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Los restos de Murillo, 129 años perdidos

El hallazgo derivó en actos de honor y algarabía

Ajusticiado. Murillo y otros ocho insurrectos fueron ahorcados el 29 de enero de 1810.

Ajusticiado. Murillo y otros ocho insurrectos fueron ahorcados el 29 de enero de 1810.

La Razón (Edición Impresa) / Jorge Quispe / La Paz

00:00 / 16 de julio de 2014

Tuvieron que pasar 129 años para que, al parecer fruto de la casualidad, los restos del protomártir paceño Pedro Domingo Murillo (1757-1810) fueran hallados a solo metros de un altar en un templo ubicado en el centro de La Paz.

Junto a otros ocho insurrectos, Murillo fue ajusticiado en la horca el 29 de enero de 1810. Pero no fue sino hasta el 29 de diciembre de 1939 que se supo dónde habían permanecido sus restos mortales.

Murillo, que encabezó la Revolución del 16 de julio de 1809, fue perseguido, procesado y finalmente ahorcado en enero del siguiente año cuando antes de morir pronunció la célebre frase: “Compatriotas, yo muero, pero la tea que dejo encendida nadie la podrá apagar, ¡viva la libertad!”.

Tras este episodio, una serie de hechos se sucedieron en las siguientes décadas: se consolidó la independencia de la corona española y la República de Bolivia vio la luz en 1825; luego el país asistió a la Guerra del Pacífico, presenció el inicio de un nuevo siglo y tras la Guerra del Chaco firmó el cese de hostilidades con Paraguay.

El libro Bicentenario, el fuego que no se apaga —editado por el Gobierno Municipal de La Paz con motivo de los 200 años de la gesta libertaria—  da cuenta de que en 1909 la entonces Sociedad Agustín Aspiazu desarrolló una investigación sobre la ubicación de los restos de Murillo y alertó que éstos podrían estar en un templo católico del centro paceño.

El estudio no cobró relevancia y 30 años después, el viernes 29 de diciembre de 1939, el Rector de los Padres Redentoristas de la Iglesia de San Juan de Dios (quien corrió hasta el Palacio Consistorial para anunciar la buena nueva), informó que mientras se hacían refacciones en el templo se hallaron unos restos cerca del altar lateral izquierdo.

REGOCIJO. “Una vez que se hicieron las constataciones para establecer que se trataba de los restos de Murillo, el Alcalde (Humberto Muñoz Cornejo) decretó un día de glorificación, y el presidente Carlos Quintanilla (que ejerció el cargo entre 1939 y 1940) declaró feriado cívico nacional en enero de 1940 así como la semana de Murillo con desfile de teas e izado de banderas”, (sic) reseña la publicación de la municipalidad.

El templo San Juan de Dios se encuentra en la calle Loayza, a unos pasos de la avenida Camacho.

El historiador y político de mitad del siglo XX José Rosendo Gutiérrez (1840-1883) fue otro de los investigadores que indagó el tema tomando como base una amplia información de documentos, libros y entrevistas a testigos de los hechos. Una de las principales fuentes de su trabajo fue el diario del párroco de Santa Bárbara, quien en sus memorias contaba que los cadáveres de los insurrectos ajusticiados fueron descolgados y trasladados, precisamente, a la iglesia de San Juan de Dios. Además, “Gutiérrez recogió información de la hija de Murillo, llamada Tomasa (Tomasa Murillo Durán 1790-1860)”, se lee. 

Los días posteriores al hallazgo de los restos de Murillo —en el mismo lugar también se encontraron los de Juan Bautista Sagárnaga— hubo una serie de actos de homenaje, discursos y reuniones públicas.

La prensa y radios de la época se ocuparon de la difusión de la noticia, promoviendo conferencias y artículos sobre el tema. Incluso las representaciones internacionales se pronunciaron al respecto, como fue el caso del representante del Paraguay, que reconoció al 16 de Julio como el primer grito libertario de América y a Murillo como su promotor, reseña el libro.

Otras investigaciones atribuyen al entonces ministro plenipotenciario de Bolivia en Argentina Tomás Manuel Elío la iniciativa de haber alertado      —mediante un telegrama— al alcalde Muñoz Cornejo de las investigaciones que realizó la Sociedad Agustín Aspiazu para que se diera paso a la búsqueda y posterior hallazgo de los restos de los protomártires.

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