de la Revolución del 10 de febrero de 1781, cuando en voz alta y segura Sebastián Pagador lanzó la siguiente proclama: “Amigos, paisanos y compañeros: estad ciertos que se intenta la más aleve traición contra nosotros por los chapetones; esta noticia acaba de comunicárseme por mi hija; en ninguna ocasión podemos mejor dar evidentes pruebas de nuestro amor a la patria, sino en ésta. No estimemos en nada nuestras vidas, sacrifiquémoslas gustosos en defensa de la libertad; convirtiendo toda la humildad y rendimiento que hemos tenido con los españoles europeos, en ira y furor”.

En la situación previa a 1780, se identifica más de 100 rebeliones o revueltas, catalogadas en regionales o locales por su espontaneidad o planificación. La mayoría de éstas tuvo un carácter “antifiscal”, es decir, en contra de los tributos; pero, sobre todo, en contra del reparto. Hubo también insurrecciones de la masa indígena contra los caciques, especialmente cuando éstos eran impuestos por el Corregidor, o revueltas contra los clérigos por abusos de algunos curas o por la tenencia de la tierra.

La sociedad colonial se caracterizaba por ser estamental en la Villa de San Felipe de Austria, cuya jerarquía se basaba en la riqueza, el linaje y la raza. De acuerdo con el historiador Fernando Cajías, la minería fue la actividad económica dominante, pero aleatoria, con ciclos de auge y depresión, siendo el comercio la más rentable y estable. La coca era un producto tradicional que no pagaba impuestos, lo que cambió con las reformas; por ello, las protestas fueron inmediatas. Este asunto explica por qué entre los acusados de ser cabecillas de la sublevación de 1781 se encontraban importantes comerciantes como Pedro Ascuas y Bernabé Pineda.

Para fines de 1780, la ciudad presentaba dos grupos antagónicos muy influyentes; el primero estaba formado por mineros/azogueros criollos como Jacinto y Juan de Dios Rodríguez, Diego Flores, Isidro de la Riva, Domingo Herrera; pequeños comerciantes como Bernabé Pineda, Gregorio Salamanca, Blas Gascón y otros aliados del partido criollo. El segundo grupo era conocido como el partido europeo y giraba en torno al corregidor Manuel Urrutia y su séquito vasco, entre los que se figuraban Fernando Gurruchaga y Manuel Mugrusa, José Ruiz de Soriano, entre otros.

Los conflictos económicos, políticos y la rivalidad entre criollos y europeos generaron un ambiente propicio para que se diera la revolución; sin embargo, hubo tres causas desencadenantes: la noticia y la propagación de la rebelión del caudillo indígena Túpac Amaru (1738-1781), las elecciones de alcaldes del 1 de enero de 1781 y conflictos en las milicias que se aprestaban a defender la Villa.

El corregidor Urrutia organizó una tropa de 300 hombres y nombró capitanes y oficiales, como don Manuel Serrano. Así, el 9 de febrero a las 22.00 salieron del cuartel algunos soldados de la compañía de Serrano, pidiendo a gritos socorro a los demás. Y averiguada la causa el sargento patriota Sebastián Pagador respondió en voz alta con los detalles de la famosa proclama, difundiéndose el mensaje insurrecto por toda la ciudad.

Pagador recordó las vejaciones que sufrían por el Gobierno y sus ministros y otras razones que exaltaron los ánimos al fin propuesto. Iniciado el levantamiento, el Corregidor fugó a Cochabamba para solicitar auxilio; pero los españoles, los funcionarios públicos, los vasallos del rey, se aislaron en la casa de don José Endeyza, quien luego de un tenaz combate entre el pueblo desarmado y los defensores de la Corona ibérica, arrojó cestas incendiarias de ají para contrarrestar las armas de fuego. Se victimó a españoles notables en los enfrentamientos. Y al pasar por la Calle del Correo, los rebeldes retiraron las armas del rey fijadas sobre la puerta, pisándolas y ultrajándolas, dando a entender de que había fenecido el reinado de Carlos III.

La Revolución de Oruro en 1781 no tuvo las mismas tendencias que la insurrección de Túpac Katari y la sublevación de Túpac Amaru, como se ha creído. Estos hechos fueron resistencias armadas de los indígenas contra las exacciones de los curas y corregidores, y contra los repartimientos.

La rebelión orureña fue una verdadera iniciativa de la guerra de la independencia, deseo manifestado en la constitución de una patria libre. Los hechos referidos por un historiador realista, los documentos oficiales y el parte del corregidor Urrutia son una demostración de ello, y los pasquines sediciosos, según la Relación histórica, lo corroboran. Los iniciadores y promotores de la revolución fueron los criollos vecinos más acaudalados de la ciudad: Juan de Dios Rodríguez, Jacinto Rodríguez, Delgado, Amezaga, Lazo, Serrano, Menacho, Montesinos, Azurduy, Herrera, Galleguillos, inclusive participaron niños y mujeres.

El 10 de febrero de 1781, Oruro declaró la guerra a muerte contra los opresores y el glorioso primer grito de independencia en la región se selló con sangre heroica. Derribado el escudo de las armas reales, el pueblo, armado de hondas y palos, destituyó a las autoridades eclesiásticas proclamando —franca y explícitamente— patria y libertad. Pero más tarde, repuesto el Gobierno español, Oruro quedó en ruinas: destruidas sus casas sembradas de sal, muertos sus hijos, desterrados otros a las cárceles de Buenos Aires; muchos murieron en estado de inanición y otros quedaron locos.

El héroe de la insurrección

Sargento • Sebastián Pagador fue un militar mestizo que tomó las riendas  de la insurrección de 1781 en la Villa Real de San Felipe de Austria (hoy Oruro). Incluso  fue el encargado   de lanzar la proclama de rebeldía.

Muerte• falleció cuando indígenas intentaron asaltar las cajas reales que él resguardaba y que fueron destinadas para cubrir los gastos del arribo del caudillo indígena Túpac Amaru, que había encendido la insurrección en el continente.

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