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TORBELLINOS TEMBLORES

Henri Michaux (1899-1984), poeta y pintor de origen belga, es uno de mis hacedores preferidos: como escritor, por supuesto, pero también como artista plástico. Entre estas dos vertientes de su arte —nombre que él rechazaría, sin duda, para calificar o, mejor, para clasificar sus obras— hay ecos y nudos que se ovillan y se desenlazan sin tregua.

Henri Michaux es, sin duda, uno de los grandes artistas del siglo XX.

Henri Michaux es, sin duda, uno de los grandes artistas del siglo XX.

La Razón / Guillermo Augusto Ruiz, poeta.

00:00 / 26 de febrero de 2012

Seres diminutos y elásticos que, como en su prosa “La vejez de Pollagoras”, habitan y dan vida a ese espacio, o mejor, que son ese espacio de adentro que a Michaux, como a tantos modernos, le gustaba explorar sin miedo ni esperanza. Su singularidad radica quizá en haber realizado ese viaje sin ningún asidero: ni literario ni artístico ni vital. Desconfiaba del estilo y de sus límites. Del marco estable y tiránico de la razón. De las ilusiones vinculadas a las drogas. Toda su obra es una fortaleza hecha de torbellinos y temblores, como dejó escrito en su Arte Poética, por demás significativa, titulada ¡En contra! En contra de lo establecido, en contra del conformismo, en contra de la doxa, de los prejuicios y las certidumbres seculares, en contra de comprender o aliviar o amansar ese impulso hambriento que, a cada intento de escritura o dibujo, lo llevaba a otra parte (es, de hecho, el título de su libro de viajes imaginarios por países tan extraños como familiares). En contra de la poesía, esa meona, ese estorbo —Baudelaire, en su época, la llamó mojigata, pero la intención era la misma: librarse de sus límites castrantes—, y en favor de Michaux, entonces, no le llamemos poeta, ni pintor, ni artista, ni siquiera “inclasificable” —última gaveta del archivador. Comprender es comprimir, hacer chatarra. Acerquémonos sólo unos instantes a eso, a lo que dejó y palpita, y empecemos el viaje hacia nosotros mismos.

EN CAMA

La enfermedad que tengo me condena a una inmovilidad absoluta en cama. Cuando mi aburrimiento cobra proporciones excesivas y que van a desequilibrarme si no intervengo, he aquí lo que hago:

Aplasto mi cráneo y lo extiendo delante de mí lo más lejos posible y, cuando está bien aplanado, saco a mi caballería. Se oye claramente los golpes de los cascos en ese suelo firme y amarillento. Los escuadrones comienzan el trote de inmediato, y piafan, y dan coces. Y ese ruido, ese ritmo nítido y múltiple, ese ardor que respira combate y victoria, fascinan el alma del hombre que, clavado en cama, no puede hacer ni un movimiento.

CUANDO LAS MOTOS VUELVEN AL HORIZONTE

Lo única cosa que realmente aprecio, es una moto. ¡Oh! ¡Qué piernas más finas, finas! Apenas si las vemos.

Y mientras admiramos —así de rápidas son—, ya ellas vuelven velozmente al horizonte, que nunca dejan sino muy a pesar suyo.

¡Es eso lo que hace soñar! ¡Es eso lo que hace mear a los perros con expresión soñadora a los pies de los árboles! Es eso lo que nos vuelve a sumergir en el sueño a nosotros, al resto, y que siempre nos lleva a retirarnos detrás de las ventanas, de las ventanas, de las ventanas de grandes horizontes.

VISIÓN

De golpe, el agua enjabonada donde ella se lavaba las manos se transformó en vidrios cortantes, en duras agujas, y la sangre, como es su costumbre, salió dejando a la mujer arreglárselas.

Poco después, como es corriente en este siglo obsesionado con la limpieza, llegó un hombre, él también con la intención de lavarse, se arremangó bien alto, se untó el brazo con agua espumosa (ahora sí era espuma) pausada, atentamente, mas insatisfecho, lo rompió con un golpe seco contra el borde del lavamanos, y se puso a lavar otro más largo que le creció enseguida, como sustituto del primero; era un brazo suavizado por un vello más poblado y sedoso, pero al tenerlo bien enjabonado, casi con amor, de pronto dirigiéndole una mirada dura, de pronto insatisfecho, lo rompió, “¡kha!”, y asimismo rompió otro que le creció en su lugar, y luego el siguiente, y luego otro más, y luego otro más (nunca estaba satisfecho), y así hasta diecisiete, ¡pues yo, en mi espanto, contaba! Después desapareció con un decimoctavo que prefirió no lavar y utilizar tal cual para las necesidades del día.

UN HOMBRE APACIBLE

Alargando las manos fuera de la cama, a Pluma le sorprendió no encontrar la pared. “Vaya —pensó—, las hormigas se la habrán comido…” y volvió a dormirse.

 Poco después, su mujer lo agarró y lo zarandeó y le dijo: “¡Mira, vago! Mientras estabas ocupado durmiendo, nos han robado la casa.”

Efectivamente, un cielo intacto se extendía hacia donde mirara. “Bah, lo hecho, hecho está”, pensó.

Poco después, se oyó un ruido. Era un tren que se les echaba encima a toda máquina. “Por la prisa que parece llevar —pensó—, llegará seguramente antes que nosotros” y volvió a dormirse.

Luego, lo despertó el frío. Estaba completamente empapado de sangre. Cerca de él, yacían algunos pedazos de su mujer. “Con la sangre —pensó— surgen siempre cantidad de molestias; me hubiese alegrado mucho que no pasara el tren. Pero en vista de que ya pasó…” y volvió a dormirse.

—A ver —decía el juez—, cómo explica usted que su mujer se haya herido hasta el punto de que la encontrasen destrozada en ocho pedazos, sin que usted, que estaba al lado, pudiera hacer un gesto para impedírselo, sin haberse dado cuenta siquiera. He ahí el misterio. En ello radica todo este asunto.

—En ese sentido, yo no puedo ayudarlo —pensó Pluma, y volvió a dormirse.

—La ejecución tendrá lugar mañana. Acusado, ¿tiene usted algo que añadir?

—Discúlpeme —dijo—, no he seguido el juicio. Y volvió a dormirse.

UNA CABEZA SALE DE LA PARED

Por la noche, mucho antes de que el cansancio me lleve a hacerlo, tengo la costumbre de apagar la luz.

Tras unos minutos de duda y sorpresa, durante los cuales espero tal vez poder dirigirme a un ser, o que un ser venga a mí, veo una cabeza enorme de casi dos metros de superficie que, ni bien se forma, arremete contra los obstáculos que la separan del aire libre.

De entre los restos del muro perforado por su fuerza, aparece en el exterior (la siento más de lo que la veo) seriamente herida y luciendo las huellas de un esfuerzo doloroso.  

Llega con la oscuridad, regularmente desde hace meses.

Si entiendo bien, en este momento es la soledad que me pesa, de la cual aspiro salir subconscientemente, sin saber cómo hacerlo todavía, y que expreso de este modo, sacando de ello, sobre todo en el auge de los golpes, una gran satisfacción.

Naturalmente, esa cabeza vive. Tiene vida propia.

Se precipita así miles de veces a través de techos y ventanas, a toda velocidad y con la obstinación de una biela.

¡Pobre cabeza!

Pero para salir realmente de la soledad uno debe ser menos violento, menos iracundo, y carecer de un alma capaz de conformarse con un espectáculo.

A veces, no sólo ella, sino yo mismo, con un cuerpo fluido y duro que me siento, bien distinto del mío, infinitamente más ágil, flexible e inatacable, embisto a mi vez con ímpetu y sin tregua, puertas y paredes. Me encanta abalanzarme de frente contra el armario de luna. Golpeo, golpeo, golpeo, destripo, tengo satisfacciones sobrehumanas, supero sin esfuerzo la ira y el impulso de los grandes carnívoros y las aves de rapiña, tengo un arrebato que está más allá de cualquier comparación. Luego, sin embargo, al pensarlo, me sorprende, me sorprende cada vez más que después de tantos golpes, el armario de luna no se haya resquebrajado aún, que la madera no haya soltado un solo crujido.

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