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¿Quién mantiene el camino?

Enrique Choque Apaza, albañil. Enrique Choque Apaza se dedica a empedrar las calles de los barrios que se levantan  en Chasquipampa, Achumani o Alto Irpavi. Él no hace contratos ni exige remuneración, solo espera el aporte voluntario de los conductores que circulan por las rutas que arregla. Ésa es su manera de aportar a una mejor convivencia ciudadana.

La Razón (Edición Impresa) / Eduardo Chávez / La Paz

00:00 / 21 de septiembre de 2014

Puedes ir a arreglar el camino? Mucho se están arruinando los carros”. Se puede decir que esos fueron los términos del primer contrato con el que Enrique empezó, hace 14 años, su trabajo de empedrador de las rutas de varios barrios que se encuentran en los márgenes de la ciudad de La Paz, especialmente en Chasquipampa, Achumani y Alto Irpavi, donde la construcción de urbanizaciones y condominios hace que las calles empedradas necesiten un mantenimiento periódico, por la cantidad de vehículos particulares y camiones con escombros y materiales de construcción que circulan por ahí.

La propuesta se la hicieron los dirigentes del sindicato de minibuses que recorre desde la zona del Cementerio, cruza el centro paceño y Chasquipampa y su último punto de parada es Santa Fe de Kesini. Así, se constituyó una suerte de servicio de caminos artesanal, casi voluntario, a manos de un solo hombre y su buena voluntad. Claro, un servicio que le es recompensado con lo mínimo necesario para subsistir.

Enrique Choque Apaza es el nombre de este paceño, nacido en las faldas del Illimani, en la comunidad Kapi hace 53 años. Una carretilla, una pala, una picota y puntas de fierro de construcción son sus instrumentos de trabajo. La ayuda eventual de su esposa se suma para llevar adelante esta iniciativa que sirve de sustento a una familia que la completan cinco hijos, todos en edad escolar. El empedrador prefiere no involucrar a su descendencia en este oficio porque anhela que sus pequeños completen sus estudios y puedan ir a la universidad. Él alcanzó el sexto de primaria, “primero intermedio”, corrige, y como todo padre sueña con un mejor futuro para sus hijos.  

Ahora vive en Challapampa, cerca de la tranca de tránsito al pueblo de Palca de La Paz. “He trabajado primero con los sindicatos de transportistas, me han dado certificados para recomendarme en otros barrios y hasta diplomas de honor por mi trabajo”, recuerda.

Los choferes del transporte público son quienes le alertan del estado de los caminos y en cuanto hay un deterioro que afecta a sus vehículos le llaman para que tape los huecos. Don Enrique es más rápido y efectivo que la burocracia que suelen demandar los trámites para que se encarguen de las reparaciones las autoridades.

Su primer trabajo de empedrador fue en la calle 51 de Chasquipampa, luego fue a Apaña y al Valle de las Ánimas. Los años siguientes acompañó al crecimiento urbano en Codavisa, Pedregal, Los Rosales —casi hasta llegar a Los Pinos—, Los Almendros y Alto Irpavi. Un llamado urgente a la calle 29 de Achumani, en el barrios de Huantaqui, lo llevó hasta Las Lomas, donde cumple ese trabajo desde hace al menos seis años.

Él revisa piedra a piedra la cuesta de la avenida Javier del Granado —desde la calle 29 de Achumani—, extendió la planicie de las urbanizaciones Entel, salvó las filtraciones de aguas subterráneas en lo que fue el Club Hípico Las Colinas y descendió hasta Los Frutales y, como si se tratara de un padre que cuida a su hijo, regresa cada año para reforzar los lugares en los que el peso de los camiones y la velocidad de los 4x4 dejaron huellas que hacen sufrir a los vehículos más pequeños.

En una ciudad de más de un millón de habitantes y sede de gobierno, parece que todas las calles están transitables y que no hay dificultades de esa naturaleza, pero donde los linderos de los municipios no están definidos y son motivo de disputa entre las alcaldías, de La Paz y Palca en este caso, es cuando ante la desatención el trabajo de Enrique es especialmente apreciado y reconocido. Y aunque él no trabaja por un monto fijo y el tiempo hizo que los sindicatos ya no le retribuyan como al principio, el aporte de los vecinos es el que mantiene esa su vocación de mantener la ruta habilitada.

Un boliviano, dos, o un billete de 20. Son pocos los conductores que pasan sin dejar su tributo a Enrique, aunque él dice que hay algunos que le alcanzan 20 centavos. “No importa, después se suma todo y eso me ayuda para los gastos de la casa. No se puede despreciar nada porque hay unos que me ayudan, son más conscientes”.

Entre los vecinos son pocos los que saben su nombre, menos los que se preguntaron por qué el empedrador estaba trabajando de noche durante octubre y noviembre, cuando empezaba la época de lluvias. No sabían que era urgente recaudar el dinero necesario para pagar los gastos médicos de su esposa. Él no lo cuenta, hace su trabajo en silencio, ese al que se comprometió para que los caminos en mal estado ya no destruyan los carros.

No tiene un contrato firmado, no se beneficia con un sueldo fijo, no despliega una gran maquinaria ni tiene personal a su cargo. Son su voluntad y su necesidad las que empujan la carretilla, las que a picotazo abren el espacio para la piedra y las que dejan un camino para que cientos, tal vez miles de personas, transiten cada día, Enrique no las cuenta, clava pedazos de fierro de construcción que sujetan bolsas rojas, a manera de banderas de alerta: esas son las señales que pone para alertar sobre las rutas en mal estado y donde quienes las usan pueden depositar su contribución.

Algunas veces, cuando necesita un descanso que le devuelva las fuerzas, pone las banderas en lugares más visibles, desamarra su bolsa de coca, se echa sobre su obra a medio hacer y se toma un tiempo para pijchar, sin apuros ni presiones, tal vez proclamando la libertad de no tener que responder a superiores que condicionen  su trabajo.

Aparece y desparece durante el año, pero quienes lo conocen tienen la certeza de que cuando la ruta lo necesite él estará empuñando su carretilla, su pala y su picota para reacomodar, piedra a piedra, el camino, aunque de seguro muchos de los beneficiarios de su obra nunca le dieron nada a cambio.

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