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El ‘país viable’ que convenció a Bolívar

El poder económico de Potosí y la  influencia política de los doctores de la culta Charcas influyeron para que el libertador Simón Bolívar dé su venia definitiva para el nacimiento de la República.

La Razón / Jorge Quispe

00:47 / 06 de agosto de 2012

Tras 16 años de guerra, a principios de 1825, los campos ya no se cultivaban, las minas estaban abandonadas, la población se hallaba mermada y la anarquía rondaba por las provincias del Alto Perú. Con ese panorama en contra, nacía la República de Bolívar, el 6 de agosto en la ciudad de La Plata, después de que los hombres más letrados de la sede de la Real Audiencia de Charcas convencieran al libertador Simón Bolívar de que “el país era viable”.

El historiador Mariano Baptista Gumucio reflexiona sobre cómo consiguieron esos doctores de la urbe, que actualmente lleva el nombre de Sucre, persuadir al militar venezolano de que Bolivia “era viable”, y al buscar respuestas, apunta a dos: el poder económico que representaba entonces el Cerro Rico de Potosí y la influencia política de la Real Audiencia.

Consumada la revolución de julio de 1809 en Nuestra Señora de La Paz, los españoles con asiento en el virreinato de Lima enviaron a José Manuel de Goyeneche para acabar con las ínfulas de los insurgentes. Un año después, Argentina lograba su independencia “y pensando que éstas eran las provincias altas de Buenos Aires —mientras para Lima éramos altoperuanos—, llegaron los tres ejércitos auxiliadores y todos se concentraron en la toma de Potosí, que era el gran eje económico de la época”, rememora Baptista.

Uno de los hechos que resaltó en esa coyuntura fue que, en algún momento, los argentinos se convirtieron en parte de los ejércitos de ocupación. “Claro, porque se llevaron la plata del Cerro Rico de Potosí y uno de los oficiales argentinos tuvo incluso la ocurrencia de querer volar la Casa de la Moneda” de la Villa Imperial. Al final, los argentinos quedaron con muy mala imagen en estos parajes que se llamarían Bolivia.

OPOSICIÓN. Años después, tras la batalla en los campos de Ayacucho de diciembre de 1824, que significó el golpe definitivo al dominio español, Antonio José de Sucre se encontraba en Perú. Y en enero del siguiente año, había madurado el deseo de autogobernarse por parte de los altoperuanos, anhelo que llegó a oídos del brazo derecho de Bolívar.

Para entonces, el Mariscal de Ayacucho —también de origen venezolano— conoció al doctor Casimiro Olañeta, el principal activista de la independencia boliviana, uno de los hombres más influyentes de La Plata. En esas circunstancias, Sucre envió varias cartas a Bolívar, quien en principio no las contestó porque su gran sueño era la conformación de la Gran Colombia junto a Ecuador, Colombia y Venezuela.

De acuerdo con el libro El Libertador en Bolivia, escrito por Lucio Diez de Medina, parte del oficio que Sucre le remitió a Bolívar el 8 de enero respecto a las ilusiones altoperuanas para firmar su libertad, manifiesta: “Ordene Ud. hacer las cosas como Libertador de Colombia, pues tenemos que trabajar en un país que no es del Perú, ni parece que quiere ser sino de sí mismo”.

El 9 de febrero de 1825, Sucre le envió a Bolívar el Decreto que convocaba a una Asamblea. En ese instante, el Libertador reaccionó con molestia. “Usted no puede atentar contra el uti possidetis iure (como tu poseías, continuarás poseyendo). Usted no puede atentar, porque van a protestar en Lima, sobre todo”, le habría respondido a su hombre de confianza, según Baptista.

En esa época, las nuevas repúblicas de la región se formaron en base al uti possidetis iure. Chile en base a su capitanía y Perú en base al Virreinato, por ejemplo.    

Una vez ya en Arequipa, el Libertador resolvió el dilema y remitió a Sucre el Decreto del 16 de mayo de 1825, que según el libro El Libertador en Bolivia, significa la creación definitiva de Bolivia. “Los sentimientos de usted (Sucre), no concuerdan con los míos de un modo tan maravilloso, que no puedo menos que confesar a usted, que yo hubiera deseado que Ud. diese el paso que dio para dejar en amplia libertad a esas provincias cuyas cadenas acaban de romper”. 

Nacimiento. Tres meses después, Bolívar llegó a la ciudad de La Paz; fue recibido apoteósicamente al igual que en Potosí y en La Plata, donde fue seducido por los doctores de la culta Charcas. “Ahí nombró a Bolivia como su Hija Predilecta y se dieron los pasos definitivos para la creación de la República”, añade Baptista, quien concluye que “el poder económico que significaba Potosí para la época y el poder político e intelectual de Charcas (La Plata) convencieron al Libertador que nuestro país era viable”. 

Hasta que el 6 de agosto de 1825 se conformó la Asamblea Deliberante en La Plata. “La opción de unirse a la Argentina no recibió ni un voto, la de unirse a Perú,  dos votos de La Paz —por afinidad geográfica—, pero los demás plantearon la autonomía de Bolivia de los virreinatos de Lima y Buenos Aires, y la independencia de España”, precisa el historiador. Una superficie aproximada de dos millones de kilómetros cuadrados, más de un millón de habitantes, además de poseer todos los climas, jugaron a favor de la flamante república nacida como Bolívar, nombre que fue cambiado a Bolivia en octubre del mismo año.

A la par, tras la histórica decisión, los doctores de La Plata le pidieron a Sucre y al Libertador que se quedaran gobernando. Bolívar estuvo hasta diciembre de ese 1825 y, entre sus mandatos, determinó que el puerto Cobija se llame La Mar —en homenaje al general José La Mar, que combatió en Ayacucho— y sea el principal puerto del país con conexión al océano Pacífico.

No obstante, la mayor parte del comercio de minerales siempre salía por el puerto de Arica. “Bolivia tenía una costa sobre el Pacífico que siempre la reconoció Chile, pero no tenía un buen puerto, porque su puerto natural y por donde siempre salió la plata era Arica”, señala Baptista; mientras los minerales de contrabando extraídos de Potosí salían por Buenos Aires.

Al final, Arica quedó en manos de Perú, pese a las gestiones de Bolívar y Sucre para que sea de Bolivia. En ese entonces, el mariscal Andrés de Santa Cruz —que fue presidente de Perú entre 1826 y 1827— tampoco pudo hacer mucho. “Santa Cruz siempre pensó en la Confederación de los dos países y que de esa manera Bolivia iba a obtener un puerto de común acuerdo con Perú, cosa que no sucedió. Ése fue el momento fatal, porque Santa Cruz no se animó a dar el paso”, precisa Baptista.

Las poblaciones de Tacna y Arica —que estaban más cerca de La Paz—, habían expresado incluso su intención de pertenecer al territorio boliviano, pero ese interés quedó en nada. Medio siglo después, en 1879, Chile despojó a Perú de Arica y Bolivia perdió su salida al mar. Solamente queda pensar cuál hubiera sido el presente de Bolivia si las gestiones de Bolívar y Sucre llegaban a buen puerto o si Santa Cruz se animaba a dar ese paso del que habla Baptista.

Existían dos bandos entre los indígenas

Mientras un grupo de indígenas se había plegado a la guerra de la independencia con las tropas rebeldes en Alto Perú, otros estaban a favor de la corona española y recibieron el nombre de “los amedallados”. El historiador Mariano Baptista Gumucio da cuenta que estos últimos eran fieles a los ejércitos realistas y se les llamaba así porque lucían una medalla grande en el pecho, que les era entregada por los militares.

“No era su guerra y ellos (indígenas) estaban de espectadores, pero colaboraron a las republiquetas, sin duda alguna”, resume el estudioso. Uno de los indígenas más sobresalientes durante el periodo entre 1809 y 1825, fue Juan Huallparrimachi, un indio quechua que llegó a ser lugarteniente de Juana Azurduy de Padilla. Sin embargo, al crearse la República de Bolívar, luego llamada Bolivia, los indígenas no participaron porque uno de los requisitos para ingresar a la Asamblea era saber leer y escribir.

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