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La democracia de 1952 derivó en la contrademocracia de hoy

Jorge Lazarte

Votación. Las modernas elecciones tuvieron su origen en el sufragio universal instaurado luego de la Revolución de abril de 1952.

Votación. Las modernas elecciones tuvieron su origen en el sufragio universal instaurado luego de la Revolución de abril de 1952. Foto: Archivo Andrés Rojas

La Razón

00:00 / 09 de abril de 2012

El voto universal  fue una de las tres grandes “conquistas democráticas”  de la Revolución del 1952.  Representó un salto en la ampliación de la ciudadanía política a todos los bolivianos mayores de 21 años, eliminando los obstáculos censitarios y legales  que habían regido hasta entonces. Con ello lo que podía recién llamarse “pueblo” se convirtió  en fuente de legitimidad del poder, que antes había descansado sobre una minoría exigua,  que también se consideraba “pueblo” . 

El voto universal fue parte esencial de una cierta idea de democracia,  que habría de producir en el tiempo  su propia negación: la contrademocracia. El voto universal fue la cristalización política y legal de la democracia como democracia  del “pueblo”. Si la Revolución del 1952 fue calificada de democrática es porque el “pueblo” fue su protagonista.

Esto es, en los términos de “abril” “pueblo” nunca fue todo el pueblo, sino lo que se llamaban “fuerzas vivas”, “las grandes mayorías”, “sectores populares”, distintas  del  “no pueblo”; “pueblo” era el “nacionalismo” contra   el  “coloniaje”.

Estas “fuerzas vivas” fueron denominadas más tarde, en los años 80-90, “sectores subalternos”, “ movimientos sociales”, que tampoco son  todo el “pueblo” (como debería serlo en democracia).  Es la democracia  de “pueblo soberano”, que  puede    imponerse de “a buenas o de malas” sobre las minorías “colonizadas”.

Es decir, la Revolución del 52 cambió la escala de la exclusión. Se había pasado de “pueblo” minoría, excluyente de la “mayoría”,  a “pueblo” mayoría, excluyente de la “minoría”, con el agravante de que ese “pueblo” mayoría podía  funcionar como artefacto político que podía ser inventado por el poder contra sus adversarios, que sí podían ya ser la mayoría real.

Con  esta idea de “pueblo” se asoció la creencia de que el  “pueblo” sólo es pensable  en  acto, el  “pueblo” “real”,  que  existe en sus acciones  . La democracia de “pueblo” connota  la democracia “participativa”, de masas, de multitud. Más democracia es igual a más participación.

El modelo sindical de democracia de “asamblea” y  “acción directa” de entonces, fue la “participación popular” en los 90, y la democracia “plebeya”, “insurgente”, consensual y comunitaria, en los 2.000.

Es  también el  “pueblo” al que se le reconocía la facultad de valerse de  “todas las formas de lucha”, de las que el “soberano” no se privaba. Es decir, es una idea de la democracia “popular” para la cual  todos los medios se justifican con arreglo a los fines reputados de democráticos, y  que por ser tales convierten en democráticos esos medios, ajustándose los unos con los otros, como se lee en la Tesis del VI Congreso cobista, el documento político más significativo de la época. 

Pero como este “pueblo” no existe realmente sino en idea, el “pueblo” real son sus distintos componentes,  que se apropian de la idea de “pueblo” creyéndose cada uno “el pueblo”. Y es en su nombre que diariamente  despliegan sus “métodos de lucha”  desde hace décadas como democracia de “alta intensidad”, de movilización permanente, según la lógica del ultimátum .

Esta concepción de democracia  termina matando la posibilidad misma de la democracia, que implica  sometimiento a ciertas reglas comunes para resolver los conflictos, renunciando al uso de la violencia. De manera general la convivencia es una suerte de pacto sobre los límites socialmente permisibles.

Esta idea  de “pueblo multitud” es anterior al 52, y viene de lejos. Se continúa pensando y agotando la democracia sólo en términos de “pueblo movilizado ”. Esta concepción “populista” de democracia, muy extendida en Bolivia,  es el mayor obstáculo para pensar la democracia  como Estado de derecho y garantía de derechos fundamentales. La idea de que “las necesidades del pueblo están por encima de la ley”,  es la licencia para el “todo vale”; es la anarquía por ausencia de reglas en la base de la sociedad; y es el despotismo en las alturas del poder. Es la contrademocracia. Si de alguna manera esa idea de democracia pudo  haber sido pertinente el 52, en el siglo XXI es simplemente un lastre.

Perfil

Nombre: Jorge Lazarte Rojas Profesión: Doctor en Ciencia Política Politólogo y docente universitarioJorge Lazarte Rojas fue profesor en varias universidades. Asesor de la Central Obrera Boliviana. Fue investigador asociado del Instituto Latinoamericano de Investigación Social (ILDIS) y vocal de la Corte Nacional Electoral. Profesor de las Maestrías para el Desarrollo de la Universidad Católica. Escribió: Movimiento obrero y procesos políticos (Historia de la COB, 1952-1987); Bolivia: certezas e incertidumbre de la democracia; Entre dos mundos. La cultura política y democrática en Bolivia, entre otros.

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