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El valle, el entorno ideal para una vida apacible

Los 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar y una temperatura promedio de 20 grados centígrados durante casi todo el año hacen que las diferentes ciudades de Cochabamba sean lugares atractivos para vivir, especialmente para las personas que buscan un lugar apacible, con buena comida y buen clima.

La ciudad de Cochabamba, como el Cristo de la Concordia, abre sus brazos a los visitantes. Foto: archivo

La ciudad de Cochabamba, como el Cristo de la Concordia, abre sus brazos a los visitantes. Foto: archivo

La Razón (Edición Impresa) / A. Melgarejo/E. Chávez / Cochabamba y La Paz

00:00 / 14 de septiembre de 2015

Los 2.500 metros de altura sobre el nivel del mar y una temperatura promedio de 20 grados centígrados durante casi todo el año hacen que las diferentes ciudades de Cochabamba sean lugares atractivos para vivir, especialmente para las personas que buscan un lugar apacible, con buena comida y buen clima.

Esas cualidades son particularmente beneficiosas para personas que tienen problemas de presión o que se afectan por la inclemencia del calor del trópico o del frío del altiplano. Esa es la consideración que hacen el gobernador del departamento, Iván Canelas, y el alcalde cochabambino, José María Leyes, para crear, desde sus competencias, mejores condiciones para los visitantes, ya sea que estén de paso o fijen residencia en la capital u otra ciudad en esta región. No en vano el departamento es el de mayor densidad demográfica; según el Censo 2012 cuenta con un promedio de 31,6 habitantes por kilómetro cuadrado y creció algo más de cinco habitantes por kilómetro cuadrado respecto al Censo 2001, cuando tenía 26,17.

Canelas asegura que la oferta de servicios de salud, en áreas especializadas, y la presencia de estudiantes universitarios —nacionales y extranjeros— se suman a la decisión de muchas personas de quedarse a vivir en Cochabamba. “Esos son factores que deben ser aprovechados para mejorar los servicios de turismo, de transporte y otros relacionados con la recepción de estos visitantes, sean temporales o permanentes”. Quien va más allá es el alcalde Leyes, quien asegura que Cochabamba es la ciudad de todos los bolivianos, “donde se puede encontrar mil razones para ser felices y vivir bien”.

Según el burgomaestre, al menos 10.000 familias al año migran del interior de país hacia el valle y entre 250.000 a 300.000 personas visitan Cochabamba y sus diferentes regiones por turismo. Destaca el clima templado y la topografía de la ciudad —asegura que el 80% de la superficie es plana— que facilita el caminar. “Salvo en las zonas comerciales donde existe congestionamiento, la ciudad se presta para vivir con menos estrés comparada con La Paz o Santa Cruz”.

Aunque la municipalidad cochabambina no cuenta con datos precisos, la mancha urbana creció considerablemente, llegando casi a unir la capital con Quillacollo o Cliza, eliminando límites.

“La comunicación es diaria con el valle alto y bajo, es una sola ciudad y en 45 minutos podemos estar en Punata, en 40 minutos en Tarata o bastan 20 minutos para llegar a Quillacollo”, afirma Leyes.

Estas virtudes hacen propicio el arribo de migrantes que llegan a radicar no solo en busca de mejores oportunidades de vida, también vienen turistas y es que “la gente da un buen servicio y trato, es cariñosa, gustosa y eso lo transmite al visitante”.

De espacios para recreación ni hablar, la ciudad jardín ofrece una variedad de atractivos, los parques y jardines abundan y con diferentes temáticas, los lugares de visita no faltan, desde el Cristo de la Concordia que abre sus brazos a los bolivianos hasta la Coronilla, donde el monumento a las Heroínas, mujeres cochabambinas que dieron su vida defendiendo su tierra, muestran el coraje y valor de las vallunas. Para el Alcalde, los hábitos de los cochabambinos son un reflejo de la familia y por eso reivindica como muy amigables y a la mujer como el eje de esa tradición.

GASTRONOMÍA. Sin duda, algo que se disfruta en Cochabamba, no solo en la capital sino en todo el departamento, es la comida. Leyes asegura que lo primero que recibe el visitante cuando llega al valle es un plato de comida. “Por supuesto que nos sentimos orgullosos de nuestra tradición culinaria, su riqueza es la variedad de platos”.

Es por eso que en breve se implementará un circuito gastronómico que ayude a la región a desarrollar más la economía. “Tenemos un proyecto agresivo que tiene dos pilares, el buen servicio en salud y buena calidad de médicos permitirán construir una red municipal y la comida será la llave para introducir al valle al circuito mundial gastronómico”.

Precisamente la comida hizo que una familia orureña retome sus raíces y traslade toda la tradición de la cocina de la ciudad de Pagador a Cochabamba. Se trata de la Quinta Moreira, un restaurante que empezó a sustentar su fama hace 70 años cuando Manuel Cruz Moreira y Bernardina Rodríguez Torrico —cochabambinos de nacimiento— fundaron el establecimiento en el local ubicado entre las calles Bolívar y Montevideo, en Oruro.

Al fallecimiento de ambos, heredaron la tradición sus hijas Sabina, Irene y Mary. Hace 30 años, Sabina, junto a su esposo Octavio Prieto se trasladaron a Cochabamba y abrieron una suerte de subsidiaria de la Quinta Moreira, donde actualmente es posible saborear excelentes platos; de la sazón y calidad está a cargo la hija de Sabina y Octavio, Gladys Prieto.

La Quinta Moreira está instalada en el parque Excombatientes de Villa Galindo, donde a diario se sirven mechado de cordero, brazuelo, colita de cordero y el famoso pique Moreira, preparados con corderos de Sevaruyo, Challapata y Toledo.

Otro orureño que se instaló en el valle es Agustín Aguilar, un hombre setentón dedicado al transporte interdepartamental, que tenía su base de operaciones en La Paz. A sus 45 años le detectaron poliglobulia y presión alta, por lo que la altura paceña era nociva para su salud que empeoraba considerablemente durante el invierno. Ese cuadro determinó que junto a su esposa, Leonor, opten por su traslado definitivo al Valle.

Se deshicieron de sus posesiones tanto en Oruro como en La Paz y —con sus cuatro hijos encaminados en sus oficios y familias— emprendieron el viaje hacia Cochabamba, donde viven desde hace 15 años, con sus males controlados y en la pasividad que les ofrece su estadía entre el valle de Cliza y la capital.

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