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La peregrinación es un acto de reflexión y renovación de la fe

En Semana Santa también se conoce al jueves como el día de tentaciones, por lo que miles de files recorren iglesias en señal de que han decidido reflexionar sobre sus vidas y renovar su fe, explican sacerdotes católicos.

La Razón / Liliana Aguirre / La Paz

04:19 / 05 de abril de 2012

“El año 384 (DC), en el sacramentario de la peregrina romana Egeria, consta que los feligreses vivían tiempos especiales para recordar los momentos de Jesús apresado, y por eso recorrían algunas iglesias”, explica sobre el origen de la peregrinación el vicario Iván Bravo, de la parroquia del Montículo en la zona de Sopocachi, La Paz.

Los fieles, con el paso de los siglos, además de visitar 14 iglesias (en La Paz y El Alto la mayoría  recorre siete), que representan a las 14 estaciones del Vía Crucis de Jesús, han optado por realizar peregrinaciones a pie hacia santuarios más lejanos como muestra para renovar la fe cristiana, agrega. El padre jesuita Roberto Eckerstorfer explica que“el peregrinaje es el tiempo en que las personas dejan su actividades comunes para acercarse a Dios”.

Bolivia. Aclara que una costumbre muy boliviana es visitar siete templos el jueves por la noche, y caminar hacia el Santuario de la Virgen de Copacabana. “No es cualquier tontera caminar cientos de kilómetros, eso significa buscar acercarse a Dios a través del sacrificio”.

No obstante, aclara que peregrinar implica sobre todo reflexión y no tomar la acción como si se tratase de un paseo turístico. “No es caminar con los amigos como en unas vacaciones a Copacabana, automáticamente, sino que te vas a acercar a Dios”.

Para renovar la fe, los religiosos insisten en que si una persona decide peregrinar, debe hacerlo con la firme idea de que se busca experimentar en algo el sacrificio y suplicio que Jesucristo vivió cuando deambuló con una pesada cruz antes de morir crucificado.

“La Semana Santa es un momento muy especial, donde se debe tratar de revivir con la familia los últimos días de la vida de Jesús”, afirma Eckerstorfer. Invita a que la reflexión no se limite sólo a una fecha determinada como la que se celebra en estos días, sino que se repita en lo cotidiano dentro de los hogares.

Juan Sergio Trujillo recorre a pie el camino hasta el Santuario de Copacabana. Con este, son  45 años de ofrenda a la Virgen

“Peregrino desde mis 14 años, pronto voy a cumplir 60 y ya estoy un poco cansado, pero este año igual iré a ver a mi Virgen de Copacabana”, afirma Juan Sergio Trujillo (59), padre de familia y conductor del Sindicato Litoral, que este año cumplirá 46 años de peregrinaje casi ininterrumpido. Sólo faltó una vez, en 1979, a causa de un brote de fiebre tifoidea, razón por la que se sugirió a los devotos suspender el viaje; en su caso retornó a casa de medio camino.

Padre de tres hijos, —Eliana, Leonardo y Giovanna— Juan llora al describir “los milagros” que le hizo la Virgen desde adolescente: buena salud, una familia, un auto y dinero para que no les falte nada. “Todo me lo da, ella es muy buena, si uno va con fe, ella mueve montañas”, dice y se seca las lágrimas del rostro.

Cuenta que fue gracias el padre Florencio Corrasola, de la iglesia Asunción de la zona de Villa Victoria, que desde niño conoció a la Virgen, pues él lo llevaba junto a sus compañeros Boys Scout hasta Copacabana. Ya de adulto, peregrinó con sus colegas del Sindicato Villa Victoria. Como conductor nuevo de la institución, debía ir al Santuario por tres años seguidos, además de bendicir su vehículo (tenía un micro) y subir el Calvario.

“Éramos cuatro sindicatos los poderosos en ese tiempo, por los años 70: Villa Victoria, Litoral, San Cristobal y Eduardo Abaroa. Cada secretario general nos despedía con un refrigerio, y cuando llegábamos a Huarina, los del sindicato nos esperaban con desayuno”, dice.

Una vez en Copacabana, durante la procesión, el sindicato tenía prioridad, pues detrás de los sacerdotes, las autoridades y la gente que llevaba en andas a las imágenes de la Virgen y de Jesucristo, ingresaban ellos, con sus mochilas en la espalda. Años después, los sindicatos dejaron de peregrinar en conjunto, y cada conductor lo hizo solo o con su familia.

Experiencia. Si algo borran las lágrimas de Trujillo son las anécdotas que cosechó estos años. “Es muy bueno lo que ha pasado”, cuenta mostrando una sonrisa.  Peregrinar estos años no sólo le dio experiencia en el recorrido, sino también buenos amigos, seguidores y compañeros.

Recuerda que en una oportunidad conoció a un grupo de jóvenes en Huatajata, que al hallarse desorientados le preguntaron cuál era el recorrido y cuánto faltaba por llegar.  “Entonces les contesté: ‘todavía  debemos subir Las Tres Marías (tres cerros); si tienen fe van a llegar, sin han venido a chacotear, mejor dense media vuelta. ¡Vamos!”.

Y así lo hicieron, él fue su guía y el ambiente que se generó hizo que Juan sintiera que estaba con su familia, fue “como si fueran mis hijos”. Hace tres años se lastimó un pie al jugar fútbol. Aún así, decidió peregrinar. “¿Cómo no va a crecer más mi fe, si mientras caminaba un familiar me dijo que ya no cojeaba?”, se pregunta.

En otra oportunidad, se topó con una mujer en un cerro; aquel día, el camino se hizo difícil y quiso parar, pero ella no se lo permitió, tomó su sleeping y le retó a seguir el camino. “‘No pienso dejarlo en la intemperie porque se puede resfriar’ me dijo y la seguí al final”.Trayecto. Este lunes, día en que Juan recibió a este medio en su casa, tenía casi todo listo para iniciar el peregrinaje.  Este vez, y como siempre, llevará una mochila que carga con un sleepping, tres pares de medias deportivas, un par de medias nylon, un mentisán y una botella de alcohol para friccionarse las piernas.  Además incorporará un pantalón grueso, otro deportivo, una chompa, dos chamarras, un par de botas y una bolsa de coca.

Este año es especial para él porque su nieto de un año lo esperará en    Tiquina, junto a su esposa y sus tres hijos.Juan partió la madrugada del miércoles (a las 06.00) desde la extranca San Roque rumbo a Huarina. Él calcula que llegará a Copacabana mañana a las 15.00, “directo a escuchar misa” junto con su familia, luego subirán al Calvario y, tras un breve descanso, retornarán.

“Ahora le voy a pedir a la Virgencita salud para mis hijos y buenos compañeros para sus vidas, Eliana ya lo consiguió, falta para mi hijo médico y mi bioquímica”. Tras la entrevista, Juan reza ante un altar de la Virgen de Copacabana, que conserva desde que vivía con sus padres. “Mi hijo se cayó de chico, se rompió a cabeza, siempre le tendré fe, pues me lo curó” .

Remy Seoane peregrinó por 14 años para reencontrarse con ‘su madre’, como le gusta llamar a la Virgen de Copacabana

“Tenía que cumplir mi promesa, tenía que caminar a pie pues la Virgen de Copacabana me hizo un milagro, curó a mi niña”, dice Remy Seoane (50), secretaria auxiliar, sin poder contener las lágrimas. En agradecimiento y fidelidad a la Virgen, peregrinó por 14 años consecutivos al Santuario de Copacabana, entre 1989 y 2002.

Fue en 1982 que su primogénita de un año, Viviana Tórrez, enfermó y fue desahuciada por los médicos. Para entonces, vivían en Beni y varias enfermedades, como varicela, sarampión, neumonía y otras, habían debilitado a su hija. Las esperanzas no se le agotaron, oró y pidió a la Virgen que sane a su primogénita, y así fue. “Ella es mi madre”, afirma. Remy es huérfana desde que tenía dos años de edad y dice que la patrona de Copacabana fue su refugio desde que tiene uso de conciencia.

Recuerda que desde niña visitaba regularmente al Santuario acompañada de su familia, en vehículo. Ya adulta, en su trabajo conoció a Mónica Leclere, quien la animó a caminar y formar parte del grupo Peregrinos Amistad Copacabana, cuyos integrantes realizan obras sociales y viajan anuales al municipio.

Seoane no lo pensó dos veces y aceptó la invitación. “En ese tiempo mi hija era pequeña y se formó un compañerismo muy lindo entre todos”, recuerda. Debido a que ahora Seoane sufre de artrosis (desgaste del cartílago) en sus rodillas, dejó de peregrinar, pero desde 2003 asiste al encuentro de la Virgen en vehículo, siempre acompañada de familiares y amigos.

Este año no será la excepción, lo hará la siguiente semana, y tiene dos razones para ello. Prefiere evitar la gran afluencia de gente que llena las calles del santuario en esta época y porque considera que no existe sólo una fecha o una semana especial para visitar a la patrona de Copacabana, ya que “todos los días son oportunos para agradecerle y pedirle bendiciones”.

Por eso, Remy suele viajar hasta dos veces por año. El primer año de viaje no podrá borrarse de su memoria, dice. Además de no haber llegado ropa más abrigada y una linterna para caminar durante las noches, al no haber preparado su cuerpo para el ejercicio, sufrió dolorosas contracciones musculares.

Pero los años no pasaron en vano, pues con la experiencia ganada dominó el camino y pudo guiar a las nuevas compañeras del grupo, además de nuevos amigos que hacía en la vía. Sus trayectos también le aleccionaron, especialmente en tener cuidado con personas que aprovechan el momento para ganar dinero, como aquellas que cobran por cruzar charcos o ríos ayudados de una tabla de madera, o por descansar por minutos en toldos que instalan en el camino, pues en muchos casos les obligan a consumir alimentos.

Como anécdota, recuerda aquella relacionada con el mito del Kari Kari, en 1992. Era su tercer año, en el sector de La Arboleda, pasando Huatajata, ya no encontró más a sus amigas, de quienes se había separado accidentalmente.

De repente un campesino se le apareció y empezó a conversarle amenamente, también le ofreció su compañía. Antes de que acepte su invitación, pasó un grupo de jóvenes y le preguntan por su nombre. Uno de ellos le dijo que parte de su grupo la estaba buscando hace varios minutos y que debía esperarlas en el lugar porque se les adelantó. “Entonces quería agradecerle al campesino por su compañía, pero desapareció inexplicablemente, ¿sería el Kari Kari?”, se pregunta y sonríe.

Peregrinos con más años de experiencia comentan que la zona de La Arboleda era conocida por la supuesta presencia del Kari Kari, por lo que solían llevar ajo para espantarlo.Tras la jornada laboral del martes 3 de abril, en su vivienda —en la zona de Villa Fátima— Remy se coloca delante del altar que armó para una imagen de la Virgen de Copacabana y le reza un Padre Nuestro y un Ave María; como hace cada día al llegar a casa.

Grupo. Aquel día, Remy recibe en su vivienda a la periodista de este medio y ha invitado a Mónica Leclere, Verónica Melgarejo, Vanesa Ibáñez y Sandra Ibáñez, quienes forman parte del grupo Peregrinos Amistad Copacabana y que también peregrinaron al Santuario entre siete a diez años consecutivos. El grupo fue fundado en 1989, año en el que algunas recorrieron la ruta por primera vez. Ahora lo hacen en vehículo. “La fe mueve montañas”, dice Vanesa.

Si el camino se hace difícil, se debe retornar

Juan Trujillo, peregrinó al Santuario de Copacabana por cuatro décadas, dice que si un creyente siente que “el tramo le venció” debe darse la media vuelta y retornar a su lugar de origen, pues representa una señal de la Virgen de Copacabana para retornar al año siguiente.

“La Virgen sabe por qué no quiere llevarlos, tal vez fueron muy pecadores o no le tienen mucha fe, o quizá van solamente por aventurarse y divertirse. Ella sabe por qué y deberán retornar al año”, enfatiza Trujillo. Lo que no es para nada válido, advierte, es que las personas aborden un vehículo a medio camino para llegar al Santuario pues “hacen trampa, si toman un coche en medio de la ruta, eso no es peregrinaje”.

Mitos. Sobre algunos mitos que surgieron a lo largo de los años en torno a la peregrinación, está el referido a la supuesta presencia de un ser maligno, llamado Kari Kari, que se aparecía por las noches a extraer toda la grasa del cuerpo hasta provocar la muerte. Por eso, había gente que llevaba ajo a la peregrinación a fin de espantarlo.

Además que si uno siente que el camino se torna muy difícil, significaría que la persona ha cometido muchos pecados. “Cuando uno es pecador, más sufre (en el camino), está cargando su cruz, le salen ampollas, le duele una y otra cosa. Por eso le decimos que debió pecar mucho”, indica Juan.

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