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El centro del poder que se convertirá en un museo

El Palacio Quemado abriga muchos misterios. Uno de ellos es la proporción y diseño del despacho del Presidente.

La Razón (Edición Impresa) / Rubén Ariñez / La Paz

00:00 / 09 de agosto de 2015

Un haz de luz hace brillar tenuemente el bronce de las iniciales RB flanqueadas por 92 hojas de laurel que se quedaron lacradas en el hall. Muy pocas veces se advierte su presencia porque su oscuro color marrón se funde en el piso entablillado con madera del mismo tono.

Es el vestigio de la República de Bolivia —el “viejo Estado”— que aún conserva el Palacio Quemado en sus pasillos, en las sillas y la ornamenta que libran su última contienda con el nuevo modelo de Estado que rige desde 2009, tras la aprobación de la Constitución Política del Estado (CPE), en actual vigencia.

Enclavada en la acera sur de la plaza Murillo (el kilómetro cero), la casona alberga a la casa del Gobierno desde 1845, cuando el presidente José Ballivián ordenó destruir el viejo cabildo de la colonia para alzar sobre sus ruinas el “nuevo” edificio que hoy se mantiene en pie a pesar de las inclemencias de la historia.

El cantero Feliciano Kantuta —considerado un “digno heredero” de los escultores tiwanacotas— labró el mármol y la piedra que hoy sostienen la estructura principal del edificio diseñado por el arquitecto José Núñez del Prado, quien también diseñó la fachada de la Catedral que se edificó a su derecha.

“Es un edificio con mucha historia y la representación del poder político”, afirma el historiador Mariano Baptista mientras hace una reminiscencia de su paso por los recónditos pasillos de una historia que conoció de cerca cuando asistió, en persona, al presidente Víctor Paz Estenssoro en su primer periodo de gobierno (1952-1956).

“Desde los presidentes hasta los cocineros, todos sus ocupantes podrían relatar muchas cosas de este inmueble donde tan pronto como cae la tarde empiezan a circular los espectros del pasado”, reseña Baptista en su libro Biografía del Palacio Quemado (1984).

Esos espectros no se han ido del caserón. Al menos ése es el tono del relato de sus moradores que prefieren sosegar las ansias de desentrañar sus secretos. De hecho, fue el escenario del deceso extremadamente violento de tres presidentes. Isidoro Belzu en su intento de golpe murió en manos de su sucesor, Mariano Melgarejo en 1864; el presidente Agustín Morales, de carácter ambiguo, recibió del puño de su sobrino una bala certera en 1872; y Gualberto Villarroel que se doblegó ante la presión de una turba furibunda que lo sacó —a las malas y en medio de torturas— del Palacio y por ende del Gobierno, el 21 de julio de 1946. El cuerpo de Villarroel y de sus cercanos quedó colgado en un farol de la plaza Murillo.

“Los cuerpos de los colgados quedaron expuestos, desnudos y con múltiples heridas y hematomas, salvo el calzoncillo o algún retazo de tela que les cubría los órganos genitales, hasta el atardecer”, rememora Baptista que a sus 13 años fue “azorado espectador de la furia popular”.El Palacio es testigo silente de los designios del país. En muchos de sus salones los Jefes de Estado y ministros —agobiados por las circunstancias— generaron políticas de Estado que cambiaron el curso del país para frenar, por ejemplo, la devaluación monetaria en la década de los 80.

Uno de esos espacios de decisión es la sala de reuniones del gabinete que se encuentra en el segundo piso del ala sur. Ahí, el presidente Evo Morales y su gabinete se reúnen los miércoles desde las 05.00, una práctica que impuso el Mandatario indígena desde que llegó al poder en 2006.

Un mesón óvalo marrón despunta en el salón. Morales dirige al gabinete asistido por los “hombres fuertes” de su administración. A su diestra, se sitúan el vicepresidente Álvaro García Linera y el ministro de Defensa Reymi Ferreira. En tanto que a la izquierdo del Jefe del Estado se apostan los ministros de la Presidencia, Juan Ramón Quintana; de Relaciones Exteriores, David Choquehuanca, y de Gobierno, Carlos Romero, respectivamente.

Muchas de las instalaciones han sufrido modificaciones en el transcurso del tiempo, pero existen dos salones —el Rojo y el de los Espejos— que si bien cambiaron su funcionalidad mantienen sus nombres intactos.

El Salón Rojo, de cuyos balcones los presidentes y las autoridades siguen los desfiles cívicos y militares que se desarrollan en la plaza Murillo, era destinado a reuniones y recepciones. En la actualidad sus alfombras y cortinas rojizas, además del tapiz del enorme mesón rectangular de unos seis metros de largo, son testigos de encuentros con los movimientos sociales y los aliados, como la Central Obrera Boliviana (COB).  

El Salón de los Espejos, en tanto, mantiene su esencia: seis enormes espejos ovales son los vigías de este espacio. Ahí, el presidente Morales recibe las cartas credenciales de los representantes diplomáticos acreditados en el país y, de vez en cuando, se reúne con ellos. Mas este sitio también desempeña las funciones de sala de prensa. Ahí mismo propuso recientemente a su colega Michelle Bachelet de Chile dar solución definitiva al diferendo marítimo que sostienen ambos países desde 1879 con la mediación del papa Francisco. Por efecto de la invasión de las tropas chilenas y la posterior conflagración, el país perdió 120.000 kilómetros cuadrados de territorio y cerca de 400 kilómetros de costa marítima.

En el remate del Salón de los Espejos existe un mudo recordatorio de este aciago suceso en un mapa que data de 1859 y que consigna los territorios perdidos del Litoral, Acre y parte del Chaco.

El Palacio Quemado abriga muchos misterios. Uno de ellos es la proporción y diseño del despacho del Presidente. Se encuentra en el inalcanzable tercer piso del edificio. Muy pocos tienen acceso a ese nivel donde también reside la antigua Galería de Presidentes, la cocina y el comedor. Un platillo frecuente es la pisara o un graneado de quinua.

Baptista recuerda que “alternativamente y dependiendo del carácter e inclinaciones del inquilino de turno, el Palacio Quemado fue usado como cárcel, cuartel, caballerizas, gabinete de estudio y de toma de decisiones, bar y también lenocinio, y allí se firmaron por igual proclamas y decretos que consagraban injusticias y abusos o que establecían el decoro ciudadano”.

He ahí la mística del Palacio Quemado que por azares del violento destino quedó bautizado así. En 1875 —explica Baptista— durante la segunda presidencia de Tomás Frías se afrontó una serie de rebeliones en el interior del país y, principalmente, la arremetida de sus detractores Quintín Quevedo y Casimiro Corral que buscaban arrebatarle la silla presidencial que le había entregado el Congreso tras el corto mandato por la muerte de su antecesor Adolfo Ballivián.

Fechaba el 20 de marzo cuando la humareda negra se apoderó del lugar. El periodista César Sevilla, testigo de ese hecho, entregó su testimonio en el diario La Reforma. “Eran las dos y media de la tarde cuando se apercibieron en los techos contiguos de la Catedral las primeras sábanas incendiarias, empapadas de petróleo (...); siete veces se repitió la tentativa de incendio y siete veces fue desviada por las víctimas; mas al fin coronados de éxito los criminales esfuerzos, el pavoroso espectáculo de las llamas vino a colmar los horrores de un cuadro que hería el alma y conmovía la imaginación”, reseña parte de la crónica.

La Revolución Federal de 1889 confirmó, en los años posteriores, el traslado de la sede de gobierno de Sucre a La Paz. Así, se instituyó desde entonces como centro del poder nacional. Según el texto Palacio de Gobierno (2001), el edificio construido originalmente por Núñez del Prado sufrió varios cambios. Se eliminó, por ejemplo, la caballeriza —los caballos ingresaban a lo que hoy es el hall— en el gobierno de Aniceto Arce. Posteriormente, en las administraciones de Narciso Campero, Ismael Montes, Bautista Saavedra, en el primer centenario de la República en 1925; Víctor Paz Estenssoro en dos oportunidades (dispuso la colocación del piso de mármol que conecta el hall con el primer piso); René Barrientos, Hugo Banzer, Jaime Paz Zamora, Jorge Quiroga y Carlos Mesa efectuaron modificaciones en el histórico edificio.

Sus muros de algo más de un metro de ancho han soportado el fuego cruzado de la Revolución de 1952 y sus bien conservadas sillas preservan en su respaldar el segundo escudo de Bolivia, de aquella nación que era República y que hoy tiene un carácter plurinacional.

De hecho, el presidente Morales instruyó el retiro de “símbolos del colonialismo” del Palacio y se vio impedido de efectuar más cambios previstos porque están resguardados como patrimonio.

Po ello, el Gobierno prevé dejar el legado de la República, otorgándole la cualidad de museo una vez que se edifique la Casa grande del Pueblo, el nuevo edificio gubernamental que se construye detrás del Palacio Quemado. Será el símbolo del “nuevo Estado”, por lo menos así lo prevé el Gobierno.

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