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Trayectoria universal de la revolución en Charcas

La acción formó parte constitutiva de la insurrección democrática burguesa.

Casa de la libertad. En el antiguo edificio universitario de los     jesuitas se graduaron como doctores los principales protagonistas  de las revoluciones. Foto: archivo La Razón

Casa de la libertad. En el antiguo edificio universitario de los jesuitas se graduaron como doctores los principales protagonistas de las revoluciones. Foto: archivo La Razón

La Razón (Edición Impresa) / Joaquín Loayza / Sucre

00:33 / 25 de mayo de 2014

La revolución del 25 de Mayo de 1809, acaecida en la ciudad de La Plata, hoy Sucre, fue un acontecimiento histórico que, como los movimientos revolucionarios que se suscitaron sucesivamente después en La Paz, Quito, Caracas, Buenos Aires y otras ciudades, formó parte constitutiva de la revolución democrática burguesa que en Hispanoamérica se concretó a través de una guerra de liberación nacional contra la administración virreinal española.

Las posibilidades materiales para la realización de la revolución en Charcas se fincaron en el agotamiento del modo de acumulación originaria de capital que prevaleció en las relaciones sociales de producción vigentes en la América española, en las condiciones de explotación de la fuerza de trabajo, principalmente indígena, y en la consolidación económica, social y cultural de un conglomerado humano, esencialmente criollo y mestizo, vinculado a las actividades industriales, agrarias, financieras, comerciales e intelectuales, cuyas reivindicaciones históricas estaban relacionadas con la concreción de los objetivos económicos y políticos que la burguesía desarrolló en el curso de los siglos precedentes y que se hicieron evidentes a través de la revolución inglesa, la revolución norteamericana y la revolución francesa.

Sin embargo, el futuro de la revolución en Charcas no solo dependía de la concurrencia de los factores materiales que exigían su realización, sino, era imprescindible la existencia de un factor subjetivo expresivo del desarrollo de una conciencia colectiva, al menos de una parte importante de la sociedad, acerca de la necesidad de transformar las relaciones sociales de producción entonces imperantes. Correspondió la tarea de desarrollar aquella conciencia a la burguesía criolla y mestiza que, si bien controlaba un porcentaje importante de los medios de producción en la minería, el comercio, las finanzas y la agropecuaria; no había logrado su acceso pleno al poder político. Esta tarea implicaba realizar, en un tiempo más o menos prolongado, un cúmulo de acciones de carácter orgánico, ideológico, político y, si fuera necesario, militar.

En las condiciones políticas vigentes en los años anteriores a la revolución de 1809 las posibilidades de organización de una opinión pública libre eran mínimas, en tal sentido, las agrupaciones revolucionarias adoptaron las fórmulas de asociación utilizadas en las revoluciones triunfantes en Norteamérica y en Francia: las sociedades masónicas, otras formas de asociación conspirativa y, cuando fue posible, la academia universitaria, en el caso de Charcas la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca y la Academia Carolina. La educación ideológica de las personas reunidas en estas agrupaciones revolucionarias se sustentaba en la lectura de los autores de la ilustración francesa, como Voltaire, Rousseau, Montesquieu y Raynal, entre otros; o los ilustrados españoles, como Uztáriz, Ward, Campomanes y Jobellanos, para citar algunos. El programa político de la revolución se constreñía a reivindicar el ejercicio pleno de la libertad civil a través de la constitución de un Estado nacional, democrático y republicano.

La evidencia documental permite inferir que al comenzar la penúltima década del siglo XVIII la revolución burguesa universal poseía un espacio vital en la sociedad charqueña. En efecto, entre 1780 y 1782, cuando se suscitaron las sublevaciones indígenas en Charcas y el Perú, una cantidad importante de pasquines escritos en español y en latín, en prosa y en verso, que se conservan todavía en diversos archivos de Iberoamérica, emergieron de la oscuridad orgánica de los inconformes con la administración colonial para apoyar a los sublevados. Años después, en 1785, durante la sublevación mestiza que se verificó en la ciudad de La Plata, una cantidad inusitada de documentos subversivos acompañó su realización y concluyó con predicciones revolucionarias: “¡Guerra, queremos guerra, aguardamos la ocasión!”. A un cuarto de siglo de que las insurrecciones indígenas y las sublevaciones mestizas fueron aplacadas a ruegos y cañonazos, los acontecimientos históricos acaecidos en la ciudad de La Plata en 1809, como emergencia de la invasión napoleónica a España, la abdicación de Fernando VII en favor de José Bonaparte, su prisión en Bayona y las pretensiones de la corte portuguesa de las que era portador el emisario de la Junta Suprema de España e Indias, el brigadier José Manuel Goyeneche, demostraron que la revolución en Charcas y en toda la América española era a todas luces inevitable.

Para la vanguardia consciente radicada en la ciudad de La Plata y formada en las verdades de la ilustración, la abdicación de Fernando VII, incluso su posible fallecimiento, suponía la disolución del pacto social que se había establecido entre la monarquía española y los habitantes de sus colonias en América y, en tal entendimiento, el derecho que les asistía de dotarse del gobierno que soberanamente les convenía. Para el pueblo llano este mismo asunto, las pretensiones lusitanas y la complicidad de algunas de las autoridades coloniales implicaba proceder a la defensa de la majestad del Rey de España. Las dos posiciones coincidían en el punto que para renovar el pacto social o defender el trono de Fernando VII era imprescindible derrocar a la autoridad colonial que gobernaba en Charcas.

La Audiencia Gobernadora, que fue el resultado tangible de la revolución, se mantuvo en funciones por el lapso de siete meses. En ese periodo confirió el mando militar al comandante Pedro Antonio Álvarez de Arenales, organizó un cuerpo de milicias para velar la seguridad interna y externa de la ciudad de La Plata, envió emisarios a las ciudades del Virreinato informando acerca del propósito de los sucesos políticos y el modo cómo se habían producido y, desde luego, cumplió con las responsabilidades jurisdiccionales y administrativas que le correspondían. Como todas las revoluciones, la de Chuquisaca vivió aquel periodo con la incertidumbre de desarrollarse o perecer, en ese cabildeo que implicaba la confrontación tácita entre los espíritus conciliadores y los que pretendían una acción más radical y, aunque el movimiento logró evidenciar su vigor revolucionario a través de los sucesos del 16 de julio en La Paz, esta primera etapa concluyó el 22 de diciembre de 1809 con la llegada del brigadier Vicente Nieto para ejercer, por nombramiento del Virrey de Buenos Aires, las funciones de Presidente de la Audiencia de La Plata. La nueva autoridad restableció plenamente la administración colonial en la ciudad de La Plata y, a través de una política que combinaba la prudencia con el ejercicio pleno de su autoridad, encarceló a los principales dirigentes de la insurrección y hacia febrero de 1810 salieron exiliados al Perú los oidores Ussoz y Mozi y Vásquez Vallesteros, el fiscal López Andreu, el comandante Pedro Antonio Álvarez de Arenales y el doctor Jaime de Zudáñez, entre otros. Pocos meses después, ante la imposibilidad de realizar una revolución esencialmente política, una guerra revolucionaria se desplegó por todo el continente americano, por 15 años, hasta cesar el 6 de agosto de 1825 con la fundación de la república de Bolivia, en la misma ciudad donde se gestó la revolución en la América española.

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