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Un pacto de silencio que se rompió 30 años después

Pilotos civiles cuentan cómo llevaron armas a Malvinas de Libia e Israel

De pie. Un piloto argentino espera en Trípoli el visto bueno de Gadafi; al fondo, un Antonov soviético.

De pie. Un piloto argentino espera en Trípoli el visto bueno de Gadafi; al fondo, un Antonov soviético.

La Razón / Gonzalo Sánchez / Buenos Aires

00:01 / 30 de marzo de 2012

Cuando los militares argentinos comprendieron que la reconquista de las Islas Malvinas emprendida en 1982 los llevaba a una guerra contra las fuerzas mismas de la OTAN, debieron salir en busca de apoyos, sin que importara el signo político de su procedencia. Gran Bretaña y los Estados Unidos pidieron a varias naciones de Occidente que bloquearan la venta de armas a la Argentina.

Por esa razón, pocas horas después del desembarco argentino en Malvinas, el 2 de abril de 1982, el Gobierno puso en marcha una operación secreta para conseguir armamento proveniente de otros países que decidieron sí ayudar a la Argentina por diferentes razones. Concretamente dos: Libia e Israel. Para ir en busca de esas armas no se utilizaron aviones del ejército, sino unidades Boeing 707 de Aerolíneas Argentinas, dirigida por pilotos civiles dedicados hasta ese momento al traslado de cargas y pasajeros.

Fueron ocho vuelos, dos a Tel Aviv, cinco a Trípoli y uno a Sudáfrica, que se abortó a mitad de camino, según cuentan los pilotos que condujeron los aviones, porque no se cerró el negocio con el traficante de armas que triangulaba.

Operaciones. Hace dos meses, quien firma esta nota para La Razón encontró y entrevistó por primera vez a los aviadores comerciales que llevaron adelante esa operación. Fue técnicamente una primicia a 30 años de la guerra.  Los protagonistas de la historia son los excomandantes aerocomerciales de AA Ramón Arce, Jorge Prelooker, Leopoldo Arias, Gezio Bresciani, Luis Cuniberti, Mario Bernard y Juan Carlos Arias. Promediaban los 40 años y estaban en la plenitud de sus carreras cuando se les pidió esta colaboración desde los mandos mismos de la Fuerza Aérea.

Nacieron prácticamente con la compañía y vivieron los años dorados de los primeros vuelos internacionales. Ahora tienen entre 70 y 85 años, sienten que la vida está quedando atrás y por esa razón decidieron contar lo vivido.

Los pilotos cuentan que se enteraban arriba del avión a dónde tenían que volar y luego lo hacían mintiendo posiciones, en silencio de radio y con luces apagadas para evitar ser detectados por los satélites de los Estados Unidos y de otros tantos servicios de inteligencia que en ese momento barrían con el océano Atlántico.

Para llegar al otro lado del mundo, en los primeros viajes sobrevolaron a la flota naval inglesa, en rumbo Sur hacia una guerra. Además varias veces se verían en problemas al ser detectados como elementos sospechosos por los radares de países africanos o durante escalas internacionales, cuando los aviones cargados con bombas hasta la trompa tuvieron que estacionar junto a otros aviones comerciales, de British Airways, por ejemplo, ocupados por pasajeros comunes y corrientes.

Las estadías en Trípoli y Tel Aviv son de por sí pequeños relatos de misiones secretas. Aterrizaban en bases militares en medio del desierto, eran conducidos a hangares subterráneos donde se topaban de golpe con aviones soviéticos de todos los tamaños.  Al bajar de la nave los trasladaban hasta bases militares en el centro de Trípoli, donde mataban el tiempo leyendo el Libro Verde de Gadafi, la biblia compuesta por el mismo coronel.

Una primicia muy tardía

Discreción

Los pilotos fueron declarados “veteranos de guerra”, pero guardaron confidencialidad durante tres  décadas sobre  el secreto del aprovisionamiento de armas durante la guerra.

El apoyo de Libia e Israel

¿Por qué ayudaron Libia e Israel a la Argentina? A principios de la década de 1980, el Estado de Israel era el gran proveedor de armas de casi todas las dictaduras de América Latina. Lo de Libia es más claro: Gadafi crecía como líder tercer mundista, mientras recibía armamento proveniente de la Unión Soviética, lo que describe la presencia silenciosa, pero no pasiva, de los libros (e indirectamente de los rusos) en la guerra del Atlántico Sur.

Los argentinos nunca fueron desagradecidos con Gadafi. El enlace en Libia, cuentan los pilotos, era un teólogo especialista en el Corán, Alberto Sarme, señalado más tarde en democracia como un traficante de armas. Uno de los vuelos llevó 26 mil kilos de manzanas que el Gobierno argentino envió a Gadafi en agradecimiento por los misiles soviéticos SAM 6 y 7 que enviaba el dictador a la Argentina “por su lucha contra el demonio”. Otro de los pilotos cuenta que llevó un rebenque de plata que el dictador argentino Leopoldo Fortunato Galtieri le enviaba como regalo a Gadafi.

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