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El tormento de vivir en los campamentos

“Todos están con miramientos. Se escuchan las peleas, se escuchan las músicas fuertes, se escucha hasta lo que uno camina y es incómodo. Uno quisiera irse, pero no hay dónde”, cuenta cabizbaja Genoveva de Ignacio, una damnificada del megadeslizamiento del 26 de febrero en la ciudad de La Paz, que actualmente vive en el campamento de casas prefabricadas en Villa Salomé.

La Razón / Guadalupe Tapia / La Paz

12:39 / 24 de febrero de 2012

Ha pasado casi un año desde que ocurrió el deslizamiento sin precedentes de 140 hectáreas de la ladera este de la ciudad, que causó daños estructurales a 1.467 predios, afectó a unas 6.000 personas  y dejó pérdidas de $us 93 millones, y 2.881 personas (715 familias) aún viven en 16 albergues y campamentos.

La incomodidad, la falta de privacidad y la inseguridad deterioran el estado emocional y psicológico de los damnificados, obligados a vivir en un espacio de seis por tres metros. La tensión se manifiesta en peleas, congoja y hastío, según observó La Razón durante un recorrido.

Evaluación. La Oficialía Mayor de Desarrollo Humano de la Alcaldía realizó un diagnóstico psicosocial que establece que los damnificados por el megadeslizamiento sufren problemas de estrés, conductas agresivas y antisociales y estados depresivos.

El estudio también reporta bajo potencial de desarrollo, morbilidad aguda, mayor dificultad de aprendizaje, escasa productividad (a nivel, académico, familiar y laboral), abandono escolar o desempleo y mantenimiento del círculo de la pobreza.

“Son reacciones que se entienden porque tenían otra forma de vida. La Alcaldía espera que esto se resuelva con la dotación de viviendas”, manifiesta el secretario Ejecutivo del Gobierno Municipal, Luis Lugones.

Gloria Tinini habita en el campamento Zenobio López, que se encuentra cerca del cruce de Villa Armonía. Ella vive con su esposo y sus cuatro hijos. Tiene una sola cama, donde duermen ella, su pareja y uno de sus niños. Los demás lo hacen en colchones tendidos en el piso.

“En estas condiciones poco o nada se puede hacer, ya nos hemos acostumbrado”, comenta, mientras lava sus trastos en la lavandería.

Nancy Velásquez armó su cocina en el espacio de metro y medio que separa su casa prefabricada de la de su vecino. “Somos seis. En las noches tendemos el colchón para dormir y en la mañana lo recogemos para tener más espacio. Mis hijos tienen que hacer sus tareas en banquitos”.

Ella, como otros afectados por la desgracia, asume que cualquier cosa que sucede al interior de una familia en segundos es de conocimiento de todo el campamento.

En Zenobio López, el campamento se cierra a las 23.00, como casi en todos los otros que tienen una cerca. Si alguien se pasa de esa hora, corre el riesgo de pasar la noche en la calle y por ello los damnificados sienten que la desgracia no sólo les quitó su privacidad, sino también la libertad.

Asunta Escalera está en el campamento Zenobio López II, donde existe más tolerancia para las salidas.

 En su casa viven siete personas,  ella, su esposo y cinco hijos, quienes para dormir se acomodan en tres camas. “Este espacio es comedor, dormitorio y cocina, es incómodo”.

En el campamento de Villa Salomé —que fue construido en una cancha abierta—, encontramos a Margarita Choque, quien por falta de espacio mantiene la ropa de la familia en bolsas y amarros, lo que le obliga a realizar un doble esfuerzo para mantener la ropa planchada.

En este refugio, la distancia entre las casas de madera prensada es de casi un metro. Estos espacios fueron aprovechados por los afectados para construir improvisadas cocinas.

 “La grasa se impregna, por eso mejor afuera nomás”, dice Margarita. Genoveva de Ignacio vive en este campamento y cuenta que tiene problemas con sus hijos. “Tengo tres varones y tres mujeres y cuando se tienen que cambiar se pelean”. Los mayores son adolescentes, y hasta el simple hecho de mudar de ropa se ha convertido en motivo de tensión y de pelea en esta familia.

El ruido que hacen los niños al jugar, el llanto de otros, la música, y las ollas de las mujeres que cocinan se escuchan claramente. Hay quienes comentan que quisieran dejar el campamento, aunque sea por unas horas, pero prefieren no hacerlo porque “se ha perdido hasta ropa interior”, comenta una afectada.  

Acá vive Simona López, quien se queja por lo difícil que es conservar los recipientes que le ayudan en sus quehaceres  domésticos, porque tienen que guardarlos por las noches para evitar que se pierdan. “Los fines de semana, la lavandería siempre está llena, es difícil lavar ropa”, señala.

En Flor de Irpavi, María Quispe indica que hay familias que deben compartir una casa prefabricada y que están separadas apenas por una cortina. “Había una cocina común, pero como no hay espacio, tenemos que sacar afuera nuestra cocina”.

En este campamento, el horario también es estricto y las puertas se cierran a las 23.00. “Mi esposo es chofer, llega a veces tarde, pero no abren”, agrega Quispe.   En este sitio, el consumo de alcohol es sancionado, menciona una ama de casa que prefiere que no la identifiquemos. 

“En Año Nuevo todos bebimos y los administradores del campamento entregaron notificaciones a todos. Con tres acumuladas se van”.

Élida Mariaca, vive en el campamento de Callapa y ella ve que la relación con sus hijos se ha resquebrajado. “Ellos venían a almorzar, pero por lo lejos, ya no nos reunimos. Nos tenemos que adaptar, pero es incómodo”. “Ésa es nuestra vida y no podemos hacer nada, da rabia. Nos urge un lugar propio”, enfatiza Claudia Mamani, una adolescente, mientras lidia con la bulla que se produce al mediodía en Callapa. 

Quejas por las goteras

Durante el recorrido que realizó La Razón a cinco campamentos, los damnificados se quejaron por el agua de lluvia que se filtra hacia el interior de las casas prefabricadas a través de los clavos del techo, lo que humedece el ambiente y sus pertenencias.

Albergues temporales

La situación de los damnificados que viven en las seis estructuras habilitadas como albergues temporales (Piscina Olímpica, Normal Simón Bolívar, ex  Unidad Educativa Rosmery Barrientos, Gimnasio Santa Rosa, Casa Comunal Artemio Camargo y Casa del Adulto Mayor Awichas)no es muy distinta de la de quienes están en campamentos. En la piscina de Alto Obrajes, los vecinos deben cocinar sus alimentos en cocinas comunes. “No tenemos las llaves de los cuartos, por eso alguien siempre tiene que quedarse a cuidar”, cuenta Ana López.  Wilsa Ivanovik dice que “cambiarse es muy incómodo porque nos ven”.

Ausencia de privacidad, origen de los conflictos

Para el psicólogo social José Manuel Pacheco, las familias que han vivido la experiencia de perder sus viviendas “fueron golpeadas en su estructura afectiva y social.”

“El espacio de pertenencia va más allá de la estructura física, refuerza afectos, pasiones, y estas cosas se han perdido entre los afectados. Ahora se encuentran en espacios colectivos, donde deben trabajar en una nueva manera de convivencia”, dice Pacheco.

En el recorrido que hizo La Razón por los campamentos, pudo constatar la alta volatilidad de la convivencia entre vecinos. Basta que alguien ocupe con bañadores parte de los pasillos, por donde transitan las personas, para que estalle una disputa.

Las familias de damnificados tratan de llevar de la mejor manera posible la convivencia.  Sin embargo, todos señalaron que sus relaciones afectivas dentro del núcleo familiar están deterioradas.

Los casos más complejos están entre las parejas que no pueden tener momentos de intimidad porque comparten una habitación de tres por cuatro metros con sus hijos. “Difícil es, ya no se puede, ni modo, así tenemos que vivir”, comenta una afectada que no quiere ser identificada.

Para Pacheco, todas estas limitaciones alteran la personalidad y el comportamiento de las personas. “El hecho de no tener intimidad entre parejas afecta y les llena de frustración. Son más propensas a la irritabilidad”.

Los damnificados por el megadeslizamiento dicen sentirse como en una gran familia, a la que, sin embargo,  no puede ocultarse nada. Pacheco recuerda que un campamento es un espacio transitorio, y que las autoridades no deberían esperar demasiado para cambiar el hábitat de los damnificados. Hacerlo puede detonar más conflictos entre ellos.

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